Saber mover las piezas no es saber jugar al ajedrez
La mayoría de quienes dicen saber ajedrez solo conocen las reglas. La distancia entre eso y competir de verdad la marca un dato que aparece en la conversación: un forero dice tener
2100 de Elo FIDE y admite que lleva seis años sin competir, mientras otro confiesa un pico de
1600 Elo y que ya no tiene tiempo para estudiar aperturas y finales. Entre ambos extremos, un diagnóstico incómodo de un participante: un competidor amateur de 14 años con tres meses de experiencia daría una paliza al 95% de los que afirman saber jugar.
El aprendizaje casi siempre viene de casa. Un padre aficionado, una tía que enseña a los siete u ocho años, un abuelo que llevó al hijo a clases al cumplir los 16. La escuela y el instituto completan la formación: campeonatos escolares, segundos puestos, torneos de facultad. Después, la vida. El ajedrez se abandona y lo que queda es el recuerdo de haber jugado.
Del enroque a la notación: lo que se olvida
Los detalles técnicos se evaporan. Hay quien no recuerda las condiciones del enroque —casillas libres entre rey y torre, al menos— y quien aprendió con la
notación antigua, esa de P-R4 para lo que hoy se escribe e4, y ya no la recuerda. La notación algebraica moderna, la que usan los torneos, es un idioma que muchos nunca llegaron a hablar.
La autopercepción es brutalmente honesta. «Sé los movimientos de cada pieza y ciertas reglas», resume alguien que solo jugó de pequeño. «Soy un peón», dice otro. Y la frase que mejor retrata la brecha:
saber las normas no es saber jugar. Planificar más allá de dos o tres movimientos, calcular variantes, sacrificar material por iniciativa: eso es otra cosa.
¿Por qué se abandona el ajedrez al llegar a adulto?
El patrón se repite. La infancia y la adolescencia concentran la práctica; la facultad la mantiene; la vida laboral la extingue. Un pico de 1600 Elo requiere, para subir, estudiar «mogollón de aperturas y finales», y eso es tiempo que no hay. La mitad de lo aprendido se olvida. El ajedrez no perdona la falta de dedicación como no la perdona ningún deporte de competición.
Hay excepciones. Quien dice haber llegado a 2100 FIDE y dejó de competir no lo hizo por falta de nivel, sino por una decisión personal que él mismo describe con sorna: encerrarse en la cueva ante lo que consideraba exceso de borreguismo. El ajedrez, para algunos, fue también un refugio.
La conclusión provisional es incómoda para el ego: casi todos sabemos jugar al ajedrez igual que casi todos sabemos nadar. Suficiente para no ahogarnos en la piscina, insuficiente para cruzar el canal de la Mancha.