Rusia avanza en el Donbass a cambio de un alto coste en bajas
El 26 de abril de 2022, después de varios días de bombardeo ruso sobre la línea de frente, el mapa del Donbass mostraba dos tipos de flechas: rojas, el avance ya observado, y naranjas, el plan que se atribuía al mando ruso. La lectura que se imponía era más modesta de lo que vendía la propaganda: terminar de ocupar los óblasts de Donetsk y Lugansk, intentar embolsar en el proceso a las unidades ucranianas que combaten allí y sentarse a esperar. Ni Kiev ni el Dnieper. La
gran ofensiva tenía techo conocido y un coste que empezaba a medirse en bajas. En paralelo, en Transnistria se registraba movimiento, y la hipótesis que circulaba apuntaba en dirección contraria a Moscú.
¿Por qué la ofensiva rusa avanza a paso de tortuga?
La respuesta corta es que no puede avanzar de otra forma. Según el análisis que se manejaba en el debate, los mandos rusos recurrieron a su método clásico: ruptura por saturación. Bombardeo colosal, avance de metros, otro bombardeo colosal, otro avance de metros. El problema, según la misma lectura, es que esa fórmula, heredada de otra guerra y de otro ejército, se traduce en una relación de bajas en contra de
2 a 4 a 1 en las victorias rusas y de 8 a 10 a 1 en sus derrotas.
Hay quien sostiene que las tropas rusas pierden dos tercios del personal antes de llegar siquiera al frente y que las columnas son destruidas en el camino. Es material recogido en canales de orientación prorrusa, no una cifra oficial, y conviene tratarlo como lo que es. El recuento de material que se citaba en el debate apuntaba a otra cosa: Ucrania habría perdido 1.378 tanques y blindados frente a los 2.229 rusos; en artillería, 617 frente a 287; en aviones, 73 frente a 121; en helicópteros, 56 frente a 97. La mala noticia para Kiev es que Moscú conserva el grueso de su inventario.
El detalle de cómo se llega a esas cifras, desglosado categoría a categoría, cambia bastante la foto según quién lo cuente.
Los tanques rusos que solo sirven para defender
Rusia arrancó la contienda con unos 5.500 carros, sumando los activos y los recuperables de almacén, según el análisis que se manejaba. Casi todos ellos, en esa misma lectura, encajan en la categoría de tareas defensivas. Los aptos para ofensivas grandes o limitadas ya estarían en su mayoría destruidos, y los pocos que quedan lo lógico es que el mando quiera preservarlos. Con ese parque, la ruptura por saturación pierde sentido: no hay con qué sostenerla más allá de unos pocos kilómetros.
Ese es el nudo del asunto. Como señalaba uno de los participantes, Rusia no se enfrenta a la OTAN ni a un ejército equipado con tecnología puntera. Se enfrenta a una nación que era Estado satélite suyo, de las más pobres de Europa, con un ejército rehecho a toda prisa desde 2014. Y aun así avanza al ritmo que avanza.
La artillería ucraniana y el sistema que rompe la ecuación
La clave no está en el número de cañones, sino en cómo se usan. Según se explicaba en el debate, la artillería ucraniana opera con un sistema llamado
GIS Arta, una suerte de guerra en mosaico: un ordenador cruza datos de satélites, drones, telémetros, radares terrestres y aéreos e incluso teléfonos móviles para dar coordenadas en tiempo real a piezas muy dispersas y camufladas. A Rusia le cuesta más destruir esos cañones de lo que a Ucrania le cuesta reponerlos.
Súmese el material. La artillería que suministra la OTAN es más precisa, tiene más alcance y mayor cadencia de fuego que la soviética que emplean los rusos. Mejor equipo, mejor tecnología de comunicación y mejor doctrina de coordinación: con mucho menos material, el fuego ucraniano logra bastante más. Los bombardeos rusos, largos y masivos, dejan el terreno removido pero apenas mueven la línea.
¿Por qué Rusia no declara una movilización general?
Porque, según el análisis que circulaba, no tiene armamento para equipar a los nuevos reclutas. Su industria militar es tan ineficiente que buena parte del material se compra fuera o se ensambla con piezas importadas, y las sanciones la han dejado prácticamente paralizada. La conclusión que se extraía es que ya ha metido en Ucrania todo lo que podía reunir y no es capaz de crear unidades nuevas. Sin fusiles ni carros que repartir, movilizar a más gente no resuelve nada: solo engorda la lista de bajas.
El plan E y la apuesta por el cansancio de Occidente
La inteligencia estadounidense sostiene que Putin planifica una guerra larga y cuenta con que Estados Unidos y Europa pierdan la determinación. Es el llamado plan E, el quinto de una lista que empezó por poner un títere en Kiev y siguió por dar tal paliza al ejército ucraniano que tuviera que negociar, ocupar el Donbass entero y luego algunas de sus ciudades. Del primero al cuarto, el resultado está a la vista.
La pregunta es si el quinto funciona. En el lado contrario pesa un dato que señalaba uno de los participantes: EEUU acaba de aprobar una partida de ayuda equivalente a todo el presupuesto de defensa ruso del año. Y hay quien avisa de que un Minsk 3 solo serviría para que Moscú se rearme y vuelva a atacar con más tropas.
Mariupol, Transnistria y los frentes que se abren
Mientras el Donbass se desangra a metros, la toma de Mariupol —que da a Rusia el control total del mar de Azov y la conexión terrestre con Crimea— se presenta como un hito histórico. Hay quien lo lee como el giro definitivo y sostiene que Ucrania debería negociar ya; la respuesta desde el otro lado es que ceder territorio en el momento en que llega la ayuda occidental sería una temeridad. En Transnistria, con las tropas rusas bloqueadas en el enclave, se especula con que alguien haya decidido aprovechar el momento para liquidarlo.
Mientras tanto, en el frente este, los rusos entraron en Sievierodonetsk y los defensores ucranianos se replegaron a Lysychansk sin dejar de combatir. La pinza sigue sin cerrarse.
Ahí se atasca el análisis. Nadie discute que Rusia gana metros; lo que no termina de cuadrar es a qué precio, durante cuánto tiempo puede pagarlo y si Occidente aguantará mirando.