Santiago Segura ya es oficialmente fachosfera
Hay una escena que resume el asunto mejor que cualquier editorial: un actor que lleva 14 años en una red social anuncia que seguirá otros 14, y de golpe medio ecosistema cultural le coloca la etiqueta de fachosfera. Ocurrió a raíz de un mensaje en el que Santiago Segura ironizaba sobre quienes abandonaban la plataforma para irse a Bluesky, y la respuesta no fue un debate sobre redes: fue un juicio sumarísimo sobre su ideología. El detonante inmediato, sin embargo, no era ese tuit. Era una gala de los Goya 2025 en la que una compañera de reparto leyó un discurso que parte del público interpretó como reivindicación de las víctimas del terrorismo y otra parte etiquetó directamente como discurso ultra. A partir de ahí, todo lo que tocaba Segura se convertía en prueba de cargo.
El tuit que encendió la mecha
El mensaje original era una broma. «Llevo 14 años en esta red social, pero, viendo los recientes acontecimientos, creo que ha llegado el momento de seguir por aquí al menos otros 14 años», escribió Segura. La ironía era evidente para cualquiera que hubiera seguido el goteo de celebridades anunciando su marcha a Bluesky tras los cambios en la moderación de la plataforma. Pero en el contexto de los Goya, la broma se leyó como una declaración de intenciones. Y ahí empezó el problema.
Lo que vino después fue una cascada de respuestas que mezclaban el tuit con la gala, la gala con la filmografía del actor y la filmografía con su supuesta adscripción política. Un mensaje lo acusaba de ser «un enorme hijo de puta» por el simple hecho de que la gente se sorprendiera de su posicionamiento. Otro sostenía que «resulta indistinguible de sus personajes, lo que explica que sea un referente para la derecha española». La etiqueta ya estaba puesta antes de que hubiera nada que etiquetar.
De Torrente a la fachosfera: cómo se construye una etiqueta
La paradoja es que Torrente nació como parodia. El personaje es un policía corrupto, machista, racista y casposo, y buena parte del público siempre lo entendió como una caricatura de un tipo de español que existió en los años setenta y ochenta. «Torrente 1 es una parodia de un tipo de gente que existió», señala un análisis del propio material, que recuerda a esos matones de barrio con carta de recomendación que campaban a sus anchas en los barrios populares de Madrid. La película retrataba un arquetipo, no lo celebraba.
Pero esa lectura se ha ido difuminando. Hoy hay quien sostiene que el personaje es una «psyop para reducir a esa miseria moral a mucha gente», es decir, que la parodia acaba normalizando lo que ridiculiza. Y hay quien directamente identifica al actor con el personaje: «Santiago Segura resulta indistinguible de sus personajes», dice otro mensaje. La consecuencia es que la filmografía entera se lee como un programa político, y cualquier gesto fuera de la pantalla se interpreta como confirmación de la sospecha.
El discurso de los Goya y la reivindicación de las víctimas
El punto de fricción real está en el discurso de la gala. Una parte del público considera que reivindicar a las víctimas del terrorismo de ETA es un discurso ultra. Otra parte considera que esa lectura es, en sí misma, una muestra de hasta dónde se ha desplazado el marco de lo decible. «Lo de decir que reivindicar a las víctimas del terrorismo de ETA es un discurso ultra es buena muestra de la escoria terrorista que es el votante de izquierdas actual», resume un mensaje con una dureza que no deja lugar a matices.
El debate, en realidad, no es sobre Segura. Es sobre quién tiene autoridad para definir qué es moderado y qué es ultra. Y ahí el diagnóstico más repetido es que la etiqueta de fachosfera se ha convertido en un comodín que sirve para cualquier cosa que se salga del guion. «Para los socioperroflautas todos somos fascistas, porque no comulgamos con piedras de molinos como ellos», dice otro mensaje. La hipérbole es deliberada, pero apunta a un fenómeno real: la inflación del término facha hasta vaciarlo de contenido.
La tesis de la traición: por qué molesta más un converso
Hay una explicación que aparece varias veces y que merece atención. No molesta que alguien sea conservador. Molesta que alguien que se percibía como parte del círculo propio resulte no serlo. «No les jode que alguien sea abiertamente conservador o facha como dicen ellos, lo que les jode es que alguien del circulo progre en realidad no sea tan progre y se haya subido a su barco», sostiene un análisis. Para ellos es una traición mortal. Por eso, añade, las mayores cancelaciones coinciden con gente que teóricamente era de izquierdas y se sale del tiesto, y no al revés.
Es una hipótesis, no un dato. Pero encaja con la secuencia de los hechos: el tuit no contenía ninguna declaración política, y sin embargo la reacción fue la de quien descubre que un aliado nunca lo fue. La etiqueta de fachosfera no describe lo que Segura dijo; describe la incomodidad que produce que no lo haya dicho antes.
El negocio: subvenciones, taquilla y el Goya que nadie vio
En el fondo del debate hay una cuestión económica que se repite con insistencia. La Academia de Cine y el público parecen ir por caminos distintos. Un mensaje lo ilustra con un dato concreto: en 2008 el Goya a mejor película fue para La Soledad, con un presupuesto de 1.800.000 euros y una recaudación de 684.933,13 euros, mientras competía con El Orfanato, que con 4.500.000 euros de presupuesto recaudó 78.638.987 dólares. La brecha entre lo que premia la industria y lo que ve el público es, para muchos, el verdadero elefante en la habitación.
Segura, mientras tanto, hace películas familiares que llenan salas. «Un tío que hace películas familiares no puede ser progre. Es lo antiprogre», dice un mensaje que resume la acusación con una lógica circular. Y otro añade el criterio que a él le importa: «Me vale con que genere más impuestos de lo que cuesta en subvenciones». La pregunta de fondo es si el cine español debe medirse por taquilla, por subvención o por otra cosa. Nadie ha dado con la respuesta.
El veleta, el amiguete y el nuevo sol
No todo el material es hagiografía. Hay críticas a Segura que no vienen de la izquierda. «Es lo más veleta que hay, baila al son que suena», dice un mensaje. «Se está arrimando al nuevo sol que más calienta», añade otro, en referencia a su presencia en programas de youtubers críticos con el Gobierno. La acusación de oportunismo es transversal y no distingue bandos.
También hay quien recuerda que su cine reciente no tiene nada que ver con el de Torrente: «las cuatrocientas películas del verano que hace ahora, que son todas iguales». La primera entrega, en cambio, se reivindica como una obra que retrató una época. «Cuando era niño, en mi barrio teníamos nuestro propio Torrente», cuenta un mensaje que describe a un matón con gafas de sol, pelo grasiento y Seat 124 azul oscuro que presentaba la carta de recomendación a la policía cuando la liaba. Ese personaje existió. La pregunta es si Segura lo está interpretando o si, simplemente, ha dejado de disimular.
Lo que queda claro es que la etiqueta de fachosfera ya no distingue entre lo que alguien dice y lo que alguien es. Se aplica por asociación, por proximidad o por conveniencia. Y cuando una etiqueta sirve para todo, deja de servir para algo. El dato que descoloca no es que Segura haya sido señalado: es que la señalización se produjo antes de que hubiera nada que señalar.