El voto cuesta media hora y el abstencionista ya la gasta en otra cosa
Ir a votar cuesta, en el mejor de los casos, media hora de un domingo. Ese es el dato que abre el pulso: un desplazamiento corto, una fila, una papeleta y una urna. Sobre esa cifra mínima se ha construido un juicio moral que divide a la opinión pública española desde hace años, y que en los últimos tiempos se ha recrudecido con la irrupción de discursos que desprecian el acto de votar como una pérdida de tiempo.
El argumento del que vota es sencillo: si el coste es medio domingo, la abstención no se explica por logística, sino por
desafección o por cálculo identitario. Quien se abstiene, dice esta corriente, no es que no pueda: es que no quiere, y luego se sienta a las 20:00 a mirar el escrutinio como si el resultado le importara. La acusación de
narcisismo mal disimulado es la más repetida en los mentideros digitales.
Qué se hace con la media hora que no se vota
La respuesta de quien no vota no es unánime, pero sí reconocible. Una parte responde con sarcasmo: dormir, ir al bar, ver el fútbol, hacerse una
gayola —el eufemismo que se ha popularizado en estos círculos—. Otra parte responde con un argumento más incómodo: que el voto individual no es estadísticamente significativo, que el escrutinio apenas se mueve del 10% al 100% y que, por tanto, la media hora no compra nada. La abstención se presenta así como un acto de dignidad, no de pereza.
Hay una tercera vía, menos ruidosa: la del que sostiene que el sistema no es una
democracia real, sino una oligarquía de partidos, y que participar en él es legitimar la farsa.
El sistema lo legitiman las pistolas del CNP, resume una de las intervenciones más citadas, que desplaza el debate de la ética individual a la coacción estatal.
El referéndum de 2005 como prueba de cargo
En medio del cruce de reproches aparece un dato histórico que se usa como munición: el referéndum de 2005 sobre la constitución europea. Según varios de los intervinientes, el Sí ganó con una participación bajísima, y ese resultado se usó después como si fuera un mandato claro. La anécdota sirve para ilustrar la tesis abstencionista:
la baja participación no invalida el resultado, pero tampoco lo legitima, y sin embargo se presenta como si lo hiciera.
La discusión deriva entonces hacia el caso salvadoreño y el ejemplo de Bukele, que unos usan como prueba de que votar sirve para cambiar las cosas y otros como prueba de que el cambio real no viene de las urnas. El intercambio se atasca ahí, sin que ninguna de las partes ceda.
La abstención como boicot y la abstención como coartada
La crítica más dura no viene del que vota, sino del que distingue entre abstenerse y promover la abstención. Abstenerse en silencio es una opción personal; vender la abstención como herramienta útil es, para esta corriente, una tomadura de pelo.
Cuarenta años de hegemonía de un partido con mayorías absolutas y sin ellas demuestran, dicen, que no votar no ha cambiado nada de lo que los abstencionistas dicen querer cambiar.
El contraargumento es que votar tampoco ha cambiado nada, y que al menos el abstencionista conserva la dignidad de no participar. La conversación se cierra, como suele, con un insulto y un
up para subir el mensaje. No hay consenso, ni parece que vaya a haberlo: el punto exacto donde el análisis se atasca es la definición misma de qué significa legitimar un sistema.