Un solo disparo no basta para hundir un portaaviones
¿Puede un único misil mandar al fondo del mar a un portaaviones moderno? La respuesta corta es que no. La larga depende de dónde impacte, con qué carga y contra qué defensas. El asunto, que estos días se discute con vehemencia en el contexto de la tensión con Irán, tiene más aristas de las que parece. Un portaaviones actual está compartimentado para resistir impactos de hasta cinco metros de diámetro y seguir navegando, según sostiene un participante del debate. Para hundir un bicho de esos hacen falta varios impactos gordos, no uno.
El USS Franklin y el USS Bunker Hill sobrevivieron a daños mucho mayores en la Segunda Guerra Mundial y volvieron a casa por sus propios medios, según el mismo participante. Ese es el precedente que cita. La clave no es el tamaño del agujero, sino la compartimentación y la capacidad de la tripulación para contener la inundación. Un impacto en la pista de vuelo puede inutilizar el barco para operaciones aéreas sin hundirlo. Y ahí entra otro debate: ¿basta con dejarlo inservible?
El golpe psicológico de un agujero en la pista
Hay quien sostiene que no hace falta hundir el portaaviones. Basta con abrir un agujero en la pista para que no puedan aterrizar ni despegar aviones. El barco se convierte en una bañera de 300 metros de largo. El golpe psicológico para la tripulación y para el mundo entero sería mayúsculo. La pregunta es si alguien está dispuesto a asumir el coste de intentarlo.
La defensa de un grupo de combate de portaaviones es formidable, según se argumenta en el debate. Los destructores Aegis, los aviones de alerta temprana E-2, los P-8, las patrullas aéreas de combate y los misiles antiaéreos de la flota forman varias capas. Un misil subsónico como el Tomahawk tendría que atravesar todo eso. Un misil hipersónico como el Zircon, si funciona como se dice, sería otra cosa.
Ahí está el quid.
¿Qué hace falta para hundir un portaaviones?
Para hundir un portaaviones hacen falta varios impactos gordos, no uno, según se sostiene. Un misil hipersónico con carga nuclear y caída vertical no lo para ni dios, según una de las posturas más repetidas. Dos ni te cuento. Pero eso ya no es un disparo, es una escalada. Y la escalada tiene consecuencias.
La contaminación nuclear que quedaría sería inmensa, advierte otra corriente. No es solo el barco: es el ecosistema marino, las corrientes, la pesca.
Un Kinzhal de 300 kilotones detonado a 500 metros por encima de un objetivo arrasa todo lo que está por debajo, según los cálculos que circulan. Que haya que explicarlo todavía tiene su gracia.
El precedente argentino y la saturación con drones
En la vida real, los únicos desde la Segunda Guerra Mundial que han conseguido acertarle a un portaaviones (pequeñito, eso sí) han sido los argentinos, y no consiguieron hundirlo, según un participante. Ese es el dato. Un ataque de saturación con cientos de drones baratos y misiles podría colapsar las defensas de destructores y corbetas, según otra postura. Tras una o dos horas de gastar defensas, se suelta la avispa directa al vientre. La teoría suena bien. La práctica es otra cosa.
Los torpedos de supercavitación, esos que no existen oficialmente, son otra amenaza que se menciona. Un torpedo moderno bien colocado puede partir un buque por la quilla. Pero acercarse lo suficiente es misión imposible con una flota desplegada.
Ahí está el problema.
El coste de un misil frente al coste de un portaaviones
¿Es más fácil de detectar y derribar un misil que un avión que parte de un grupo de combate? La pregunta tiene miga. Un misil es más caro, menos adaptable y lleva menos carga que una bomba guiada, según se argumenta. Pero no necesita piloto ni pista. La aviación sigue siendo imprescindible, tripulada o no. El equilibrio entre coste y eficacia es lo que está en juego.
Irán no tiene Su-57, según se afirma. Solo puede emplear Phantoms de la guerra de Vietnam, antiguallas que no durarían un asalto.
La fuerza aérea iraní es de papel, según esa postura. Lo único que tiene para golpear a un portaaviones son tres submarinos y misiles de alcance limitado, según el mismo participante. Y el portaaviones no se está quieto: se mueve, y sin guiado satelital ruso o chino, los iraníes estarían ciegos.
El papel de Rusia y China en el tablero
Rusia es la primera interesada en que ataquen a Irán: sube el precio del petróleo y eliminan a un competidor en las ventas de crudo a China, según sostiene un participante. Lo que podía sacar Rusia de los iraníes, la tecnología de drones, la tiene hace ya años. Ahora mismo todos los drones que se tiran en Ucrania son Made in Siberia. Irán les salvó el culo hace tres años proporcionándoles Shahed en cantidad, pero esos ahora se fabrican en Novosibirsk y Tula en cantidades superiores.
China, mientras, mira desde la barrera. Le interesa un Irán debilitado pero no hundido. El equilibrio es delicado.
Y nadie quiere mover ficha primero.
La cuestión de la velocidad y la inercia
A 12.000 km/h, ¿cómo gira un misil para zigzaguear? Las leyes de Newton se las han leído, pero la inercia es una fuerza testaruda, según se pregunta en el debate. Un cambio de dirección ya confunde a un radar que está calculando una parábola. Varios cambios lo vuelven loco. El secreto de los misiles hipersónicos no es la maniobrabilidad, sino la resistencia de los materiales y el guiado a través de la capa de plasma, según se sostiene. Eso es lo que se ha conseguido.
La clave está en cómo han logrado que los sensores funcionen con una capa de plasma alrededor. Eso es lo que separa un misil hipersónico operativo de un prototipo de laboratorio.
El botón que se tocó fue el de los materiales, no el de la aerodinámica, según esa postura.
El puerto de escape térmico y la trinchera de superficie
Sólo hay que acertar en el puerto de escape térmico al final de una trinchera de superficie. Esa es la clave, según una de las teorías más repetidas. Un impacto ahí puede desatar una reacción en cadena. Pero acertar ese punto en un barco que se mueve a 30 nudos y está protegido por una flota entera es otra cosa.
Ahí está el reto.
Un portaaviones actual puede navegar con un agujero de cinco metros de diámetro perfectamente, según se sostiene. Está compartimentado precisamente para resistir esos impactos. Para hundirlo necesitas varios impactos gordos. Y para acertarlos, necesitas superar las defensas. La pregunta no es si un misil puede hundir un portaaviones, sino si alguien está dispuesto a pagar el precio de intentarlo.