Portátil de 10 años: cambiar el disco o jubilarlo
Un Pentium dual core a 2,3 GHz con 4 GB de RAM, ampliable a 8, arrastra diez años de uso ininterrumpido. El dueño lo cuenta sin adornos: tarda una eternidad en arrancar y apagarse, se queda con la pantalla en un azul claro y pierde la conexión a internet durante unos minutos, y los tres botones de la esquina superior derecha responden como si fueran de un equipo con dos décadas a la espalda. La pasta térmica, dice, ya no existe. El ventilador debe ser un yacimiento de polvo.
La duda es la de siempre: ¿formatear e instalar el sistema operativo de cero, o dar el salto a una unidad SSD? La primera opción es gratis y no requiere comprar nada. La segunda implica rascarse el bolsillo y, sobre todo, reinstalar Windows. Con Windows 7 de fondo, sin soporte desde hace años, la decisión tiene más miga de lo que parece.
Qué se gana y qué se pierde con un SSD
El consenso técnico es casi unánime: un SSD barato transforma un equipo viejo. Los precios manejados en la conversación van de los 20 a los 40 euros, según capacidad y marca. Hay quien avisa de que los SSD chinos son una lotería y que por cinco euros más conviene tirar de una marca conocida en Amazon. El argumento de peso: si el portátil muere definitivamente, el disco se puede reutilizar en otro equipo. No es dinero perdido.
La RAM es otro frente. Con 4 GB hay quien dice que basta para tareas habituales; otros sostienen que sin llegar a los 8 GB no merece la pena invertir un euro. La ampliación se cifra en unos 12 euros por otros 4 GB, según un cálculo que circula en la conversación. La suma total puede quedarse en 75 euros entre limpieza, pasta térmica, SSD y memoria.
Ahí aparece la primera grieta. Por 100 euros más, hay quien encuentra en plataformas de segunda mano un i5 de tercera generación que multiplica por tres o cuatro la potencia del Pentium. La pregunta es si tiene sentido gastar 75 euros en un equipo que sigue siendo un Pentium.
El problema real: la temperatura y el chipset
El síntoma del color azul claro y la pérdida de wifi no es un capricho del sistema operativo. La hipótesis más repetida apunta al chipset con gráfica integrada, que empieza a fallar por temperatura. Si es así, formatear no arregla nada. Limpiar el ventilador y renovar la pasta térmica puede alargar la vida, pero el daño en el integrado no se revierte. Tarde o temprano aparecerán artefactos en pantalla y el equipo será inservible.
La pasta térmica es el punto de partida obligado. Diez años sin cambiarla convierten el compuesto en arena, y eso dispara las temperaturas. El desmontaje de un HP de esa época es tedioso: hay que desarmarlo entero. El miedo a que un técnico sin escrúpulos lo deje peor es real, pero dejarlo así garantiza que el calor acabe matando lo que queda.
Windows 7 sin soporte o Linux ligero
Aquí el debate se parte. Un bloque defiende instalar Linux Mint, un sistema ligero que dobla la velocidad del Windows y ocupa 7 u 8 GB. Se puede probar desde un USB sin instalar nada, en quince minutos, y si no convence se reinicia y punto. El otro bloque responde con escepticismo: cambiar de sistema operativo a estas alturas es un invento para un equipo que solo se usa para lo básico.
Windows 10 aparece como término medio. Se puede instalar sin coste de licencia, aunque la clave original dé problemas. En la conversación se relata el caso de una licencia que se cambió sola tras la instalación, probablemente porque el equipo no pilló la wifi durante el proceso. Al final se activó, pero el episodio deja claro que Microsoft no pone fácil lo que ya está pagado.
El desenlace: formateo fallido y paso por caja
El intento de formateo casero acabó mal. Con la herramienta de recuperación de HP abierta, el equipo se colgó, se apagó a lo bruto y al arrancar apareció el mensaje de que Windows no puede iniciar. La reparación de inicio se quedó en una pantalla azul con una luz blanca. El sistema operativo murió en el intento.
La salida fue llevarlo a un técnico: 40 euros de mano de obra más el precio del SSD, cinco euros por encima de Amazon. El equipo quedó con Windows 10 y disco nuevo. La factura final, sumando todo, ronda los 100 euros. El portátil sigue siendo un Pentium de 2010. La pregunta que nadie responde del todo es si esos 100 euros compraron dos años más de vida o solo retrasaron una compra inevitable.