Dos años de «operación especial»: 900 tanques y Avdiivka sin caer
La «operación especial» rusa acumula más de dos años sin tomar Kiev, sin alcanzar Odesa y con Avdiivka todavía fuera de su control. Los pronósticos del arranque —una campaña de dos semanas, una capital que caería casi sin resistencia— quedaron desmentidos por los hechos. Lo que sobrevive es una guerra de desgaste en la que cada ciudad se contabiliza en centenares de blindados destruidos y en meses de calendario. La cifra que ordena toda la contabilidad es la de Mariúpol:
tres meses y 900 tanques para darla por «liberada».
¿Por qué se habla de 15 kilómetros cada siete meses?
Porque ese es el ritmo que se atribuye al grueso del ejército ruso desplegado en Ucrania en el eje que va de Popasna a Bajmut:
15 kilómetros en siete meses. La cifra no sale de un informe occidental, sino de la propia discusión sobre el terreno, donde se discute incluso si el mapa que se maneja está a escala. La corrección más repetida apunta a que entre el saliente sur y el norte del caldero de Bajmut hay
4 kilómetros, no los seis que sugiere la cartografía de sobremesa. Y Bajmut y Popasna están a más de
30 kilómetros entre sí, seis horas andando. Con esas distancias sobre la mesa, la pregunta deja de ser cuánto se avanza y pasa a ser a qué velocidad se consume el material.
Ahí entra la cuenta de los carros de combate. Una parte del análisis sostiene que Moscú está enviando más blindados al frente porque destruirlos en combate sale más barato que mantenerlos almacenados, una ironía que resume bien el tono de la conversación. Enfrente pesa el argumento contrario: si el objetivo fuera conquistar Ucrania, el ritmo sería otro. Nadie mueve una división para recorrer 15 kilómetros en dos tercios de año.
La isla de las Serpientes y el arte de rebautizar una retirada
Cuando las fuerzas rusas abandonaron la isla de las Serpientes, la lectura oficial habló de un gesto de buena voluntad; la lectura de los hechos habló de una posición que se deja porque no se puede sostener. El episodio funciona como patrón de toda la campaña: cada repliegue llega con un comunicado que lo convierte en decisión táctica. En
neolengua de guerra, no hay retroceso que no sea reordenamiento.
La discusión hereda el vocabulario de los primeros meses: «desnazificar», «liberar», «operación especial». Hay quien lo resume con sorna recordando que, a ese paso, el objetivo declarado se cumpliría por agotamiento de la población. La ironía escuece, pero el dato que la sostiene también: después de dos años, ni Kiev ni Járkov ni Odesa han cambiado de manos.
El pulso con la OTAN: carros de combate a cambio de gas
El envío de carros de combate y artillería pesada desde Occidente es el otro frente del asunto. Una corriente del análisis sostiene que los aliados no movieron material pesado hasta comprobar que el ejército ruso no era el que se publicitaba y que la amenaza nuclear no se iba a ejecutar. La réplica es sencilla: si a la OTAN le interesara la escalada, habría decretado una zona de exclusión aérea, y no lo ha hecho.
Mientras tanto, el frente diplomático produce titulares que se leen en dos direcciones. El alto representante de la UE, Josep Borrell, afirmó que Ucrania no puede ganar la guerra, y desde el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso se le dio la vuelta a la frase con retintín: si Bruselas descarta la victoria ucraniana, ¿está reconociendo oficialmente la victoria rusa? El intercambio resume la trampa del relato: cada declaración se convierte en munición del adversario.
¿Qué territorios siguen en manos rusas?
Crimea, Jersón, Zaporiyia, Donetsk y Lugansk. Ese es el inventario que se repite cuando alguien pregunta qué ha cambiado sobre el mapa desde el primer día. Sobre él se construye la tesis más extendida entre quienes defienden a Moscú: Crimea, el Donbás y el mar de Azov no se devuelven, la zona se controla y se arma, y el siguiente paso sería Odesa. Nada de eso tiene calendario ni confirmación oficial, pero ordena la expectativa.
El corolario económico también aparece: hay quien calcula que la factura semanal de sostener este tinglado le cuesta a
Estados Unidos miles de millones, y que la gran perjudicada del conjunto es Europa Occidental, que paga la energía mientras se arruina. Que ese cálculo sea exacto es otra cosa; lo que está claro es que el marco temporal se ha estirado hasta el infinito.
Avdiivka, la ciudad que mide el estancamiento
Avdiivka se ha convertido en el símbolo involuntario de esta guerra. Dos años de ofensiva y la ciudad sigue sin caer, un resultado que se compara con el tamaño de Djibuti para subrayar la escala del fracaso. La distancia a la frontera se discute —15 kilómetros para unos, 100 metros para otros— y cada parte elige la cifra que le conviene.
El punto donde el análisis se atasca es siempre el mismo. Ya nadie sostiene que la campaña relámpago existiera, pero tampoco hay una cifra cerrada de tanques perdidos ni un calendario capaz de decir cuándo termina esto. Con Crimea, Donetsk y Lugansk bajo control ruso y Avdiivka resistiendo, ambos bandos siguen leyendo el mismo mapa. Solo una frase resume el estado real del asunto, y la firma el bando que espera sentado:
no hay prisa.