El PSOE se hunde en Andalucía y el PP roza la mayoría absoluta
El PSOE andaluz se asoma a su peor resultado histórico mientras el PP de Juanma Moreno acaricia la mayoría absoluta. La paradoja la resume un comentario recurrente: el partido que gobernó Andalucía durante décadas aparece ahora como tercera fuerza amenazada por Vox, y buena parte del electorado lo asume sin drama. «Este es el resultado de un gobierno sensato, que da seguridad y confianza a los andaluces», celebraba un mensaje inicial que atribuía el vuelco al desgaste del sanchismo. La lectura más repetida, sin embargo, no habla de cambio ideológico: habla de
gatopardismo.
¿Por qué el PSOE se hunde en Andalucía?
La tesis dominante en la conversación apunta a un desplazamiento de prioridades. El PSOE habría volcado su centro de gravedad en Cataluña y País Vasco, y cada voto que gana en esas plazas lo pierde por dos en su feudo tradicional. «Por cada voto que gana el PSC en su taifa el PSOE-A pierde dos en la suya», sostiene un análisis que subraya la animadversión hacia lo catalán y lo norteño en el sur. Es una hipótesis, no un dato electoral cerrado, pero explica por qué la caída se concentra precisamente donde el partido tenía sus bastiones más sólidos.
El segundo factor que aparece una y otra vez es la corrupción. Los ERE funcionan en la memoria colectiva como el interruptor que apagó la fidelidad socialista. «Lo que hizo perder al PSOE fueron los eres y la corrupción», zanja una intervención, con el matiz de que en el PSOE, cuando se pilla a alguien, o dimite o se le retira el voto. La discusión derivó en un intercambio áspero sobre si el PP andaluz practica el mismo clientelismo con otras siglas: «En cuanto han destruido las redes clientelares y creado las suyas, ya es difícil moverles como a los del PSOE. Son iguales pero con banderitas de España».
El PP roza la absoluta: ¿gatopardismo o cambio real?
La acusación de fondo es que el PP andaluz es el PSOE de hace una década con otro color. «El PP actual está a la izquierda del PSOE de hace 10 años, así que realmente los andaluces siguen votando lo mismo... sólo ha cambiado el color», resume una postura compartida por varios mensajes. La cita que se usa como prueba es la de Feijóo admitiendo que el PP «colinda con el Partido Socialista desde el punto de vista ideológico». Para los críticos, el vuelco es cosmético: cambian las siglas, no el modelo de poder.
Frente a eso, la defensa del voto útil al PP se apoya en la gestión y en el tono. «Juanma roba menos a los contribuyentes y se nota. Además de que jamás crispa y eso nos gusta mucho», argumenta un mensaje que se declara exvotante de Ciudadanos y anuncia que votará al PP como mal menor. La ausencia de crispación aparece como activo electoral en un contexto donde la política nacional se percibe como ruido permanente.
El papel de Vox queda en un limbo incómodo. Se le reconoce el mejor caldo de cultivo de España —su debut parlamentario fue en Andalucía— y a la vez se le describe como «los seres más inútiles jamás conocidos». Hay quien le ve gobernando la comunidad en ocho años, cuando el PP se desgaste, y quien avisa del riesgo contrario: poner el cronómetro en marcha hasta la primera salida de tono que enoje al votante moderado.
La pregunta incómoda: ¿sirve votar?
El escepticismo más duro no distingue siglas. «¿Desde que lleva gobernando la derecha Andalucía se está industrializando y alcanzando otras regiones como Cataluña-País Vasco-Madrid? ¿Han mejorado las colas del Inem, las listas de espera de la sanidad pública?», se pregunta. Si la respuesta es que no, la conclusión es amarga: votar no sirve para nada y la política es un paripé. Es la versión andaluza del cansancio con el bipartidismo, y atraviesa todo el espectro.
El cálculo más optimista para el PP asume mayoría absoluta; el escenario pesimista le obliga a depender de Vox. En medio queda un dato que nadie discute: que la ministra de Hacienda aún conserve un 25% de apoyo en su tierra se lee como anomalía, no como fortaleza. Y que el PSOE pase a tercera fuerza por detrás de Vox deja de ser hipótesis de tertulia para convertirse en escenario plausible.
¿Cuánto de este vuelco es castigo al sanchismo y cuánto es simple recambio de élites? La respuesta, por ahora, la tiene el electorado andaluz.