Rusia sostiene la guerra mientras Europa paga el gas más caro
Rusia está sosteniendo una guerra contra todo Occidente con una economía que, en tamaño, se parece a la italiana. El dato, aislado, desconcierta. Y aun así el país lleva meses en pie, la Unión Europea reordena su suministro de gas a contrarreloj y los combustibles marcan máximos históricos. La explicación que más ha circulado no está en el PIB ni en el tipo de interés: está
bajo tierra. En el otro platillo de la balanza, la maquinaria europea se mide por lo que produce y, sobre todo, por lo que debe.
¿Por qué Rusia aguanta con un PIB parecido al de Italia?
Porque el producto interior bruto no mide lo que de verdad sostiene a un país en tiempos de guerra. El argumento que más se repite es que Rusia conserva
sector primario y secundario —materias primas, industria, defensa— mientras buena parte de Europa vive del terciario. Sobre el papel, la economía rusa pesa lo mismo que la italiana; en la práctica, según esta lectura, no son comparables. Una de las economías con las que se la compara arrastra una deuda pública en torno al
120% del PIB y la rusa no tiene ese lastre. A eso se añade que el indicador deja fuera la economía sumergida y que Moscú dedica esfuerzo a la industria militar en lugar de invertirlo en el ciudadano. También suma igual levantar un motor de cohete que financiar con dinero público una producción subvencionada. No todo lo que engorda el dato engorda al país.
¿Cuánto le está costando a Europa el pulso energético?
Más de lo que se reconocía en voz alta. Los combustibles se han encarecido
hasta un tercio por encima de su anterior máximo histórico, y en Alemania se ha llegado a plantear que la población afronte el invierno con menos calefacción, incluso con agua fría. Ese es el terreno donde Rusia ha jugado sus cartas: mantener a la UE contra las cuerdas con el grifo del gas. De fondo late una paradoja incómoda. Bruselas presume de músculo económico, pero depende de quien tiene los recursos. Construir infraestructura para traer gas y petróleo de otros proveedores lleva años, no semanas, aunque algunos sostienen que en un año habrá alternativas.
¿Bastan los recursos naturales sin tecnología para ser potencia?
No. Un país puede sentarse sobre un
mar de petróleo y seguir yendo en camello si le falta el conocimiento y la industria para aprovecharlo. Esa es la objeción más sólida contra la tesis de la riqueza tangible: durante décadas Occidente tuvo en exclusiva la capacidad de transformar la materia prima en algo mucho más caro. De poco sirve el crudo si hay que venderlo para comprar fuera los coches que uno no fabrica. El matiz, ahora, es que los grandes productores de recursos se están poniendo al día en lo tecnológico, y si cierran esa brecha el diferencial se estrecha. Quienes defienden esa tesis añaden que la palanca de fondo no es el dinero impreso, sino lo que da la Tierra y, para algunos, la natalidad.
¿Han servido de algo las sanciones económicas?
Según el balance que circula, no. Las medidas no han doblegado a Moscú y, en paralelo, se especula con que Rusia y China estudien crear una
divisa capaz de rivalizar con el dólar. La lectura más extendida entre los escépticos es que Occidente conserva su posición de fuerza por una sola cosa: el ejército estadounidense y sus portaaviones. Ni recursos, ni tecnología punta, ni demografía, repiten. El dinero fiat —ese que parecía sobrar en Europa— queda retratado como una convención. Hay quien va más allá y sostiene que Washington empujó a Moscú a mirar hacia Pekín con su política de expansión, cuando Rusia se sentía más cerca de Alemania que de China. Ahí asoma el riesgo de fondo: que otros países aprendan que quizá no sea tan buena idea regalar sus recursos energéticos a cambio de
papeles de colores.
¿Se equivocó Rusia al esperar una victoria rápida?
Una parte del análisis sostiene que sí. El plan, se argumenta, era un golpe quirúrgico que devolviera Ucrania a la órbita rusa sin apenas daños, seguido de una vuelta a la normalidad comercial con los clientes europeos. Esa vía se truncó. Enfrente está el contraargumento de que la operación sigue avanzando: en estos momentos se atribuye a Rusia el control de cerca del
30% del territorio ucraniano. Todo depende de dónde se ponga el listón. Para unos, Moscú mantiene la iniciativa; para otros, esperaba un desenlace exprés y no lo consiguió. La discrepancia no es menor, porque de ella depende que hablemos de una potencia que resiste o de un cálculo que salió mal. Y en el fondo las dos lecturas no se excluyen: un avance lento sigue siendo un avance.
Con estas piezas, lo razonable es esperar que los países con recursos giren hacia el trueque geopolítico y que Europa pague la factura energética durante años. Conviene, aun así, andarse con cuidado con las predicciones. Hace no tanto se daba por hecho que las sanciones doblegarían a Moscú en cuestión de meses, y el invierno europeo todavía no ha demostrado lo contrario. La potencia que más impresiona puede ser, sencillamente, la que tiene algo que los demás necesitan.