Quién merece tener hijos: el desprecio ordenado por capas
La pregunta se lanza sin anestesia —a quién habría que impedir tener hijos— y una de las respuestas la zanja sin responderla: todo el mundo. A partir de ahí las respuestas se ordenan por capas: renta, aspecto físico, origen e ideología. El resultado se parece menos a una política de natalidad que a un inventario de rechazos. Nadie cita un estudio. Nadie aporta una cifra.
¿Qué grupos se señalan al preguntar quién no debería reproducirse?
Las respuestas se reparten por capas. Aparecen quienes cobran prestaciones sociales, presentados en varios mensajes como sospechosos por definición; les siguen las personas con discapacidad o con rasgos físicos fuera del canon estético y, después, determinados colectivos por su país de origen. Cierra el inventario la discrepancia política: los rivales ideológicos y hasta la afición del equipo contrario.
La primera capa se disfraza de economía: quien no puede mantener a un hijo no debería tenerlo. La segunda hace tiempo que abandonó la economía y es puramente estética. La tercera es hostil y ni se molesta en disimular: algunos mensajes dan por hecho, sin una sola prueba, que ciertos orígenes traen consigo males que otros no. Ninguna de ellas viene acompañada de una sola prueba.
El criterio que se sale del ranking: saber criar
Una respuesta se sale del ranking y coloca el listón en otro sitio:
no ser capaz de educar y cuidar a los hijos. Es la única de la lista que no exige clasificar a las personas por origen, renta o aspecto. Todo lo demás son atajos: se presume incapacidad por el barrio, por el acento o por la nómina. Y se presume, además, sin conocer a nadie.
El rechazo a reproducirse no equivale a repartir permisos
Hay también una respuesta que no señala a nadie: la de quien afirma que
reproducirse produce rechazo, sin más. Conviene no confundirla con repartir carnés de progenitor. La distancia entre ambas cosas es enorme: una discute la conveniencia de tener hijos; la otra decide quién puede tenerlos.
El nombre de pila como motivo de rechazo
Aparece incluso un criterio que no figura en ningún manual de políticas familiares: el nombre del hijo. Un participante dice estar harto de quienes se llaman Izan o Aitor. No hace falta explicar qué dice eso del recién nacido; dice más, en cambio, de quien lo escribe.
Con estos mimbres, la pregunta puede volver cada vez que la natalidad asome en los presupuestos, y hacerlo con las mismas capas y los mismos atajos. La reserva es obligada: nada permite estimar cuánta gente piensa así y cuánta solo calentaba el teclado. El inventario completo, con sus excepciones y sus matices, resulta más revelador que el resumen.