Alemania se apaga y el milagro económico se queda sin gas
El país que durante décadas vendió al sur de Europa la receta del sacrificio y la disciplina fiscal afronta ahora el desmoronamiento de su propio modelo. La industria alemana, motor de Europa, se contrae mientras el sistema de
pensiones se tambalea. Y el detonante, según el análisis que domina la conversación, no es una fatalidad: es una sucesión de decisiones políticas que han dejado al país sin su fuente de energía barata, sin su principal mercado y sin margen de maniobra fiscal.
La paradoja es amarga. Durante la crisis de deuda que asoló el sur del continente, desde Berlín se repitió que el problema era la falta de competitividad y el exceso de gasto.
Alemania vendía coches de lujo y maquinaria de precisión mientras el resto se desindustrializaba. Hoy el guion se ha invertido y nadie en el establishment alemán quiere leerlo en voz alta.
¿Por qué se hunde la industria alemana?
El diagnóstico que recorre los análisis es contundente: Alemania renunció a su suministrador natural de energía barata por motivos geopolíticos y, al mismo tiempo,
perdió el acceso al mercado chino que había absorbido su producción durante dos décadas. El resultado es una pinza que estrangula a la vez los costes de producción y los ingresos por exportación.
Hay quien sostiene que la decisión de romper relaciones con el proveedor energético fue un acto de subordinación a intereses ajenos, y que el precio a pagar es la desaparición de la base industrial. En contra pesa el argumento de que la dependencia de un solo proveedor era en sí misma una vulnerabilidad estratégica. Ambas cosas pueden ser ciertas. Lo que no admite discusión es el resultado:
la industria alemana pierde competitividad a pasos agigantados y con ella se va el empleo que sostenía el sistema.
El sistema de pensiones alemán, en el punto de mira
El Estado del bienestar alemán se financiaba con las cotizaciones de una población activa numerosa y con un superávit comercial que permitía al Estado endeudarse poco. Ese equilibrio se rompe por dos vías simultáneas: la demografía y la desindustrialización.
La pirámide de población alemana, como la de casi toda Europa occidental, está invertida. Menos nacimientos, más jubilados y una esperanza de vida creciente. El sistema de reparto, que funciona como una transferencia directa de los trabajadores en activo a los pensionistas,
requiere crecimiento constante de la base cotizante. Sin industria, sin empleo de calidad y con la natalidad por los suelos, la ecuación no cuadra.
Durante años se intentó parchear el problema con inmigración. El análisis más crítico señala que ese parche solo retrasa el problema y lo agrava, porque los recién llegados también envejecerán y también tendrán derecho a pensión. La inmigración no es una solución demográfica si no va acompañada de integración laboral real y de crecimiento económico sostenido.
¿Quién paga las pensiones cuando no hay industria?
La respuesta incómoda es que nadie lo sabe. Los escenarios que se manejan pasan por
subidas de impuestos, recortes en sanidad, menos inversión en infraestructuras y un retraso de la edad de jubilación. Es decir, menos servicios públicos y menos tiempo de disfrute de la jubilación para quienes han cotizado toda su vida.
El problema no es exclusivamente alemán. España afronta una situación estructuralmente similar con un agravante:
una economía con menos base industrial y más dependiente del turismo y los servicios. El maquillaje estadístico puede ocultar la magnitud del problema durante un tiempo, pero no lo resuelve.
La cuestión de fondo es política. Meter mano al sistema de pensiones implica asumir un coste electoral que ningún partido quiere pagar. Se ha convertido en la patata caliente que se pasa de legislatura en legislatura, esperando que el colapso llegue con otro en el gobierno.
El error de cálculo que nadie quiere reconocer
La tesis que recorre el análisis más incisivo es que los responsables políticos no son estúpidos, sino que actúan con intereses propios que no coinciden con los del país. La incompetencia sería la coartada; la realidad sería otra.
Si el problema se conocía desde hace décadas —los estudios demográficos lo anticipaban con precisión—, la pregunta no es por qué no se vio venir, sino por qué no se hizo nada. La respuesta más plausible es que
la solución requería sacrificios que ningún gobernante estaba dispuesto a asumir mientras pudiera seguir financiándose con deuda barata y con el respaldo del banco central.
Ese margen se agota. Y cuando se agote del todo, la factura llegará para todos: para los que ya están jubilados, para los que están a punto y para los que aún no han empezado a cotizar.
El análisis se atasca en un punto incómodo: si el problema se conocía y las soluciones implicaban costes políticos inasumibles, ¿qué incentivo tiene cualquier gobierno para actuar antes de que el sistema colapse por sí solo? Nadie ha dado una respuesta que resista el escrutinio.