Gisbert señala a Horizonte: del barro al sionismo
Un colaborador manchado de barro hasta las botas y un presentador que lleva décadas vendiendo misterio como producto de entretenimiento. La discusión arranca con un vídeo en el que Rubén Gisbert desmonta la supuesta independencia de Iker Jiménez al frente de
Horizonte, el espacio que emite en un canal del grupo Atresmedia. El detonante inmediato no es geopolítico: es un episodio previo en el que Gisbert habría fingido mancharse de lodo durante la cobertura de la DANA para fabricar una imagen de reportero sobre el terreno. A partir de ahí, el asunto deriva hacia algo más grande.
De la DANA al cuestionamiento de la independencia editorial
El primer foco del asunto es puramente televisivo. Se sostiene que Gisbert se embadurnó las botas a propósito cuando cubría las inundaciones y que Iker Jiménez lo apartó del programa al descubrir el montaje. La versión que circula es que al presentador le preocupó menos la veracidad que el daño a la imagen del formato. La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿cuánto de lo que se emite como periodismo de campo es en realidad puesta en escena?
Ese episodio funciona como puerta de entrada a una crítica más estructural. La trayectoria de Jiménez se repasa como un producto mediático puro: radio primero, luego televisión en un grupo controlado por capital italiano y después un proyecto integrado en Atresmedia. La conclusión que se extrae es tajante: llamar independiente a alguien que emite dentro de una gran corporación es como decir que el cerdo ibérico es vegetariano.
El sionismo como clave de lectura del relato mediático
El segundo foco, y el que da título al asunto, es la acusación de que
Horizonte aplica un sesgo sionista en su tratamiento del conflicto de Oriente Próximo. Una parte de los intervinientes sostiene que el programa presenta a un bando como agresor irracional y al otro como víctima que solo pide que la dejen en paz, y que esa simetría es falsa porque ambos bandos responden a dogmas de fe y a lógicas de superioridad.
La crítica se extiende al uso del término. Hay quien argumenta que decir sionismo en lugar de judería es una forma de blanquear: como si existieran dos bandos dentro de un mismo colectivo y solo uno fuera el malo. Otros llevan la discusión a la geopolítica y citan el apoyo militar estadounidense como condición sin la cual Israel no habría ganado nada, además de mencionar una declaración de Netanyahu en la que habría reconocido que fortalecer a Hamás servía para frustrar la creación de un Estado palestino.
La Reserva Federal, los bancos fundadores y el hilo conspirativo
El tercer foco entra de lleno en el terreno de la teoría conspirativa. Se enumeran los bancos que habrían sido accionistas fundadores de la Reserva Federal estadounidense —Rothschild, Lazard, Warburg, Lehmann, Kuhn Loeb, Rockefeller, Goldman Sachs, Israel Moses Seif— y se presenta esa lista como prueba de que el sistema financiero está bajo control de un grupo concreto. La respuesta desde la otra trinchera es que esa lectura convierte a un colectivo entero en culpable colectivo y sirve de coartada para no señalar a quienes realmente toman las decisiones económicas.
El intercambio se vuelve áspero. Frente a la tesis del control financiero global se responde con el argumento de que el país señalado es precisamente uno donde existe oposición real, libertad religiosa y circulación libre por la calle. La contrarréplica es que sin el respaldo militar exterior ese Estado no se sostendría y que la presión migratoria sobre Europa responde a intereses ajenos a las poblaciones que la sufren.
El terrorismo como etiqueta y el problema de la justificación ideológica
Otro eje del asunto es la naturaleza del terrorismo que se reclama islámico. La posición que se defiende con más insistencia es que negar su carácter islámico es deshonesto, porque sus actores citan el Corán, la tradición profética y la jurisprudencia clásica para legitimar la yihad ofensiva y la imposición de la sharía. La objeción desde el otro lado es que ese marco sirve para justificar guerras en países musulmanes y para sostener una narrativa que conviene a determinados intereses.
En paralelo aparece una discusión sobre el papel de la religión en el espacio público. Se pregunta por qué ningún partido propone abolir el proselitismo religioso. La respuesta que se da es de incentivos: tocar ese terreno es suicidio electoral, las confesiones mayoritarias aportan cohesión y control moral, y el laicismo agresivo ya se intentó en el pasado con resultados conocidos. El ejemplo albanés de los años sesenta se cita como prueba de que es posible prohibirlo todo, a cambio de convertir el país en un gulag al aire libre.
El cierre: nadie suelta la presa
La conversación se abre hacia la manipulación de masas, la colonización cultural y el simbolismo de los actos políticos, donde se lee la bandera de otro país en un mitin como un mensaje deliberado sobre a quién se considera referente. También hay quien pide dejar de discutir y reconocer lo evidente, y quien responde que el problema no es el programa sino la incapacidad de señalar a los responsables reales.
Al final, la pregunta sigue sin respuesta: si todo el mundo tiene razón sobre la manipulación ajena, ¿quién está manipulando a quien mira?