Racializar: el término que divide a la izquierda española
Racializar no significa nada. O significa demasiado. El neologismo lleva tiempo instalado en la política española, aunque su pedigrí es estadounidense: viene del movimiento woke y de los campus universitarios de Estados Unidos. En España, su altavoz más conocido ha sido Irene Montero, pero el término ya ha desbordado a la izquierda y está en boca de todos.
En esencia, racializar consiste en clasificar a alguien por su raza, imponerle una identidad racial que no eligió. La pregunta de si las personas racializadas nacen o se hacen resume el desconcierto: si la raza es una construcción, racializar es un acto, no un estado. Esa es, precisamente, la primera gran grieta: unos lo usan para denunciar racismo estructural; otros creen que es un comodín vacío que solo sirve para repartir culpas y privilegios.
La polémica no es solo semántica. Tiene consecuencias muy tangibles. Cuando se conceden puntos extra en la universidad a personas racializadas, se está aplicando una racialización positiva. ¿Racializar es malo? Depende de quién lo haga y con qué fin, respondería el análisis más cínico. El antídoto y la enfermedad se parecen demasiado.
La conclusión provisional: el término no gana batallas conceptuales, gana batallas políticas. Es un arma de doble filo que simplifica discusiones incómodas, y quien lo empuña debe saber que puede volverse contra él. Con el nivel actual de polarización, lo único predecible es que el ruido alrededor de la palabra seguirá subiendo.