Corea del Norte y el Haeil: qué es su «tsunami radiactivo»
Corea del Norte presume de haber probado un arma radiactiva en el mar y la etiqueta que ha circulado es tan descriptiva como desconcertante:
«tsunami radiactivo». La frase, difundida por una cuenta de información financiera, bastó para reabrir el expediente del arsenal norcoreano. Detrás del titular hay algo más concreto: un vehículo submarino no tripulado con carga nuclear, bautizado
Haeil —«tsunami» en coreano—, que según el material difundido se viene desarrollando
desde 2012 y acumularía medio centenar de pruebas. No es una bomba nueva. Es otra pieza del mismo tablero, y ese tablero lleva décadas montado.
¿Qué es el Haeil y por qué se llama «tsunami radiactivo»?
El nombre no es un capricho de marketing. Se trata de un sistema de propulsión submarina no tripulada que, en teoría, se desplaza bajo el agua y detona su carga cerca de la costa, generando una ola con material radiactivo. La información difundida habla de
50 pruebas de distinto tipo desde 2012, de las cuales
29 habrían contado con la presencia del dirigente norcoreano.
Ahí aparece el primer problema, y no es menor. Si cada lanzamiento de misil del régimen acaba con su correspondiente vídeo propagandístico, ¿dónde están las grabaciones de esas cinco decenas de ensayos? La cifra encaja mejor en un comunicado que en un registro verificable. La propia cronología que se maneja sitúa buena parte de esas pruebas entre
2017 y 2020, un periodo del que tampoco existe un rastro documental continuo. Con arsenales nucleares, la opacidad no es un fallo: es parte del producto.
Corea del Sur y Japón, el 25% del PIB de Asia en el punto de mira
El argumento que domina la conversación no es militar, es económico.
Corea del Sur y Japón suman en torno al 25% del PIB de Asia, y ahí dentro hay activos que no se reconstruyen con un plan Marshall: Samsung, la segunda mejor fundición de semiconductores del mundo, o las plantas japonesas que colaboran con la neerlandesa ASML en la cadena de litografía. Un intercambio de golpes en la península no destruiría solo ciudades; devolvería a la industria de los chips a la prehistoria.
De ahí sale la tesis más repetida: Corea del Norte puede destruir hasta cierto punto, pero no invadir, y a nadie le interesa. Hay quien sostiene que el intercambio sería un sacrificio calculado —un peón a cambio de un caballo y un alfil— y quien responde que quien mueve las piezas no es precisamente el que pierde el caballo. El cálculo completo, con el impacto sobre fundiciones y proveedores encadenado, es lo que de verdad da la medida del riesgo.
China, el perro de presa y la guerra que nunca se firmó
La hipótesis más extendida en el análisis es que el régimen norcoreano no sobreviviría sin el respaldo chino, y que ese respaldo se paga con armas nucleares, ataques informáticos y una utilidad estratégica: complicar el tablero a Washington sin disparar un solo tiro. Según esta lectura, China se desentiende cuando conviene y mira desde la barrera. Otras voces matizan: si el conflicto se descontrola, la excusa para una presencia militar estadounidense reforzada en la zona perjudica precisamente a Pekín.
El contexto histórico que se repite es tosco pero real:
las dos Coreas siguen técnicamente en guerra desde 1950, y fue la Unión Soviética la que sostuvo al Norte en aquella contienda con cazas MiG y pilotos. De aquel vínculo se derivan lecturas más recientes que atribuyen a Moscú un interés evidente en rearmar a todo enemigo de Estados Unidos. La hipótesis circula sin más prueba que la coincidencia de intereses.
¿Pueden Japón y Corea del Sur fabricar su propia bomba?
La pregunta se responde en el foro con un dato incómodo: ni Tokio ni Seúl tienen arsenal propio —están bajo paraguas aliado, con bases militares extranjeras sobre el terreno—, pero la capacidad latente existe. Se asegura que países como
Japón, Corea del Sur y Países Bajos podrían tener una bomba en menos de 24 horas si tomaran la decisión política. La vía clásica es el enriquecimiento de uranio con centrifugadoras; la más sofisticada, la gasificación del uranio, un proceso que dominan muy pocos estados, entre ellos los neerlandeses.
Ese es el motivo por el que la discusión se mueve menos en el terreno de la disuasión y más en el de la economía industrial. Y por el que la reunificación coreana, cuando se menciona, aparece como una amenaza económica antes que como una oportunidad: absorber un país empobrecido sería, según esta tesis, la forma más rápida de arruinar al Sur, que ya compite por mano de obra en fábricas fronterizas.
HAARP, la teoría sin respaldo y la letra pequeña del miedo
En toda conversación sobre tsunamis aparece la teoría de que no los provoca la tectónica, sino antenas de microondas instaladas en barcos y disparadas contra la atmósfera. No hay ninguna evidencia publicada de semejante mecanismo, y la comunidad científica descarta esa posibilidad. Conviene decirlo con la misma claridad con la que se descarta que las bombas nucleares generen tsunamis: la energía necesaria para mover una masa de agua a escala oceánica no sale de una ojiva.
Lo que sí queda sobre la mesa es un patrón que se repite: cada anuncio norcoreano cumple dos funciones, la externa —recordar que existe— y la interna —justificar el gasto militar de un país con hambrunas periódicas—. No hay que buscarle más misterio.
Con estos mimbres, la conclusión que se impone es la de siempre: el anuncio del Haeil probablemente cambie menos cosas de las que sugiere. Queda un dato que invita a la calma y al insomnio a partes iguales. Si Corea del Sur y Japón concentran una cuarta parte del PIB asiático, el peón más barato del tablero apunta directamente a la casilla más cara.