Torrente 6 revienta la taquilla y esquiva a la crítica
El estreno de Torrente Presidente se convirtió en un fenómeno de taquilla: 2,4 millones de euros de recaudación y 300.000 espectadores en su primer día, el mejor arranque del cine español en quince años, según los datos que se manejan en el sector. La película llegó a las salas sin tráiler, sin pase de prensa y sin entrevistas. Santiago Segura no necesitó nada de eso. La industria del cine español tiene una regla no escrita: si no enseñas la película a los críticos, es porque algo esconde. Segura ha demostrado que la regla tiene excepciones. O que el público ya no escucha a los críticos.
El movimiento no es solo comercial. Es político. Y es, sobre todo, un síntoma de que algo ha cambiado en el ambiente cultural. La pregunta que planea sobre el estreno no es si la película es buena o mala, sino por qué un producto que se ríe de todo el mundo puede permitirse ignorar a la prensa especializada y aun así llenar las salas.
La estrategia de no dar la cara ante la crítica
La decisión de no convocar pase de prensa ni conceder entrevistas rompe con la práctica habitual del cine español, donde el circuito de festivales y ruedas de prensa funciona como termómetro del prestigio. Un crítico lo calificó públicamente de «descortesía sin precedentes». Segura respondió con una carta abierta en la que dio la vuelta al argumento: lo que el crítico llamaba descortesía, él lo llamaba «deferencia hacia los fans de la saga», que merecen ver el fin de fiesta como una sorpresa, sin sinopsis filtradas ni cameos destripados. La jugada tiene lógica industrial: si la película se sostiene sobre el boca a boca y la fidelidad de una base de espectadores que ha crecido con el personaje, cualquier crítica previa es ruido. Y el ruido, en taquilla, se paga.
Hay quien sostiene que esta estrategia solo funciona cuando tienes una marca reconocible y un público que no necesita permiso para reírse. Torrente es exactamente eso. La franquicia arrastra casi tres décadas de secuelas, y su protagonista se ha convertido en un personaje tan instalado en el imaginario colectivo que ya no necesita presentación. La ausencia de promoción tradicional no fue un error de cálculo: fue el cálculo.
¿Es Torrente una parodia de la derecha o un producto para reírse de todos?
La polémica sobre el significado de Torrente no es nueva, pero se ha reavivado con el estreno. Una parte del público sostiene que el personaje es una caricatura del español casposo, machista y cutre, y que la película se ríe de él, no con él. Otra parte considera que, independientemente de la intención, el resultado es una celebración de esos valores. La discusión se ha trasladado a las redes y a los medios, con posiciones encontradas sobre si la saga «blanquea el fascismo», como ironizó la propia productora en un vídeo promocional, o si simplemente explota un filón cómico sin pretensiones ideológicas.
Lo cierto es que Segura ha sabido navegar entre dos aguas. No es un activista de derechas ni de izquierdas; es un productor que arriesga su dinero y que ha construido un imperio sobre la taquilla, no sobre las
subvenciones. Eso le permite mantener relaciones cordiales con todo el espectro político y mediático sin necesidad de mojarse. La controversia, lejos de perjudicarle, alimenta el interés.
El péndulo cultural y el fin del wokismo como negocio
En los últimos años, una parte del cine español ha orientado su producción hacia temáticas de justicia social, empoderamiento y diversidad, a menudo con el respaldo de ayudas públicas. Ese modelo empieza a mostrar grietas. El público que llena las salas para ver Torrente no es el mismo que consume cine de autor subvencionado, y la brecha entre ambos se ha ensanchado. La taquilla del estreno apunta a que el péndulo ha girado: lo que antes se percibía como transgresor ahora se ve como doctrina, y lo que antes era casposo ahora se celebra como auténtico.
No se trata de que la derecha haya ganado la batalla cultural. Se trata de que el wokismo ha dejado de ser un buen negocio para convertirse en una etiqueta que muchos espectadores rechazan. Segura, que nunca ha necesitado ese sello, se beneficia del cambio de marea sin haber movido un dedo. Su única ideología, como se ha dicho con retintín, es el billete. Y el billete, en taquilla, no entiende de colores políticos.
Subvenciones: el debate sobre quién paga el cine
La polémica sobre las ayudas públicas al cine ha vuelto a la palestra. Según las informaciones publicadas, Segura habría recibido un millón de euros en subvenciones para el rodaje de la película, sobre un presupuesto de cuatro millones. La misma cantidad que obtuvo para la primera parte, que costó algo menos. Sus defensores argumentan que no depende de esas ayudas para funcionar, ya que sus producciones son rentables por taquilla e ingresos. Sus críticos señalan que, si acepta dinero público, no puede presentarse como un outsider al margen del sistema.
El debate no es nuevo, pero adquiere otra dimensión cuando la película se convierte en un fenómeno de masas. Si el cine comercial español puede sostenerse sin ayudas, ¿por qué las pide? Si las pide, ¿por qué se le critica por ello y no a otros directores que también las reciben? La respuesta, probablemente, es que Segura ha sabido construir una imagen de independencia que no encaja con la de un beneficiario de subvenciones. Y eso, en un país donde la política cultural es un campo de batalla, genera fricción.
Lo que dice la taquilla y lo que dice la crítica
Los números son tozudos. 2,4 millones en un día y 300.000 espectadores sitúan a Torrente Presidente en una liga que muy pocas películas españolas alcanzan. La crítica, mientras tanto, se debate entre el desdén y la perplejidad. Algunos análisis sugieren que el público que acude a verla es «gente básica» que no consume cultura. Otros defienden que reírse de todo, incluido uno mismo, es una forma de higiene democrática.
Lo que está claro es que Segura ha conseguido algo que pocos logran: que se hable de su película sin haberla enseñado. La estrategia del silencio ha funcionado como altavoz. Y mientras los críticos discuten sobre su valor artístico, las salas siguen llenándose. El dato que descoloca no es la recaudación, sino la constatación de que un producto que se ríe de todos puede permitirse ignorar a la crítica y aun así ser el más visto. Eso, en la industria del cine español, es una anomalía que merece un análisis aparte.