EE.UU. desestabiliza; China y Rusia negocian
Un país que lleva un siglo siendo la primera economía del planeta tiene tiempo y recursos para tejer una red de influencias que no se improvisa. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, la economía estadounidense representaba en torno al 40% del PIB mundial, con una distancia respecto al segundo que resultaba abismal. Esa ventaja se ha ido estrechando —primero con la URSS, luego con Japón—, pero el entramado de poder construido durante décadas sigue intacto. La pregunta que sobrevuela cualquier análisis geopolítico es por qué Moscú y Pekín, con más población joven, más tanques o más industria en algunos capítulos, no logran replicar esa capacidad de desestabilización.
El dólar como infraestructura de poder
La respuesta más repetida apunta al dinero. No a cualquier dinero: a una divisa que se imprime sin límite y que sirve para comprar voluntades, financiar campañas y sostener élites políticas en terceros países. Frente a eso, el rublo y el renminbi carecen de esa infraestructura. La tesis que recorre el análisis es que Rusia y China no pueden competir en sobornos ni en compra de voluntades, y que bastante tienen con mantener la carrera armamentística.
Hay quien añade un matiz cultural: las élites anglosajonas llevan siglos perfeccionando técnicas de desinformación, propaganda y captación de enemigos que ya se ensayaron desde la baja Edad Media. La industria del cine, entendida desde sus inicios como herramienta de invasión cultural, sería el ejemplo más visible. El resultado es una tecnología social —infiltración de instituciones, construcción del relato histórico— que no se improvisa con un par de operaciones puntuales.
¿Por qué China prefiere invertir a desestabilizar?
El modelo chino funciona al revés. Su gobierno trata directamente con gobiernos extranjeros y controla a los grupos empresariales, no al contrario. El interés es favorecer el comercio y la inversión, y la guerra y el caos no benefician ninguna de las dos cosas. En África, la última década ha estado marcada por inversiones masivas en minería, petróleo, gas y agricultura, con acuerdos bilaterales enmarcados en la Nueva Ruta de la Seda. La crítica desde el otro lado es que esos contratos son influencia en estado puro, aunque se firmen sin ruido.
La objeción a ese relato es contundente: los contratos comerciales duran hasta que otro ofrece mejores condiciones. Si EE.UU. decidiera mejorar la oferta china en África, los socios cambiarían de proveedor y aquí paz y después gloria. El poder real, se argumenta, se demuestra con bases militares permanentes al estilo de Rota, no con memorandos de inversión.
Rusia no es la URSS
La Unión Soviética sí tuvo esa capacidad, y en algunos momentos superó a la actual estadounidense. Su sistema de espionaje funcionaba como un reloj, hasta el punto de que fue el viejo KGB el que terminó haciéndose con el poder en Rusia. Pero la Rusia actual no es la URSS: carece de la ideología y de los recursos de entonces. Su influencia se limita a áreas concretas y sus limitaciones demográficas, económicas y geográficas son evidentes.
Las promesas grandilocuentes —como el supuesto ofrecimiento de diez mil soldados para una aventura independentista en Cataluña— se desmontan solas: atravesar Europa con ese contingente sin llamar la atención resulta materialmente imposible. Prometer no es hacer.
La baza cultural que nadie discute
El cine, la comida rápida, el software, las redes sociales, las bases militares en suelo ajeno, Halloween en el calendario escolar, el idioma que se estudia en los colegios. La influencia cultural estadounidense es tan omnipresente que resulta difícil de erradicar, y ese es un terreno donde ni China ni Rusia compiten. La pregunta que queda flotando es si esa hegemonía cultural sobrevivirá a la pérdida de peso económico relativo, o si el imperio caerá antes de que nadie aprenda a sustituirlo.