Debate en foro sobre cazar y cocinar gatos callejeros
Un aficionado al tirachinas abre el melón: quiere cazar un gato callejero, meterlo en una bolsa de supermercado y esconderlo en la mochila. El motivo, dice, es «curiosidad y preparación mad maxera». La pregunta que lanza no es si se puede, sino cómo: cuántos días de vinagre, si la carne admite despiece y si media hora de horno basta. La respuesta que recibe es un tratado involuntario de cocina de supervivencia, zoología y salud pública.
Lo primero que aparece es la comparación con el conejo. El gato es un felino carnívoro, recuerda un participante, y el conejo un herbívoro: no son intercambiables. Varios mensajes insisten en que la carne es
seca y fibrosa, más parecida a la liebre que al conejo de granja. De ahí la receta más repetida: macerar en vino un par de noches, cocinar a fuego lento con patatas, zanahoria y cebolla, o aliñar con ajo y perejil y hornear
40 minutos a 185 grados con patatas panadera debajo.
El problema no es la receta, es el bicho
La discusión se tuercen cuando alguien pregunta por las enfermedades. Los gatos callejeros comen ratas, ratones, cucarachas y pájaros, beben de charcos y rebuscan en cubos de basura. Un participante cuenta que un familiar cazó un conejo de campo, lo limpió, lo guisó y
toda la familia estuvo indispuesta varios días. El argumento se refuerza con el recuerdo de las vacas locas: alimentar a herbívoros con harinas animales acabó como acabó. La conclusión que se impone es que un depredador callejero acumula parásitos que un herbívoro criado no tiene.
Hay quien responde que los cerdos de granja tampoco son un ejemplo de higiene y que en situación extrema bastaría con descartar casquería, revisar el hígado y cocinar a conciencia. La contrarréplica es contundente: los cerdos están bajo control veterinario, los gatos no.
El gato que se come en Perú y el que se comía en la posguerra
La conversación deriva hacia el consumo real. Un participante asegura haber probado gato asado y advierte de que
no tiene buen sabor y de que hígado y riñones son tóxicos por las sustancias que acumulan. Otro apunta a Perú: en las provincias de Pomabamba y Huari, en Áncash, es tradición comer «mishi» en potajes que normalmente llevarían cuy. En Marruecos, añade un tercero, se hace en puchero.
La memoria familiar también aparece. Un participante recuerda las historias de su abuelo sobre la posguerra, cuando más de una familia comió gato y no se murió por ello. Otro recupera un recetario antiguo que ordena degollar al gato, cortarle la cabeza y echarla a mal «porque no es para comer», soasar el cuerpo bajo tierra un día y una noche y azotarlo con una verdasca mientras se asa. La advertencia sobre los sesos —«comiendo de los sesos podría perder el seso y juicio el que lo comiese»— tiene hoy una lectura más prosaica: priones.
Cómo matarlo importa más que cómo cocinarlo
El consenso más sólido del intercambio no está en la cocina, sino en el sacrificio. Las hormonas del estrés empeoran el sabor, y un animal que pasa horas en un lazo y muere a hachazos necesita
48 horas de adobo para ser comestible. De ahí la recomendación de usar trampa de jaula en lugar de tirachinas: los golpes y los cortes arruinan la carne. También se insiste en despellejarlo bien y limpiarlo a fondo, porque sin macerar «dará un pestazo y un sabor a gato insoportable».
El aspecto legal queda en el aire: un participante recuerda que cazar gatos está prohibido, salvo que el animal no tenga dueño. Nadie aporta la norma concreta. Y la duda de fondo sigue sin resolverse: si el sabor es malo, si la carne es dura y si el riesgo sanitario es real, la curiosidad mad maxera se queda, de momento, en teoría.