Váter robotizado o servicios sexuales: ¿qué pesa más en la felicidad?
Si le regalasen un váter inteligente de última generación o tres encuentros con una trabajadora sexual, ¿qué escogería? La pregunta, lanzada en un foro de debate, genera respuestas inesperadas. La mayoría se decanta por el sanitario de alta tecnología.
La opción mayoritaria: confort anal frente a placer efímero
De las diez intervenciones, cinco apuestan claramente por el váter robotizado. Argumentan que la potencia del chorro anal es mejorable, pero que la comodidad del hogar gana. «El culo siempre lo llevo limpio», remata uno. Solo un usuario defiende sin matices el intercambio sexual; otro reclama la posibilidad de incluir prácticas escatológicas. El resto se muestra indiferente o evade la respuesta.
Una metáfora de la sociedad actual
La disyuntiva trasciende lo soez. Refleja el conflicto entre la gratificación inmediata, efímera y sujeta a mercado, y la inversión en un bien duradero que aporta confort cotidiano. La tecnología doméstica, con su promesa de higiene y eficiencia, vence al deseo sexual cuando se plantea como transacción. Quizá sea el síntoma de un hastío posmoderno: preferimos que una máquina nos limpie el culo a tener que negociar placer con otro ser humano.
La ironía del progreso
El invento del váter robotizado (enlace a xatakahome.com) se presenta como un avance civilizatorio. Pero el debate revela que, para muchos, la civilización cansa. La respuesta más lúcida tal vez sea la de quien desea no despertar. Al fin y al cabo, si la tecnología resuelve las necesidades básicas y el sexo se reduce a un servicio, la felicidad se convierte en un problema de ingeniería.
Al final, la balanza se inclina hacia el trono de porcelana high-tech. La próxima vez que alguien hable de progreso material, recuerde: quizá lo único que queremos es un chorro de agua caliente y no tener que hablar con nadie.