Ni estudia ni trabaja: el bucle del que no encaja en el sistema
Hay un perfil que no sale en las estadísticas de empleo ni en los informes de abandono escolar: el joven de
23 a 27 años que ha probado el mercado laboral, ha salido escaldado y ha concluido que no sirve. El caso que abre esta discusión es concreto: un chaval sin deudas, con problemas de salud, moral por los suelos y una experiencia laboral como repartidor de electrodomésticos que terminó mal. No es un vago de manual. Es alguien que ha chocado contra un sistema que exige titulación, resistencia física o ambas, y que no encuentra su hueco.
La primera respuesta que recibe cualquier familia en esta situación es la más vieja del mundo: que pase hambre. La segunda, que se meta en política. La tercera, que busque una incapacidad. Entre esas tres salidas se mueve un debate que dice más del mercado laboral español que cien informes.
Las salidas clásicas: ejército, transporte y vigilancia
Cuando se pregunta qué hacer con alguien que no encaja en el sistema educativo ni en el mercado laboral, aparecen tres sectores que históricamente han absorbido a los que no siguen la ruta universitaria. El primero es el
transporte de viajeros: sacarse los carnets de autobús y presentar currículum en cualquier compañía. El segundo es la
vigilancia de seguridad: un título que se obtiene en unos tres meses y que coloca a gente en urbanizaciones, hoteles o empresas. El tercero es el ejército, aunque ahí la advertencia es clara: si no sirves ni para eso, lo vas a pasar mal.
El atractivo de estas salidas es que no exigen una carrera, sino una habilitación. El problema es que todas requieren un mínimo de aguante físico o psicológico que el perfil descrito puede no tener. La experiencia como repartidor de electrodomésticos —entrar en casas ajenas, cargar neveras, lidiar con clientes— se cita como ejemplo de trabajo especialmente duro y mal pagado.
La vía administrativa: oposiciones, ayuntamientos y sindicatos
Otra corriente sostiene que el refugio natural de este perfil está en el
empleo público. No en las oposiciones de alto nivel, sino en las plazas de parques y jardines, limpieza o mantenimiento municipal. Se argumenta que estos puestos ofrecen estabilidad, un salario de alrededor de
1.500 euros mensuales y una carga de trabajo llevadera. La recomendación incluye pasar por un sindicato con presencia en el ayuntamiento correspondiente para informarse primero.
La crítica a esta vía es que convierte la administración en un aparcamiento para gente sin cualificación. Quien defiende lo contrario responde que el empleo público es un derecho y que no todos los puestos requieren un máster. En medio queda una pregunta incómoda: ¿es esto una salida o una forma de esconder el problema?
La paguita y la incapacidad: el debate que nadie quiere tener
Una de las derivadas más repetidas es la de la
incapacidad laboral. Se afirma que en España hay cerca de un millón de pensiones de este tipo y que siempre han funcionado como salida para quien no encuentra sitio en el mercado. La propuesta va desde pedir el ingreso mínimo vital hasta empadronarse en una localidad con ayudas más altas, con el País Vasco citado como referencia por tener las cuantías más elevadas.
Otra parte del análisis rechaza de plano esta opción. Sostiene que quien no vale para nada no debería convertirse en una carga para los demás, y que la caridad institucional perpetúa el problema en lugar de resolverlo. El reproche se extiende a los padres: mantener a un hijo adulto sin exigirle nada es la forma más segura de que nunca se independice. La recomendación, en esta línea, es dejar de mantenerlo y mandarlo a un psicólogo especializado en hombres jóvenes.
El problema de salud mental que nadie quiere nombrar
El mensaje inicial menciona que el chaval está algo enfermo y tiene la moral por los suelos. Ese detalle cambia el diagnóstico. No es lo mismo un joven que no quiere trabajar que uno que ha intentado trabajar y ha salido roto. La distinción importa porque las soluciones son opuestas: al primero se le exige, al segundo se le trata.
La recomendación más sensata que aparece es averiguar la causa antes de aplicar la receta. Si hay un problema de salud mental sin diagnosticar, ninguna de las salidas anteriores funcionará. Si lo que hay es una falta de hábitos o de tolerancia a la frustración, el diagnóstico es otro. La línea que separa ambas cosas es fina y requiere un profesional, no un consejo de barra de bar.
La opción política: el perfil que encaja en un partido
Hay una salida que se repite con sorna: que se meta en las juventudes de un partido y empiece a medrar. El argumento es que el perfil —joven, sin oficio, con capacidad de relacionarse o de aprender a hacerlo— encaja en la estructura de cualquier formación. Se citan casos de personas que han hecho carrera política sin haber trabajado nunca en otra cosa.
La broma tiene un fondo real: la política es uno de los pocos sectores donde no se exige una titulación concreta ni una experiencia previa. Se entra por militancia, por contactos o por ambas cosas. Quien defiende esta vía no lo hace por convicción ideológica, sino por constatación de que funciona. Quien la critica señala que convierte la política en un refugio de mediocres.
Con estos mimbres, la predicción más razonable es que el chaval encontrará alguna salida, pero no la que su familia espera. Lo más probable es que acabe en una habilitación rápida —seguridad, transporte, mantenimiento— o en una ayuda pública. Lo que no va a ocurrir es que el sistema se adapte a él. La pregunta es cuánto tiempo y cuánta salud se va a dejar por el camino antes de aceptarlo.