Rusia fabricará coches sin ABS ni airbag tras caer las ventas un 84%
La planta de AvtoVAZ anunció que reanudaba la producción. Los aplausos duraron un día: al siguiente volvía a parar por falta de componentes. Ese ciclo —arrancar, presumir, frenar en seco— resume mejor que ningún informe el estado de la industria automovilística rusa, obligada a homologar vehículos sin los sistemas electrónicos que cualquier utilitario europeo lleva de serie. Los números de mayo que cita el debate ponen el marco:
85.000 coches vendidos en España para 47 millones de habitantes,
24.000 en Rusia para 146 millones. En proporción, once veces menos. La caída de las ventas rusas respecto a su propio nivel anterior alcanza, según un cálculo que circula en el hilo, el
84%.
¿Qué ha pasado con la venta de coches en Rusia?
El desplome no viene de una huelga ni de un arancel, sino de la falta de componentes importados. La respuesta oficial ha sido una ley de emergencia que autoriza a fabricar determinados modelos sin los módulos que no puedan importarse por ninguna vía, siempre que exista demanda de esos vehículos. En la práctica, se habla de todoterrenos sencillos, pensados para entornos rurales y alejados de las grandes ciudades.
El experto en automóviles
Andrey Lomanov lo explicó a kp.ru sin adornos: el automóvil se verá privado, en general, de todos los sistemas electrónicos y de seguridad modernos. Y remató con la frase que resume el problema: habrá que aprender a conducir de nuevo. Llevábamos mucho tiempo yendo hacia un coche cómodo, vino a decir, y hemos vuelto al siglo pasado.
ABS, ESP y airbag: qué se pierde cuando desaparecen
El ABS evita que las ruedas se bloqueen en una frenada brusca y permite seguir girando el volante; el ESP corrige el desvío en firme resbaladizo. Sin ellos, el conductor recupera protagonismo y también riesgo. Quien ha conducido coches antiguos conoce la técnica: frenar a golpes, soltar, volver a pisar. Un relato del asunto lo ilustra bien:
un conductor acostumbrado al ABS se fue recto en una rotonda por pisar a fondo como si lo llevara. Otro recuerda que el sistema también alarga algo la distancia de frenado, aunque mantiene el control.
Hay quien defiende el retroceso con entusiasmo. Sin asistencias ni pantallas, el coche sería
más rudo: recio, arreglable con alicates y una llave del diez, con llantas de acero que sobreviven al bordillazo. La contra es contundente: los índices de fiabilidad de entonces, el estárter, los coches que no arrancaban con humedad, carrocerías que se pudrían a los cinco años y asientos traseros sin reposacabezas ni cinturones. Aquellos vehículos, dicen, eran ataúdes rodantes.
La nostalgia del diesel atmosférico y por qué no todo era mejor
La conversación deriva hacia los coches de los noventa y su supuesta inmortalidad. Diésel atmosféricos de dos litros, sin turbo ni centralita, Berlingos, Xantias, Land Rover Defender con motor TD200, Mitsubishi Montero, Terrano: mecánicas que superan los 600.000 kilómetros. Un participante cuenta que aprendió a conducir y pasó quince años con un Land Rover Santana de dos toneladas y 62 caballos, sin servofreno, con dirección asistida por sus propios brazos y una punta de 80 km/h. Al volante, dice, acababas con unos brazos que dejaban a Conan en ridículo.
Frente a la ensoñación, el recuento de lo que se ha ganado. Y la pregunta de fondo: la simplificación forzosa, ¿es una virtud o una condena? El escenario optimista sostiene que Rusia tiene materias primas y energía para adaptarse antes de lo que parece. El pesimista parte de que los componentes hay que rediseñarlos y de que el parque envejece.
¿Puede China sustituir a Europa como proveedor?
Adaptar toda una industria a componentes chinos no es un cambio de proveedor, es un rediseño de años y mucho dinero. Hay quien añade que China no venderá sin más a Rusia porque depende ella misma de software y maquinaria occidental para sus manufacturas. La réplica llega rápida: China se salta lo que diga Occidente desde hace una década y, si deja de comprar y vender, la que muere es Europa.
Entre ambos extremos hay un detalle que, según sostiene un participante, suele pasar desapercibido:
no se ha sancionado a Potanin para que Rusia no deje de exportar níquel, material clave para la industria y las baterías. El metal seguiría viajando.
El futuro negro, según quién lo mire
¿Un país con recursos para aburrir con el futuro más negro? Ahí chocan las dos lecturas. La que sostiene que la Rusia urbana se quedará atrás en smartphones y software, que llegará pirateado y sin soporte, frente a la que recuerda que la vida fuera de las ciudades siempre fue dura y que la adaptación es más rápida cuanto más básico es el producto.
Y el cierre lo pone la propia industria: la planta que iba a fabricar los coches sin electrónica ha vuelto a parar por falta de componentes. No hay pieza. Tampoco coche.