Rusia amenaza con apagar el gas a los países que apliquen el tope del G7
Siete países de casi doscientos deciden poner un techo al precio del crudo ruso y Moscú contesta con la única arma que no necesita fabricar: cerrar el grifo. El tope al precio del
petróleo ruso choca, según los participantes del debate, con una lógica elemental —el precio lo fija quien vende— y deja el invierno europeo pendiendo de un hilo. La ironía, apuntan, es que quienes se reclaman paladines del libre mercado son ahora los mismos que quieren fijar el precio por decreto.
¿Por qué Rusia amenaza con cortar el gas y el petróleo?
Porque un comprador sin monopolio de compra no tiene nada que negociar, según el argumento que recorre el hilo. Rusia vende a quien pague su precio, y si el G7 le impone un techo, responde que no habrá suministro para los países que lo apliquen. La lógica del cártel solo funciona cuando quien se alía controla la oferta o la demanda; un cártel de compradores que no domina la compra se queda sin palanca. Se pide al vendedor que asuma la rebaja y se da por hecho que aceptará.
El petróleo y el gas no se pueden imprimir, mientras que las divisas sí. Frente a la máquina de hacer billetes, los pozos son finitos y están donde están. Un participante calcula que Rusia dispara unos
60.000 proyectiles al día en Ucrania, la misma cifra que, asegura, Estados Unidos gastó en toda la campaña de Irak, y esa capacidad de producción es la que, a su juicio, sostiene su pulso. Ya no amenaza con cortar el Nord Stream: lo ha cortado y ha atado su reapertura al levantamiento de las sanciones.
El tope del G7: un cártel de compradores sin monopolio
Poner un precio máximo a un producto que no controlas suele acabar igual: el vendedor busca otro cliente. Y clientes no le faltan.
El precio lo impone quien proporciona el producto, resume un participante apelando al sentido común de mercado. Un tope pactado entre compradores solo funciona si esos compradores son el único destino posible del vendedor, y no es el caso.
El G7 son siete países de casi doscientos y su capacidad de obligar a terceros se ha quedado corta. Queda por ver si el tope se aplicará solo al crudo ruso o también al gas que Europa compra ya revendido por intermediarios de otros países. Ese detalle, nadie lo aclara.
China e India comprarán lo que Europa rechace
Ni China ni India están en el G7 y, según se sostiene en el hilo, se pasan el tope por el arco. Rusia redirige su oferta hacia Asia, vende menos cantidad a mejor precio y puede acabar ingresando más dinero que antes, según ese pronóstico. Quien imponga el techo se quedará mirando cómo el crudo sale por otro puerto.
A Rusia le han bloqueado unos 300.000 millones en reservas, según un comentario del hilo, pero las divisas congeladas no compran nada si no hay a quién venderle. Por eso Moscú juega la carta de los recursos: quien tiene el gas, el grano y el petróleo no necesita depender de la divisa de quien pretende comprárselos a la fuerza. Cuanto más se apriete por el lado financiero, más se recurre al lado material.
Libre mercado para el campo, tope para el gas
Hay una contradicción que no se sostiene: la misma Unión Europea que impide fijar precios mínimos a la agricultura o al transporte —en nombre del libre mercado— ahora quiere fijar un precio máximo al gas y al petróleo importados. Cuando el techo lo pone Bruselas para pagar menos, se llama regulación; cuando lo pedía el sector primario para no trabajar a pérdida, se llamaba distorsión. Dos varas de medir para el mismo mercado.
La aritmética energética que no cuadra en Europa
Según el cálculo de un participante, Europa puede generar por sí misma energía para mantener a unos
200 millones de personas; en el continente viven alrededor de 500 millones. Sin el gas barato ruso ese agujero no se tapa con renovables ni con buenos deseos, ni para los hogares ni para la industria.
El invierno aparece como fecha límite. Cada día de corte vacía un poco más el almacén, y el gasoducto que atraviesa Ucrania —que, según un participante, sigue bombeando— no cubre el hueco. En el hilo se pregunta si se llegarán a pagar facturas de gas de
1.500 euros en algunos países, con el racionamiento como palabra que empieza a dejar de ser tabú.
Mientras tanto, otro argumento que aparece en el debate: Rusia controlaría en torno al
40% del agua potable del mundo. La tesis que recorre todo el asunto es simple y desagradable: el que tiene los recursos manda. Enfrente hay gas, grano y petróleo; aquí, cada vez menos margen.
¿Y si el tope acaba con Rusia vendiendo lo mismo en Asia, Europa pagando el doble por el mismo gas y unos pocos llevándose la medalla?