Rubén Gisbert y la trampa del abstencionismo militante
Hay una manera infalible de que una protesta política se convierta en una marca personal: predicar la abstención mientras se sube a un helicóptero y se exhiben relojes de 6.000 euros. El ejemplo reciente de Rubén Gisbert, activista ligado al pensamiento de Antonio García Trevijano, ha reabierto la polémica sobre si no votar es una resistencia legítima o un ejercicio de ego que acaba en autodestrucción.
El negocio de la indignación
El caso de Gisbert resulta incómodo para la pureza del discurso abstencionista. Mientras predica que el sistema no merece el voto, sus directos acumulan audiencia, presume de compras de 6.000 euros y protagoniza enfrentamientos públicos con otros divulgadores de la misma órbita. Una de las réplicas más afiladas resume la paradoja: el abstencionismo militante es el vicio de los megalómanos. La escena del helicóptero no fue un incidente aislado: se ha convertido en el símbolo de un activismo que confunde la denuncia con el postureo.
Los datos de la abstención no sostienen la épica
España arrastra una abstención en torno al 30% en las últimas citas electorales, según los números que maneja el análisis. A favor de no votar se argumenta que el voto no ha cambiado nada en 22 años, y que los partidos comparten agenda, como prueba la unanimidad en la ley contra la violencia de género: 325 votos a favor y 0 en contra en 2004. En contra, se recuerda que ni un 80% de abstención impediría la formación de gobierno. Ya ha habido elecciones con más de la mitad de la población abstinente y se formaron ejecutivos con normalidad. La conclusión incómoda es que la abstención funciona como gesto de higiene íntima, no como herramienta de cambio.
La herencia trevijanista: narcisismo y mala conciencia
Gisbert no es un caso aislado, sino el síntoma de una escuela que convirtió la desconfianza en un estilo de vida. El propio Trevijano, que propuso como modelo la democracia estadounidense, ha quedado desmentido por la evolución de los hechos. Y sus discípulos arrastran, según los análisis, la misma construcción narcisista del maestro. Quien permaneció 15 años dentro de esa corriente describe el proceso como un despertar: el momento en que el discurso y la práctica dejan de encajar. No es extraño que algunos acaben en el escepticismo más radical, sin votar y sin movilizarse, o en el extremo contrario, convertidos en nuevos predicadores.
La pregunta queda en el aire: si el abstencionismo solo produce gurús que acaban en helicópteros y relojes caros, ¿qué queda de la protesta? Quizá la única conclusión sensata es la que recuerda que, en el fondo, votantes y abstencionistas comparten la misma impotencia. Sin organización ni programa, todo es postureo. Y el sistema, mientras tanto, sigue su curso.