Rusia ya supera a Alemania en PIB por paridad de compra
En noviembre de 2023, JP Morgan admitía lo que meses antes sonaba a provocación: la economía rusa crecería más de un
3% ese año y un 1,8% en 2024, frente al 0,6% y el 1,3% que se esperaba en la Unión Europea. Con esos mimbres se sostiene que Rusia es ya la primera economía de Europa y la quinta del mundo. Solo hay un detalle: según con qué regla se mida, el resultado cambia por completo, y ahí empieza el laberinto.
Las previsiones del banco estadounidense venían con dos acompañantes incómodos para el relato oficial: el paro ruso en mínimos históricos y unos
salarios reales que crecen más rápido que los europeos. Sobre esa base se ha montado la tesis de que
Rusia va a más y Europa va a menos. Lo que sigue es el resto de la foto.
Qué diferencia hay entre PIB nominal y PIB por paridad de compra
El PIB nominal mide el valor monetario de lo producido a precios de mercado, y ahí no hay discusión posible. Los datos de 2022 son tozudos:
Alemania registró un PIB de
4.075.395 millones de dólares frente a los 2.240.422 millones de Rusia. En renta por habitante, la brecha es de otro orden: 48.636 dólares por alemán frente a 15.392 por ruso.
La paridad de poder adquisitivo (PPA) aplica una corrección sobre esos precios para comparar qué se puede comprar realmente en cada país. Un alquiler equivalente cuesta en Moscú una fracción de lo que cuesta en Múnich, y el PIB nominal lo cuenta como si fuera el mismo servicio. El ejemplo que se repite para explicarlo: un país que produce un tomate a cinco euros y otro que produce cien tomates a un céntimo. El primero tiene un PIB mayor. El segundo come mejor.
Con la corrección aplicada, la producción rusa adelanta a la alemana. Hay quien sostiene que la PPA no es más que una construcción matemática para descontar el valor de la moneda, y avisa de su trampa: un noruego y un ruso pueden aparecer con la misma riqueza estadística y comprar coches en ligas distintas. El matiz tiene recorrido.
Por qué la paridad de compra también se queda corta
El debate no se cierra en cuál de las dos cifras es la buena. Se abre al comprobar que ninguna explica el reparto interno. Un país puede tener un PIB per cápita decente con la mitad de su población fuera del cálculo, porque la media esconde desigualdades que en economías poco formalizadas pesan más. El multiplicador de un país con dos pollos y un habitante frente a otro con un pollo por cabeza es el clásico que desmonta cualquier comparación simple.
Los métodos disponibles se diseñaron para economías capitalistas occidentales, y al aplicarlos fuera de ese marco se descuadran. Eso no convierte automáticamente la PPA en propaganda: es un indicador más, con una función concreta. Lo que no aguanta es usarlo como marcador de superpotencia y olvidarse del resto de la tabla.
Salarios, pensiones y quién sostiene a quién
Aquí el análisis se parte de verdad. Quien defiende el avance ruso apunta a un salto cualitativo brutal en quince años y a una economía que crece más rápido que la europea, que ya apenas tiene margen de mejora. Quien lo rebaja recuerda que los sueldos y las pensiones rusas siguen muy lejos de la media europea, y que un jubilado español cobra bastante más que uno ruso. La contrarréplica es demoledora y también incómoda: aquí el jubilado medio gana más que un asalariado joven en activo, y hasta
un 60% de los pensionistas tiene que ayudar económicamente a hijos y nietos. Comparar dos países por la pensión más alta de uno de ellos es hacer trampa.
Los recursos naturales como argumento económico
El otro eje del asunto es la autarquía. Rusia dispone de energía y materias primas que Europa tiene que comprar fuera, y esa ventaja estructural reaparece en cada discusión sobre sanciones. Hay quien ve en ello una base sólida: con recursos baratos y capacidad técnica, dicen, el país puede cerrar la brecha en pocos años. Y hay quien recuerda el contraejemplo soviético: la URSS tenía recursos y supermercados vacíos. Tener hierro no es tener acero, ni saber explotarlo al coste que exige el mercado.
En el terreno militar el detalle se vuelve elocuente. Un Leopard 2A7+ se valoraba en unos 8,5 millones de euros en 2011, frente a los 7 millones de un Armata ruso. Para Alemania, ocho millones son menos que siete para Rusia, cuyo Estado ingresa una cuarta parte. El precio no mide el valor: mide lo que cuesta reponerlo.
El rublo, el petróleo y el turismo que ya no llega
Frente al optimismo estadístico, la letra pequeña. La caída del rublo y del petróleo desinfla la euforia, y hay quien pregunta si el país seguirá siendo esa superpotencia cuando los precios energéticos no acompañen. También hay datos menudos que no salen en las previsiones: las llegadas de turistas rusos se han desplomado y el hueco lo han cubierto ucranianos. En inmigración, el principal origen sigue siendo Ucrania, con 3,2 millones de personas, por delante de Kazajistán y Uzbekistán.
Dónde se atasca el análisis
Con los números delante, el desacuerdo no está en los datos —los dos PIB son verificables— sino en qué se considera riqueza. Quien mide capacidad de compra interna ve a Rusia por delante. Quien mide poder financiero real y acceso a importaciones tecnológicas ve a Alemania intocable. Y ninguno de los dos bandos explica por qué el país con más recursos del continente lleva décadas necesitando venderlos crudos para cuadrar las cuentas.