Por qué Roma, corrupta y convulsa, mantuvo su hegemonía durante siglos
Roma debería haber colapsado en el siglo I a.C. La República era un avispero: generales marchando sobre la capital, guerras civiles endémicas, revueltas de esclavos, invasiones germánicas. La sorpresa no es que cayera el Imperio, sino que tardara tanto. La explicación combina ejército, derecho y una terquedad que roza lo inexplicable.
La obstinación fue decisiva. Tras las Horcas Caudinas, Roma no pidió paz: reorganizó sus tropas y derrotó a los samnitas. Pirro ganó tres batallas consecutivas y acabó retirándose por el agotamiento que le causaba la negativa romana a rendirse. Aníbal ganó en Cannas y Roma siguió reclutando. Mitrídates masacró a más de 80.000 romanos en Asia y Roma continuó en pie. Solo Augusto llegó a mantener entre 35 y 40 legiones activas, una capacidad de movilización inaudita.
El segundo pilar fue jurídico: el divide et impera aplicado con precisión. Roma concedía ciudadanía o ius latii a élites locales, creaba ciudades inmunes y clasificaba territorios en distintos estatus, comprando lealtades y fragmentando coaliciones hostiles. La Guerra Social la libraron los itálicos para conseguir los derechos de Roma, no para independizarse.
Cayó desde dentro, devorada por su éxito y por unas élites que dejaron de estar a la altura de los individuos excepcionales que la habían construido. La pregunta que queda es si un sistema que resistió a Aníbal y a Mitrídates podía morir solo por mediocridad. O si, como sugiere la evidencia, ya estaba roto por dentro mucho antes.