Quiero gustar sin pagar: el dilema del coste de las citas
Pedir una cita sale caro. O al menos eso sostienen quienes se quejan de pagar la cena, el parking y la gasolina para recoger a la otra persona. La factura tiene ejemplos concretos: 600 euros en una app de citas sin éxito, un coche de 100.000 euros para impresionar, y un desembolso fijo en cada desplazamiento.
La economía del cortejo: la cita como inversión
Invertir en impresionar forma parte del ritual. ¿Pero hasta qué punto es una inversión racional? Hay quien lo describe como una subasta en la que los hombres pujan por atención femenina y las mujeres deciden. Otros lo ven como una explotación en la que una de las partes asume todos los costes. El refranero lo sentencia: «no se puede estar en misa y repicando las campanas».
¿Quién debe pagar?
Las posturas se dividen. Una corriente defiende el reparto equitativo para eliminar la tensión económica. Otra sostiene que quien invita pone las reglas, y que quien no quiere pagar no debería pretender gustar. La realidad es más gris: muchas relaciones nacen de un equilibrio que no siempre es monetario.
La cuestión queda abierta. Si el coste de cortejar sigue subiendo, ¿dejarán de intentarlo? ¿O simplemente cambiarán de táctica, como quien busca gangas en el mercado de la seducción? Pocos quieren pagar, todos quieren gustar. Alguien, al final, termina pagando la cuenta.