Misa sin fe: el 90% comulga y el confesionario queda vacío
¿Se puede ir a misa cada domingo sin creer que en el altar ocurre algo? Esa pregunta atraviesa un asunto abierto a partir de una escena muy concreta. Un feligrés acostumbrado a una parroquia con niños y familias entra por falta de tiempo en otra de media de edad bastante más alta, y lo que encuentra le descoloca. Nadie se arrodilla en la consagración. La comunión se despacha como quien coge un bollo. El Santísimo se cruza como quien pasa por delante de un mueble. Cuando el sacerdote eleva la hostia y pronuncia «este es el cuerpo de Cristo», una mujer que ejerce funciones de diácono lo mira de pie, con los brazos cruzados y gesto de aburrimiento.
Su diagnóstico es tajante: en esa misa, ni el oficiante parecía creyente. Y su conclusión, un envite: quien sostenga que todo esto es simbólico no puede llamarse católico, porque el catolicismo exige creer en la presencia real. Si no se cree eso, mejor
pasarse al protestantismo y dejar el teatro.
¿Cuántos de los que comulgan están realmente en gracia?
Nadie lo sabe, y ese es justo el problema. Una estimación lanzada en el debate sitúa en el 90% la proporción de asistentes que se acerca a comulgar, con el añadido de que resulta difícil creer que todos ellos estén en estado de gracia. Enfrente aparece la confesión personal de quien admite no atreverse casi ni a mirar la hostia elevada de lo pecador que se siente. Entre los dos extremos queda un hueco incómodo: el de una norma que exige preparación previa y una práctica que la ignora sin más.
El Catecismo no se ha tocado y no le ha hecho falta, recuerda un participante: la apostasía se ha consumado por la vía de los hechos. Según relata, larguísimas colas de comulgandos conviven con confesionarios que no abren: en su parroquia el titular ni se sienta a confesar y delega en su vicario, que solo aparece durante la misa, nunca antes ni después. Y a nadie se le advierte de que para comulgar hay que estar preparado.
Gracia, obras y purgatorio: la disputa teológica de fondo
El eje se desplaza pronto a otro terreno: el de la fe sin obras y las obras sin fe. Frente a la tesis de que la salvación es un regalo inmerecido y no se gana con méritos, se alza la réplica de que no basta con cumplir normas, ir a misa a diario y presentar la factura. Se discute el purgatorio, al que se atribuye un origen sin fundamento bíblico, y se cuestiona incluso el sentido de rezar por los difuntos si su destino ya quedó sellado en el momento de morir.
La discusión se rompe enseguida. Aparece el argumento de autoridad, con alrededor de la mitad de los premios Nobel considerados cristianos y en torno al
65% de los de Física entre 1901 y 2000, dato que una parte lanza como prueba y la otra despacha como falacia. Enfrente, la acusación de fanatismo y de negar la evidencia científica. Las dataciones de los evangelios —Marcos hacia el año 60, Lucas entre el 80 y el 85— se mezclan con la sospecha, lanzada sin pruebas, de que buena parte del clero habría dejado de creer y se mantendría en el cargo por comodidad. Esa insinuación no se sostiene con ningún dato.
Por el camino se cuela la política. La expresión
inmensa mayoría se atribuye a una exdirigente socialista, entre la burla de unos y la defensa de otros, que la consideran un enriquecimiento de la lengua. Y se cita a Dostoyevski para recordar que las mejores intenciones, sin Dios, crean demonios.
¿Qué prueban las experiencias cercanas a la muerte?
El intercambio deriva hacia el terreno de lo sobrenatural. Una parte afirma que existen casos documentados de personas en coma que describieron con detalle lo que ocurría en la sala desde un plano elevado, y que después se comprobó. De ahí se salta a la conclusión de que existe algo más allá de la materia. La respuesta es un enlace a explicaciones neurocientíficas: actividad cerebral, ondas gamma, nada que exceda lo natural. El asunto no se cierra, pero la carga de la prueba queda donde estaba.
Los gestos como sustituto de los hechos
El punto que más acuerdo genera es el más incómodo para todos: la
religión como hábito social. Se describe a un sector de practicantes que no cree del todo, pero quiere creer, y que espera que sea Dios quien mueva ficha mientras ellos cumplen el expediente. De ahí que pesen más los gestos que los actos. La palabra se predica con hechos y no con oraciones, y el problema es que los hechos exigen sacrificio por el prójimo.
Nadie quiere sacrificar nada. Se ha instalado la costumbre de creer que el sacrificio consiste en ir a misa a rezar.
A eso se suma la queja generacional. Quienes hoy pasan de los cincuenta recuerdan haber aprendido al menos las oraciones y comprueban que las iglesias se vacían sin que nadie ocupe el relevo. La liturgia queda reducida a un trámite que se cumple por costumbre. Quien va sabiendo lo que se celebra, dice otra voz, no puede seguirla sin devoción. En el debe, además, el desorden en el vestir y en el comportamiento durante bodas y funerales, con la mirada puesta en el rigor de las iglesias ortodoxas, donde hombres y mujeres ocupan lados separados.
El ateísmo militante y sus propios altares
Dentro del cruce hay una crítica que no apunta a los creyentes, sino a sus antagonistas. Se sostiene que buena parte de la crítica antirreligiosa reproduce la estructura de lo que combate: referentes convertidos en figuras intocables, argumentos repetidos sin análisis, congregaciones que se enfadan cuando se les señala el parecido. Hay quien distingue entre no creer y militar contra la creencia, y clasifica lo segundo como una forma de activismo con liturgia propia. El problema no sería la increencia, sino el fervor con que se administra.
¿Es la creencia un rasgo inherente al ser humano?
Aparece también la tesis de que la creencia en algo superior acompaña al ser humano desde antes de la historia escrita, y que su ausencia responde a una carencia. La formulación más agresiva de esa idea, que llega a calificar de enfermos a quienes no creen, conviene dejarla donde está: como una opinión sin respaldo, no como un diagnóstico. Lo que sí refleja es la temperatura del intercambio, donde se reprocha a los creyentes creer en muertos vivientes y se compara a los ateos militantes con una congregación con sus propios santos, pastores y mandamientos.
Al final, la pregunta no es si en la hostia hay algo, sino si alguien del banco se ha dado cuenta de que está de pie. Con este nivel de atención, cualquier día alguien pedirá que le devuelvan el bollo.