Primark o Kiabi: la ropa barata que se rompe antes de la tercera lavada
Dos cadenas de ropa a precios de derribo, dos modelos de negocio idénticos sobre el papel y un veredicto que se decide en la caja, no en la pasarela. Un usuario compró unos cascos en Primark que se rompieron a los dos meses; en cambio, un bañador de Kiabi le aguanta tres años sin que el dibujo se haya borrado. La camiseta de 2,50 euros de Primark muestra desgaste tras diez lavados. El patrón se repite: la calidad no depende de la enseña, sino del lote, del país de fabricación y de la suerte.
El precio bajo no siempre sale caro
La máxima de que lo barato sale caro tiene excepciones documentadas. Hay quien conserva una camisa vaquera de una marca clásica desde la época universitaria de un familiar y sigue en uso, mientras que prendas de firmas con mejor fama han durado menos. El argumento dominante sostiene que compensa comprar una pieza de calidad que aguante años antes que diez de mala calidad para el mismo periodo. Pero la ecuación se rompe cuando el usuario es un niño que crece antes de que la ropa se estropee, o cuando una chaqueta se pierde en el colegio. Ahí el cálculo cambia.
Kiabi, la caverna oscura frente al Primark luminoso
La percepción de la tienda pesa tanto como la prenda. Primark se describe como un espacio ordenado y bien iluminado, con ropa decente salvo excepciones. Kiabi, en cambio, se percibe como una caverna de paredes y techos negros, con poca luz y a menudo vacía, lo que agrava la sensación de abandono. La ironía es que esa penumbra no siempre se traduce en peor producto: los vaqueros de Kiabi duran bastante y quedan bien, según varios testimonios, y algún polo aguanta varios veranos. En Primark, los pijamas y los calzoncillos se llevan la peor parte, mientras que las camisetas de licencias oficiales se tiran por aburrimiento tras cuatro veranos.
La ropa de batalla y el postureo del uniforme
El concepto low cost tiene su nicho: calcetines, ropa interior, bermudas, camisetas. Prendas que duran lo que duran sin pretensiones. La variabilidad es enorme: una camiseta de buen algodón puede convivir con otra que hace bolitas a la primera lavada, fabricada en otro país. La conversación deriva hacia el juicio social: antes se pasaba la ropa entre hermanos y se agradecía; ahora se compran mudas distintas para evitar el comentario de que el niño siempre lleva lo mismo. Quienes defienden el uniforme escolar como solución igualitaria caen en la misma trampa: si todos visten igual es aceptable, pero si solo lo hace uno, es un muerto de hambre.
Marcas blancas y alternativas que ganan por goleada
El veredicto no es binario. Hay quien sitúa a Kiabi como la peor ropa del mercado, y quien considera que Zara es peor: más cara y con vaqueros que no duran. Las alternativas que emergen son las marcas blancas de supermercado y de tiendas deportivas, con calzoncillos que aguantan lavado tras lavado. La conclusión que se impone es que la calidad ya no se correlaciona con el precio ni con el escaparate. La camiseta de antes duraba ocho años sin síntomas de desgaste. La de ahora, a veces, no llega al verano.