La carcajada de Sánchez al recordar la frase de Feijóo
El presidente del Gobierno se rió en el Congreso. No una sonrisa de compromiso: una carcajada entera, de las que obligan a agarrarse al atril. Ocurrió mientras Pedro Sánchez reproducía una frase de Alberto Núñez Feijóo, «No soy presidente porque no quiero. Esta es muy buena», y el vídeo difundido por
Cadena SER recoge el segundo exacto en que la risa se le escapa y ya no vuelve la seriedad.
La escena dura poco y tiene todo lo necesario para incendiarse: un presidente partiéndose de risa, el líder de la oposición al otro lado del hemiciclo y una cámara grabando. A partir de ahí, cada cual lee lo que quiere. La misma imagen sirve para describir a un político que se ríe del adversario en su cara y para describir a alguien a quien la situación le parece tan absurda que no le queda otra.
Qué dijo Feijóo y qué respondió después
La frase que desata todo es una declaración de Feijóo en la que venía a sostener que no había llegado a la Moncloa porque no había querido. Reproducida en voz alta por su rival, el efecto es inmediato: Sánchez la cita, la celebra y se parte. En la misma escena, según el relato que circula, Feijóo devolvió el golpe sacando a colación el episodio de la tesis doctoral del presidente, un clásico del choque entre ambos.
Ninguna de esas dos piezas tiene que ver con presupuestos, con política económica ni con el estado del país. Y eso, más que la risa, es lo que incomoda a una parte de quienes han visto el corte.
¿Risa espontánea o humillación calculada?
Dos lecturas conviven sin reconciliarse. La primera sostiene que la carcajada es genuina, que no hay nada ensayado en ella, y que precisamente por eso molesta tanto: el presidente se ríe de verdad y con naturalidad, sin el envoltorio de cortesía que se supone a un jefe de Gobierno. Hay quien pone el foco en el detalle físico, en el gesto que se registra entre el segundo 19 y el 20 del vídeo, y lo compara con otras risas que ya se han visto en televisión.
La segunda lectura es la contraria. Sostiene que la risa es forzada, buscada, una herramienta para dejar al adversario retratado en público mientras un hemiciclo aplaude. Bajo ese prisma, no sería un arrebato, sino una forma de humillación con testigos. Entre ambas posiciones se cuela una tercera, menos épica: que la risa es real pero no por desprecio, sino porque el planteamiento del contrario resulta, sencillamente, difícil de sostener con solemnidad.
La aritmética que se cuela en la escena: los 179 votos
El argumento más repetido para explicar el descojone es aritmético. Feijóo lo tenía imposible: aunque hubiera pactado con el PNV o con Junts, Vox no le habría votado, de modo que la mayoría no salía por ningún lado. El respaldo con el que contaba el presidente en la votación se cifra, según el cálculo que se maneja, en 179 votos.
Con ese punto de partida, la frase «no soy presidente porque no quiero» deja de ser una bravuconada y se convierte en un chiste involuntario. De ahí la risa. El resultado es un intercambio donde el dato duro (quién suma y quién resta en el hemiciclo) queda enterrado bajo el gesto, que es lo único que se comparte y lo único que se recuerda.
Por qué preocupa el decoro parlamentario
Hay una corriente del análisis que no entra en si la risa es falsa o verdadera y se queda en otro sitio: en el nivel del espectáculo. Lo que debería ser un debate entre quienes deciden el destino de un país se reduce, se argumenta, a una conversación de barra de bar, con mofa incluida por el coche del vecino o por la pareja del vecino. Y no solo por el que se ríe.
La comparación más citada es histórica y sale mal parada la actualidad: recuperar las sesiones parlamentarias de los primeros años de la democracia, cuando el país salía de una dictadura, y ponerlas al lado de lo de ahora. El resultado, se dice, provoca primero risa y después un escalofrío. La carcajada, en ese marco, es la anécdota; lo que retrata es el formato.
Las risas con las que se compara esta
Buena parte de la conversación se ha ido a buscarle antecedentes al gesto. Se le busca parentesco con risas televisivas ya célebres, con esa risa que no termina de sonar honesta, y también con el tipo de risa que se escucha en un patio de instituto cuando alguien se queda solo delante de la pizarra. La carcajada, dicen, tiene marca: la del que se sabe en posición de fuerza.
Frente a eso, el contrapunto obvio: reírse del rival mientras se tiene la mayoría es fácil, y el mérito de la ironía se mide mejor cuando el adversario está arriba. Sobre el fondo económico del asunto, mientras tanto, el corte apenas deja nada. La anécdota se come el contenido, que es exactamente lo que suele pasar cuando el vídeo dura menos que un café.
Con el clip rodando y la legislatura dependiendo de mayorías ajustadas, lo previsible es que la risa se repita como arma y como queja. Que el próximo pleno se discuta el presupuesto y no el gesto es, a estas alturas, la única predicción que nadie se atreve a firmar.