Cómo encontrar a un hombre de más estatus, la consulta más repetida
En el minuto 00:55 de una entrevista, un experto en relaciones de pareja —que, según el relato de un forero, afirma haber atendido a cientos de miles de personas— responde a la pregunta de qué es lo que más le piden las mujeres. La respuesta tiene poco de romántica: cómo conseguir una pareja de su mismo nivel socioeconómico o superior. El experto añade además que buena parte de su clientela se sitúa en el
5% superior y que, precisamente por eso, no encuentra con quién emparejarse.
El fragmento ha reabierto la vieja discusión sobre la
hipergamia, la tendencia a buscar pareja por encima del propio estatus, y sobre la segunda revelación del mismo experto: que todas le preguntan cómo lograr que sus novios o maridos se abran y cuenten sus vulnerabilidades. Dos ideas simples. Detrás, un rosario de teorías sobre dinero, deseo y desconfianza.
Qué es la hipergamia y por qué se usa como explicación universal
Hipergamia designa la elección de pareja con más recursos, más ingresos o más prestigio que uno mismo. Una corriente de análisis la presenta como norma biológica inevitable: la mujer, se argumenta, nace con un activo que le da derecho a aspirar a alguien de posición superior, y de ahí la exigencia de estatus. Otra parte del debate rechaza ese determinismo y sostiene que el fenómeno es humano y general, no femenino.
El dato más citado como prueba no sale de una estadística oficial, sino de la observación cotidiana en un sector concreto: en los hospitales, las doctoras están casi todas solteras y, las que están casadas, lo están mayoritariamente con médicos. Entre un caso de doctora emparejada con un enfermero, se cuentan veinte a la inversa. Es un cálculo que circula en la discusión, no un censo.
¿Por qué los hombres no cuentan sus problemas a su pareja?
La segunda revelación del experto es la contradicción más comentada: ellas piden un hombre abierto que muestre sus debilidades, pero eligen a los cerrados que no cuentan nada. El motivo que más se repite en el intercambio de experiencias es la munición. Muchos hombres dejan de confesar sus flaquezas después de ver cómo una confesión acabó usada en su contra en la siguiente discusión.
Hay casos personales que van en esa línea. Uno relata que su pareja le dejó por no compartir sus intimidades: apenas sabía en qué trabajaba ni quiénes eran sus amigos. Otro describe a una amiga que se escandalizaba de que aún hubiera hombres con miedo a mostrarse vulnerables y, acto seguido, despreciaba cualquier signo de debilidad. La conclusión que se extrae: el hombre se cierra porque intuye el coste.
Ellos también eligen, y el precio es otro
El intercambio no tarda en admitir que la selección no es unidireccional. La contrapartida masculina sería la juventud y el atractivo físico, y no faltó quien confesó que, si pudiera, también preferiría una pareja con patrimonio que le mantuviera. Se recupera incluso un clásico de los portales financieros: la carta de una mujer de 25 años pidiendo consejo para casarse con alguien que gane mucho, una respuesta fundamentada que recibió y cuya veracidad no está acreditada.
Un relato familiar matiza el cuadro. Una profesora jubilada, casada con un peón sin estudios, escuchó durante años la misma pregunta: por qué estaba con alguien que no le igualaba en nivel. Cuando la elección se sale del guion, el entorno también empuja hacia arriba. El escalado social por vía matrimonial no es exclusivo de un sexo, ni de una clase.
Los casos que contradicen el patrón
Frente al relato dominante aparecen experiencias en sentido contrario. Alguien sostiene que ha estado con muchas mujeres y que ninguna miró el dinero: todas le invitaron. Lo que más ha visto, dice, son relaciones con tipos conflictivos y sin un duro, y muy pocas con ricos. La diferencia, apunta, está entre perfiles sociales: el ambiente de barrio y el ambiente pudiente no se comportan igual.
Otra voz insiste en que la mujer de posición alta no mira dos veces a quien no tiene dónde caerse muerto. Y una tercera recuerda que un hombre con estatus cambia la vida de una mujer con poco y presume de ello, mientras la inversa apenas ocurre. El material es rico en anécdotas y pobre en series de datos.
Con estos mimbres, la conclusión debería ser unívoca en un sentido o en el otro. No lo es. Si la búsqueda de estatus fuera tan determinante como sugiere la primera respuesta del experto, el mercado de parejas debería estar ordenado con precisión milimétrica. Y lo que describen las experiencias personales es exactamente lo contrario: desorden, excepciones y muchos casos que no encajan. Ahí se atasca el análisis.