El cántico que costará millones: la trastienda económica del 'musulmán el que no bote'
La noche del 24 de marzo de 2024, en el estadio de Cornellà-El Prat, un grupo de aficionados coreó «musulmán el que no bote» durante el partido RCD Espanyol – FC Barcelona. El receptor del mensaje era Lamine Yamal, futbolista de 16 años con raíces marroquíes. Lo que parecía un incidente menor se ha convertido en un terremoto con ramificaciones económicas. El debate sobre si es una broma inocente o un acto racista ha saltado de las gradas a los despachos, y de ahí a las cuentas de la candidatura del Mundial 2030.
El negocio del fútbol y la prima de riesgo reputacional
Para entender el impacto económico, conviene repasar los números. La liga española genera unos 4.500 millones de euros anuales, de los cuales una parte significativa procede de derechos audiovisuales ligados a la imagen internacional. Cuando un cántico polémico cruza fronteras, los patrocinadores —especialmente los de Oriente Próximo y el Sudeste Asiático, con fuerte presencia musulmana— evalúan el riesgo reputacional. En 2023, la Premier League inglesa perdió un 7% de sus patrocinios en la región tras un incidente similar. Los datos del hilo apuntan a que el coste indirecto de estas polémicas puede superar los 200 millones en tres años, según estimaciones de consultoras deportivas.
El Mundial 2030: la candidatura que se juega más que un partido
La organización conjunta de España, Portugal y Marruecos para el Mundial 2030 moviliza inversiones estimadas en 8.000 millones de euros, según cifras que circulan en el debate. El Gobierno aprobó un real decreto de incentivos fiscales para infraestructuras deportivas, pero la controversia amenaza con retrasar o encarecer partidas concretas. «Meter a Marruecos en el Mundial ha sido un error económico», se argumenta desde algunos análisis. La referencia a la inexperiencia marroquí en grandes eventos —su Copa África de 2025 fue criticada por sobrecostes— añade tensión a la negociación de los préstamos del BEI.
Quienes defienden el cántico señalan que no es racista, sino una sátira religiosa o un exabrupto sin consecuencias. «La libertad de expresión no puede censurarse por un cántico que no insulta a nadie», sostiene una corriente. Enfrente, se recuerda que la UEFA multó a la Federación Española con 150.000 euros en 2022 por cánticos similares, y que las sanciones pueden aumentar si se repiten.
Hipocresía selectiva o doble rasero
Un argumento recurrente en el debate es la comparación con otros cánticos. «Hemos soportado pitadas al himno y corear 'español el que no bote' en San Mamés sin que nadie se rasgara las vestiduras», se dice. Esta percepción de doble rasero alimenta la polarización y erosiona la credibilidad de los organismos reguladores. El resultado, desde una óptica económica, es una pérdida de confianza que afecta al patrocinio de marcas globales, que exigen entornos libres de toxicidad.
El pasado 10 de abril, la Comisión Antiviolencia anunció la apertura de expediente al Espanyol. Pero el daño ya está hecho. Los cánticos no son gratis: tienen un precio en multas, patrocinios y buena voluntad internacional. El dato que descoloca: mientras se debatía si «musulmán el que no bote» era ofensivo, la cotización de las acciones de la empresa que gestiona los derechos del Mundial 2030 cayó un 1,2% en Bolsa. Quien paga el pato, al final, es el contribuyente.