Del mito del insti al mobiliario urbano: el hilo se parte
El hilo sobre qué fue de las compañeras del instituto se parte en dos frentes. Por un lado, los que echan mano de la memoria para hacer inventario de embarazos, parejas y kilos. Por otro, los que aprovechan para contar su propio currículo: el graduado escolar, la mili, el sexto de EGB. La conversación salta del recuerdo ajeno al ombligo propio en menos de dos páginas.
Qué se ha sabido
Pichorrica recuerda
cuatro casos: una compañera se quedó embarazada de gemelos tras una noche en una discoteca y nunca se supo de quién eran; a otra el padre de la criatura la dejó y se fue con la vecina; una tercera mantuvo una relación con otra mujer; las demás, más allá de novietes, no tuvieron mucho más. Pablo Ganyo aporta su propio listado: una acabó en una farmacia, dos que iban en pareja y se pensaba que eran lesbianas están en el paro con más de 30 años, aunque la mayor logró tener un hijo con uno que, según él, parecía el doble de Fernando VII. Otra que estaba gorda se volvió feminista y adelgazó _para fastidiar a los que la llamaban gorda_, y desapareció del mapa. El resto, dice, estudiaron y se largaron del pueblo.
UOFB2026 cuenta que uno se fue a vivir a Ámsterdam y trabajaba en una fábrica de enlatado. En el instituto le llamaban _el picapinos_ por una hostia que se metió de cara contra uno de los pinos de la cafetería. Eric Finch sentencia que las feas del instituto pasaron a formar parte del mobiliario urbano. Shudra las vio hace más de una década o 15 años: a alguna la recuerda como una vieja, gorda y con gafas; a otras en shorts, con celulitis y piel de naranja. Tampoco ayuda, dice, que fumaran y bebieran como cosacos. cabronavirus hace más de 25 años que no ve a ninguna y supone que no vivirán en el barrio.
Vanderwilde. cuenta que él es el único que se sacó el Graduado Escolar con nota de suficiente, y eso al volver de la mili en un centro de adultos. Dice que hizo hasta los deberes que le mandaba la maestra y que cuando esta lo vio con el chándal de la mili, la camiseta de la Legión y el tatuaje en el brazo ya sabía que iba a aprobar. Zbigniew solo acabó sexto de EGB y lo llama _muerte en vida_. Vanderwilde. le corrige: _te quitaste en quinto, no en sexto_, y añade que todos los que se quitaron en quinto o sexto son funcionarios o pensionistas.
Dónde está la bronca
La bronca no es sobre las compañeras, sino sobre quién tiene derecho a hablar de ellas. ColeTrickle sostiene que los chicos como él pensaban que ellas estaban interesadas en tener relaciones y que, al ir tras ellas, les subieron el ego y les provocaron un error de autopercepción que las hizo creer que podían cazar a un _importantito_. Alguna lo consiguió, pero muchas acabaron amargadas, dice. Tappiporla afirma que fueron embarazadas por individuos sin escrúpulos y quedaron relegadas a cuidar de sus hijos y hacer la compra sin rechistar. Frente a ese relato, sepultada en guano introduce un matiz: _el concepto de orco es coyuntural_, y tal vez la más orco de ayer sea hoy una madura luminosa. Es la única nota que rompe el inventario físico.
El otro choque es generacional y de currículo. Vanderwilde. defiende el mérito de sacarse el graduado con suficiente en un centro de adultos después de la mili. Zbigniew reivindica haber acabado sexto de EGB y lo llama muerte en vida. Vanderwilde. le corrige la fecha y le espeta que no se alargue. La discusión deriva hacia quién se quitó antes y quién es funcionario o pensionista.
Qué cambia respecto a antes
El hilo ya no va de qué fue de las feas, sino de qué fue de los propios foreros. El inventario de embarazos y parejas se agota y entra el currículo: el graduado escolar, la mili, el sexto de EGB. La predicción del reencuentro se cumple sin necesidad de reencuentro: la mitad no se reconoce y la otra mitad no va. El mobiliario urbano sigue ahí, pero ahora comparte espacio con el graduado escolar de Vanderwilde. y el sexto de EGB de Zbigniew. La conversación no se cierra: sigue saltando de la nostalgia al expediente propio.
El cálculo de Pablo Ganyo
Pablo Ganyo hace su propio inventario: una en una farmacia, dos en pareja y en el paro con más de 30 años, una que adelgazó _para fastidiar a los que la llamaban gorda_ y desapareció, y el resto que estudiaron y se largaron del pueblo. No hay cifras exactas, pero el recuento sirve para constatar que la memoria es selectiva y que cada cual arrastra su propia lista.