Una veintena defiende la invasión rusa y la OTAN carga con la culpa
La guerra de Ucrania tiene una coartada que se repite con la precisión de un manual. No es una invasión: es una «operación especial». No empezó Moscú: empezó la OTAN. Y quien señala al agresor, sostiene esta corriente, está en el bando equivocado. Que ese argumentario lo mantenga una minoría muy pequeña —en torno a una veintena de voces en una comunidad de más de 167.000— no lo hace menos insistente. Es, más bien, el retrato de una grieta que atraviesa el discurso público.
Rusia invade Ucrania: quién movió ficha primero
El eje del argumento es la cronología. La OTAN habría ido cercando a Rusia con su expansión hacia el este desde
1998, incumpliendo acuerdos y avisos, mientras Moscú advertía desde
2014 de que Ucrania sería la gota que desbordaría el conflicto. Con esa secuencia, la invasión deja de ser una agresión y se transforma en la reacción defensiva de una potencia que se siente amenazada en su propia frontera.
El problema de esa lectura es que convierte a Ucrania en un objeto geográfico sin voluntad. Hay quien responde que retrotraerse a los zares o al Kremlin soviético vuelve imposible cualquier crítica, y que los países limítrofes, ya tiranizados por Moscú en el pasado, tienen derecho a buscar protección. Late ahí una comparación incómoda: si un vecino hostil justifica una invasión, ¿qué distingue eso de la
Polonia de 1939?
¿Es una invasión o una «operación especial»?
El conflicto se libra también en el vocabulario. Hay quien ridiculiza la palabra invasión —«a cualquier cosa le llamáis invasión»— y quien la disuelve en una supuesta defensa de intereses legítimos. El gobierno de Kiev queda reducido en ese relato a una marioneta de intereses ajenos, y la población ucraniana, a comparsa de un guion escrito en Washington.
Frente a eso, otro bloque sostiene que pedir que «la operación acabe pronto y sin bajas civiles» convive mal con quien suministra armas. Las dos corrientes se acusan de querer alargar la guerra, cada una por motivos opuestos, y ambas se creen en posesión del sentido común.
Quién ha invadido más países, Washington o Moscú
Una de las escaramuzas más repetidas es el recuento de invasiones. De un lado se afirma que Estados Unidos y sus aliados han intervenido en más países y siempre lejanos; del otro, que Rusia lo hace en vecinos porque se siente amenazada. Es un intercambio de contadores donde ninguno mueve su ficha.
El matiz que se pierde es otro: ninguna de esas potencias está en guerra abierta entre sí, y esos listados no miden quién es más limpio, sino quién tiene menos escrúpulos para mover tropas fuera de su frontera. Venderlo como una competición de virtud es de una ingenuidad que roza la
mala fe.
Los refugiados que sí queremos
La guerra reabrió otro debate viejo: el trato a los desplazados. Se ha señalado la contradicción de recibir con los brazos abiertos a unos refugiados y mirar con recelo a otros según su procedencia, y se ha respondido con comparaciones de delitos por nacionalidad, un ejercicio que ninguna estadística sostiene. Cuando la cuestión deja de ser la guerra y pasa a ser qué desplazado «se porta bien», el argumento se ha caído solo.
Quién hay detrás del entusiasmo por Moscú
Hay quien ha intentado perfilar a los que apoyan a Rusia: quienes tienen lazos sentimentales con el país, quienes ven en el mundo anglosajón un poder dominante al que resistirse y quienes simplemente necesitan un enemigo común. Un acomodo ideológico que cambia de bandera según convenga: hoy un dictador, mañana el Kremlin.
La réplica no se hace esperar: los que celebran que haya muertos, se dice, son los mismos que reparten carnets de buena ciudadanía. La discusión deriva en una pelea por quién tiene derecho a tener razón, que es la forma más rápida de no tenerla.
Sobre si esta guerra unirá o romperá Europa, hay pronósticos para todos los gustos. La única previsión razonable es que la grieta que ha destapado —entre quienes ven en Moscú un agravio histórico y quienes ven una agresión sin paliativos— sobrevivirá a cualquier alto el fuego. Y no tiene pinta de cerrarse sola.