Putin puede ganar la guerra, pero no la paz: así ha cambiado el relato
Hay una frase que resume mejor que ninguna otra el desconcierto de los últimos meses: «Putin puede que gane la guerra, pero no la paz». La soltó un participante habitual del subforo de geopolítica y provocó un incendio. No por lo que decía, sino por quién lo decía. El mismo que meses antes había titulado que el presidente ruso no aguantaba en el cargo ni un fin de semana acababa de concederle la victoria militar. Y ahí empezó todo.
La tesis del mensaje inicial es sencilla y, a la vez, escurridiza: Rusia puede arrasar Ucrania, tomar Kiev o reducir el país a cenizas, y aun así haber perdido. No hay paz posible para Putin, sostiene, porque la guerra ya le ha costado su posición en el mundo. El problema es que esa formulación, en un contexto donde el relato dominante durante meses había sido el contrario, suena a rendición encubierta. Y la respuesta no se hizo esperar.
De «no llega al domingo» al «puede ganar la guerra»
El primer reproche que aparece es el de la coherencia. «Del creador de "Putin no llega a este domingo" y el superventas "Rusia no tiene munición" nos llega su última novela: "Rusia va a ganar la guerra pero no la paz"», resume un mensaje que se convirtió en el más valorado del intercambio. La crítica no es tanto al contenido como al giro: quien durante meses había pronosticado el colapso ruso ahora reconocía que Moscú podía imponerse militarmente.
La evolución del relato es, en sí misma, el dato más interesante de todo el asunto. En apenas unos meses se pasó de la certeza del desmoronamiento ruso a la aceptación de que la guerra podía durar años. «¿Pero no decía el memo del op que estaba perdiendo la guerra?», pregunta otro mensaje. Y no le falta razón: el cambio de marco es tan brusco que deja en evidencia a quien lo hizo.
Hay quien lo atribuye a la propia dinámica del conflicto. «Occidente va a perder frente a Rusia y China precisamente por esto, por pensamiento mágico y problemas imaginarios», sostiene un análisis que apunta a la sobreestimación de las capacidades ucranianas. La idea de fondo es que el relato occidental confundió sus deseos con la realidad y ahora tiene que corregir sin reconocerlo.
¿Qué argumentos sostienen que Rusia no puede perder?
El argumento más repetido es el de los recursos. «Putin no va a perder y Rusia tampoco. Tienen recursos naturales, una población elevada y no tienen deuda. No se puede intentar hundir un país de esas características», plantea un mensaje que resume la posición más pragmática. La lógica es la de la guerra de desgaste: quien tiene materias primas, energía y capacidad de aguante acaba imponiéndose a quien depende de suministros externos.
A eso se añade el contexto energético global. «Las energías renovables no van a suplir toda esa necesidad, y el petróleo y materias primas, que Rusia tiene de sobra, serán más escasos», continúa el mismo análisis. La conclusión es que el tiempo juega a favor de Moscú, no de Kiev, y que las sanciones acaban dañando más a quien las impone que a quien las recibe.
La contraargumentación no se queda atrás. «Los ucranianos mueren porque los rusos les matan», responde un mensaje que rechaza cualquier equidistancia. Y otro añade: «Ucrania tampoco va a ganar la paz después de haber bombardeado regiones de su propio país, después de haber ilegalizado partidos políticos y después de haber perseguido lingüísticamente a las minorías». La discusión deriva hacia la naturaleza del propio conflicto y hacia quién es responsable de qué.
El coste humano y la batalla del relato
En paralelo, el intercambio se llena de referencias a crímenes de guerra y a la destrucción de infraestructuras civiles. «Bombardeos a bloques residenciales, a centros comerciales, hospitales, escuelas, corredores de evacuación supuestamente seguros», enumera un mensaje que califica lo ocurrido como «canalladas». La discusión sobre el derecho internacional y sobre la calificación jurídica de los hechos ocupa buena parte del intercambio.
La respuesta desde el otro lado es que la guerra es la guerra y que las potencias no se mueven por consideraciones morales. «Me la suda, mientras yo tenga gasolina y electricidad baratas, como si quieren ir matándose durante décadas entre ellos», resume una posición que, aunque cínica, refleja una parte real del debate europeo sobre el coste energético.
El intercambio también deja momentos de humor negro. «Putin ya ha sacado la chatarra Z. Ahora va a sacar a Mazinger», ironiza un mensaje. Y otro remata: «Todavía quedan 4 horas para que acabe el domingo. Ánimo aparejador, tú puedes». La burla hacia los pronósticos fallidos es constante.
¿Por qué el precio de la energía condiciona el debate?
Uno de los mensajes más repetidos apunta directamente al bolsillo. «He echado 80 pavos de gasofa el domingo cuando echaba 45», escribe un participante. La cifra, aunque anecdótica, conecta la geopolítica con la vida cotidiana y explica por qué el conflicto ucraniano se sigue con tanta atención desde España.
La conclusión que se extrae de ese dato es incómoda: el coste de la guerra no lo pagan solo quienes la combaten. Lo pagan también quienes llenan el depósito cada semana. Y eso, sostienen algunos, es lo que acabará pesando más en las decisiones políticas que cualquier consideración sobre fronteras o soberanía.
El cierre: el dato que descoloca
La discusión termina, como casi todas, sin acuerdo. Unos sostienen que Rusia ya ha perdido aunque gane; otros, que Occidente se engaña con relatos que no resisten el contacto con los datos. Lo único que parece claro es que el pronóstico inicial —que Putin no aguantaba en el cargo— no se cumplió, y que quienes lo hicieron han tenido que reformular su tesis sin reconocer el error. El resto es literatura.