Horizonte y la polémica de la dana: de los bulos al control de daños
Pocas emisiones arrastraban la carga con la que
Horizonte afrontaba su cita. La anterior había sido, a juicio de uno de los participantes, la que más ha enfrentado a Iker Jiménez con la opinión pública, y sobre la mesa quedaba una petición: disculpas por los
bulos vertidos a cuenta de la dana de Valencia y explicaciones sobre el papel de Rubén Gisbert. La expectativa, en cambio, apuntaba a otra cosa: que el programa fuera un ejercicio de justificación en directo.
Hay quien sostiene que no deberían bajarse los pantalones y confía en que no lo hagan; hay quien cree que Jiménez y su entorno hablarán
en román paladino y defenderán sin cortapisas lo emitido. Alguna voz del hilo apostaba, en todo caso, por una cosa: que se lía parda. Y no faltó quien vaticinó que el lío estallaría, literalmente, en el descanso de los anuncios.
Qué se le reprocha al programa anterior
La emisión previa se juzgó como un producto de
lágrima fácil y encabronamiento, muy en la línea del reportaje de sucesos televisivo, con el añadido de un presunto atrezzo: barro en las rodillas, un supuesto testigo oculto, una escena recreada en un aparcamiento. Entre las acusaciones más repetidas está la de haber dado por bueno material que después no se sostuvo y de haber mezclado una denuncia legítima —la gestión de la catástrofe— con un montaje que debilitaba esa misma denuncia.
El argumento de fondo no era menor: para poner en su sitio a quien negligió no hace falta adornar nada. Quien defiende al programa responde con otra idea, y no es desdeñable: hasta esa emisión, buena parte de las televisiones generalistas habían tratado la catástrofe de tapadillo, sin entrar a fondo. Que el envite saliera con imperfecciones no convierte automáticamente en intachables a los que no lo intentaron.
La escena del barro y el papel de Rubén Gisbert
La polémica sobre Rubén Gisbert se sitúa en ese terreno pantanoso. Hay quien reprocha al programa haber presentado como directo un material que no lo era, con copia, pega y atrezzo, en lugar de bajar a grabar donde estaba el barro. Frente a eso, otra corriente del análisis considera que el caso está
sobredimensionado para la tontería que es y reclama que se le dé derecho de réplica en antena, en lugar de resolverlo a base de titulares.
El propio Gisbert publicó que los medios que tanto hablan de la dana
deberían donar sus beneficios publicitarios y de audiencia a los afectados y a los voluntarios. La propuesta, convertida en órdago, desplazó parte del foco: ya no se discutía qué se emitió, sino quién capitaliza la tragedia.
La versión de las fuentes oficiales
Aquí aparece el matiz que menos se subraya. Frente a la palabra «bulo», hay quien sostiene que hubo
fuentes que transmitieron informaciones erróneas en tiempo real, y que esas fuentes procedían de instancias oficiales y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Bajo ese prisma, el error no sería una invención del programa, sino la digestión acrítica de un goteo informativo contaminado.
No es un argumento inocente. Si la intoxicación venía de arriba, el reproche deja de apuntar al plató y apunta al origen. Y ahí la respuesta del público se vuelve incómoda para todos: la credibilidad de una fuente no se hereda del uniforme.
La tesis de la disidencia controlada
Otra línea de lectura, más incómoda aún, sostiene que Iker Jiménez y su entorno son la
primera línea de una disidencia controlada: la que denuncia al Gobierno por hacerlo mal y acaba pidiendo, en la práctica, medidas más duras. Es la tesis que se aplicó antes a la gestión de la pandemia y que ahora se recicla para la catástrofe. Quien la defiende la resume con una imagen: los disidentes descontrolados, antes o después, se controlan.
Suena conspiranoica y, en parte, lo es. Pero no es lo mismo discrepar del relato oficial que construir un relato alternativo igual de cómodo para el poder. La pregunta, en el fondo, no es de qué lado está el presentador, sino a quién beneficia cada enfado.
El factor gubernamental y el control de daños
A la mesa se sentó también un invitado al que buena parte de la audiencia identificó como afín al Ejecutivo, gesto que leyó como un intento de
control de daños. El diagnóstico mayoritario fue que el envite salió mal: el invitado no estuvo a la altura del barro que se estaba removiendo y terminó reforzando, por contraste, a quienes le rodeaban. La conclusión que se repite es amarga: si el Ejecutivo no tiene argumentos para defender su gestión, que no mande a nadie a defenderla.
Y de fondo quedó la pregunta que dejó caer uno de los participantes: si el pueblo ayuda al pueblo, ¿para qué quiere el pueblo al Gobierno, a la casta política y al Ejército?
Anuncios, ritmo lento y expectativas defraudadas
El arranque de la emisión defraudó. Demasiados cortes publicitarios, un ritmo que pasó, en expresión de la propia audiencia, de
45 a 33 rpm, y la sensación de que la censura había entrado al programa. A mitad de emisión la queja era que el programa resultaba soporífero. La paradoja es que un formato que presume de libertad se juega su credibilidad en la misma pausa publicitaria que lo financia.
La conversación, además, saltó de la dana a las teorías conspirativas sobre el atentado contra Trump, algunas sin ningún respaldo probatorio. Ese desplazamiento, del barro real al barro imaginado, es el que más desgasta a un formato que vive de que le crean.
Con este material, la emisión apunta a una segunda semana de polémica. Si Jiménez reconduce el relato hacia las fuentes que le intoxicaron, gana; si se atrinchera en que todo fue un montaje de sus enemigos, la herida se le abre otra vez. Nada de esto está escrito.