Las profecías de Rubén Gisbert sobre el queroseno no despegaron
Los aviones siguen volando. Esa frase, de una obviedad insultante, es el epitafio de una de las profecías más repetidas de la primavera: durante marzo y abril, el analista Rubén Gisbert y su círculo anunciaron que el 21 de abril llegarían a destino los últimos buques del estrecho de Ormuz y que, a partir de ahí, el queroseno se agotaría. Racionamiento, cancelaciones en cadena, verano sin vuelos vacacionales. Había que hacer acopio de combustible, latones y gomina.
Llegó mayo y no pasó nada. Pasó junio y tampoco. En julio, los aviones siguen surcando el cielo y la única escasez real es la de predicciones cumplidas.
Por qué no se cumplió el apocalipsis
No hacía falta ser experto en geopolítica para ver los agujeros. Arabia Saudí y Emiratos Árabes disponen de oleoductos que permiten esquivar el paso por Ormuz; el mercado tiene productores de sobra. España, eso sí, sigue negándose a extraer petróleo, lo que la hace más vulnerable, pero eso no es lo mismo que estar al borde del colapso. El caos anunciado chocaba con una realidad incómoda: el mundo encontró alternativas.
El negocio del miedo en YouTube
El episodio no es una anécdota. Detrás hay un modelo de plataforma que premia el sensacionalismo: el algoritmo y la atención del público se alían para impulsar el contenido más falso y llamativo. El gurú que acierta se forra; el que falla se calla y espera a la siguiente crisis. La credibilidad, mientras tanto, se cotiza a la baja.
Lo preocupante no es que una profecía falle. Es que la siguiente llegue con una audiencia dispuesta a olvidar la anterior. Quizá esta vez el queroseno seguía ahí por los oleoductos; la próxima, quién sabe. El escepticismo es gratis, y las predicciones, también.