Religión pierde horas y PISA sigue cayendo: la tesis no cuadra
La culpa de los malos resultados PISA es de la religión católica. La frase corre por redes desde hace días, apadrinada por un docente que compara España con los diez primeros países del informe —todos salvo Reino Unido, sostiene, sin religión en el aula— y denuncia que aquí se pierden dos horas semanales adoctrinando en un dogma. El diagnóstico tiene gancho y un problema de aritmética: en el mismo periodo en que la religión ha ido perdiendo peso en el horario escolar, los resultados no han dejado de caer.
De dos horas a una: qué ha pasado con la religión en el aula
El marco legal no respalda la cifra estrella del argumento. Con la LOMLOE, el mínimo estatal de la asignatura quedó en una sola hora semanal, lo que en primaria supuso recortar un tercio del tiempo que tenía. Además, la materia dejó de contar para la nota media. Seis comunidades —Galicia, Navarra, Castilla-La Mancha, Canarias, La Rioja y Cantabria— la apretaron todavía más.
Leído en frío, el dato daría la razón a la tesis opuesta: si la religión lastrara el aprendizaje, quitarle horas debería haber mejorado el rendimiento. No ocurrió. Las notas siguen cuesta abajo y la asignatura ya no es lo que era. El desglose comunidad a comunidad, con el tiempo lectivo real de cada una, es el material que los números oficiales no sueltan de golpe.
Una hora no explica nueve materias
El segundo frente es de escala. Los defensores del diagnóstico sostienen que cualquier minuto dedicado a un dogma es un minuto robado a matemáticas o lengua. En contra pesa el orden de magnitud: sesenta minutos sobre un horario semanal de veinticinco o treinta son un margen pequeño para sostener una caída estructural de resultados en competencia lectora, matemática y científica.
Hay quien va más allá y sitúa el verdadero culto en otra parte: no en la catequesis, sino en una determinada doctrina de aula disfrazada de asignatura, con su propio catecismo y su propia moral. Es una lectura ideológica, difícil de cuantificar y fácil de ridiculizar. Pero comparte con la tesis original el mismo vicio: atribuir a una sola variable un sistema que se rompe por varios sitios.
El alumno de origen extranjero y la variable que nadie aísla
Una parte del análisis apunta a la composición del alumnado. Se argumenta que centros con un porcentaje elevado de estudiantes de origen extranjero, muchos sin dominio suficiente del idioma, rinden peor en una prueba que se lee en español. Es una hipótesis razonable y notoriamente difícil de aislar: no es lo mismo hablar de integración lingüística que de resultados, y mezclarlas sirve más para el titular que para el diagnóstico.
Otros subrayan lo contrario —que la escuela pública sin religión rinde igual o peor que la concertada religiosa— y apuntan al método, a la exigencia y al mérito como las palancas que de verdad mueven la aguja. Es el eje menos cómodo del debate y, probablemente, el que más explica.
Profesorado, plazas y el fantasma del acceso blando
En medio del ruido asoma un detalle administrativo que sí tiene números. Durante años existió un sistema de funcionarización de interinos que permitía cambiar una prueba de oposición por la entrega de un informe de diez folios, en un modelo transitorio que se extendió por varias comunidades. Si el debate va de calidad del sistema, ese es un punto de partida con papeles, no una opinión de barra de bar.
Con la religión en mínimos y los resultados en descenso, lo previsible es que el foco se mueva a la formación docente y a la composición del aula. Si esas variables tampoco cuadran, quedará una conclusión incómoda: el problema no es una hora de catecismo, sino un sistema entero al que le fallan los cimientos.