Eric Finch
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La estrategia de etiquetar a los votantes de ultraderecha como "fachas" o "reaccionarios" ha fracasado, provocando un efecto contrario al deseado por los partidos tradicionales.
Parece que la estrategia de Pedro Sánchez, y de tantos otros, de presentar el ascenso de la ultraderecha como una amenaza apocalíptica, un "mundo que nos mira" y se vuelve "facha", no está funcionando como esperaban. De hecho, podría estar volviéndose en su contra. La idea de que millones de europeos se han levantado un día convertidos en abolicionistas de derechos o seguidores de ideologías del pasado es una simplificación que evita hacerse preguntas incómodas. ¿Por qué el electorado, incluso el socialista, se está inclinando hacia posiciones que antes no consideraba? La respuesta fácil es recurrir a etiquetas: facha, fascista, ultra, racista. El problema es que, cuanto más se usa un calificativo, más vacío de significado se queda. Si todo es fascismo, al final, nada lo es. El historiador italiano Emilio Gentile ya advertía sobre el uso anacrónico de conceptos. Si bien es cierto que los jóvenes están jugando un papel importante en el ascenso de formaciones contestatarias en Europa, como el PVV de Geert Wilders en Holanda o la AfD en Alemania, Gentile establece una distancia "abismal" entre la Europa de entreguerras y la actual. Los mitos que alimentaban el fascismo histórico, como el nacionalismo imperialista, no son los mismos que mueven a los votantes hoy.
La historia reciente está plagada de ejemplos donde las intervenciones externas o las advertencias sobre el ascenso de la derecha han tenido el efecto contrario. En Grecia, en 2015, las amenazas de Jean-Claude Juncker sobre las consecuencias de un "no" en el referéndum sobre las condiciones del rescate financiero solo sirvieron para avivar el orgullo nacional y el voto en contra. El electorado griego, harto de años de alternancia entre partidos tradicionales y con un 25% de desempleo, confió en Syriza, que acabó pactando con la conservadora ANEL. En Francia, en 2002, la llegada de Jean-Marie Le Pen a la segunda vuelta presidencial provocó la creación del Frente Republicano. Hoy, su hija Marine Le Pen lidera las encuestas, a pesar de las advertencias del presidente Emmanuel Macron sobre el debilitamiento de Francia en Europa y el perjuicio económico. En Austria, en 2000, las sanciones diplomáticas de la UE a la entrada del FPÖ en el gobierno solo reforzaron el argumento de que las élites extranjeras querían decidir quién gobernaba el país. Hoy, el FPÖ sigue siendo un actor político clave. En Italia, en 2022, las palabras de Ursula von der Leyen sobre "herramientas" si las cosas iban en una "dirección difícil" no impidieron la victoria de Giorgia Meloni, quien ahora ve nacer un partido aún más a su derecha. Y en Alemania, la AfD, investigada por los servicios de inteligencia y con el peso del legado histórico, ha logrado un resultado que pone a toda Europa en vilo.
El ascenso de la AfD en Alemania, y de otras formaciones similares en Europa, no es una cuestión de que el mundo se haya vuelto "facha" de repente. Es una señal clara de que una parte creciente de los ciudadanos se siente abandonada y desconfía de las fórmulas tradicionales. Llamarles ultras o fachas no resuelve el problema de fondo. La pregunta clave es si los partidos están cumpliendo con las promesas del estado del bienestar: vivienda, cesta de la compra, educación, empleo, expectativas de futuro. ¿La gente vive mejor, o al menos como les prometieron? Esto no justifica las propuestas de los partidos que capitalizan el descontento, especialmente cuando hay vínculos con factores desestabilizadores como Rusia. Pero sí exige autocrítica. ¿Por qué este cambio ha fagocitado incluso al votante socialista? Según datos recientes, la intención de voto para Vox entre quienes apoyaron a Pedro Sánchez en 2023 se ha disparado. ¿Se han vuelto fachas? ¿O ya lo eran? ¿O les han "fachosferizado"? Se puede seguir azuzando el miedo con proclamas y calificativos anacrónicos, pero a la gente ya no le asusta que le llamen ultra o facha. Le asusta no poder pagar una vivienda, que suban los precios de la compra mientras su salario está estancado, que el transporte público se deteriore a pesar de los impuestos, o que el dinero público acabe sirviendo a intereses privados y corruptos. Por eso, algunos se ríen cuando les llaman ultras o les advierten de que llegará la ultraderecha.
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