Puntuar el físico de una adolescente: la pregunta incómoda del diez
En apenas diez intervenciones, la pregunta sobre si una adolescente alcanza el diez en una escala de atractivo ha destilado lo peor y lo más recurrente del comentario digital: la descomposición de una persona en rasgos sueltos, la predicción de su evolución física y la reducción de su valor a una cifra. Nada de lo que se dice ahí resulta nuevo, pero la rapidez con la que se naturaliza el ejercicio es, en sí misma, un dato.
La nota como instrumento de poder
La escala del uno al diez es, en teoría, una herramienta de evaluación. En la práctica, funciona como un mecanismo de jerarquización: quien puntúa se coloca en una posición de autoridad sobre el evaluado, y el evaluado queda reducido a objeto de examen. Cuando el evaluado es un menor, el desequilibrio de poder se vuelve abismal. No hay consentimiento, no hay simetría, y la única respuesta posible es el silencio o el perfil anónimo.
Hay quien defiende que se trata de una simple apreciación estética, equiparable a opinar sobre un plato de comida. La comparación ignora una diferencia esencial: un plato no tiene que convivir con la reseña. La persona retratada sí. Los comentarios sobre narices, contexturas o destinos físicos no se quedan en la pantalla; configuran una mirada que el menor termina por incorporar como propia.
En el extremo, la conversación deriva hacia la utilidad biológica de la persona evaluada, como si su valor dependiera de una función reproductiva futura. Ese salto —del gusto personal a la ingeniería genética doméstica— es el que pone en evidencia el verdadero carácter del ejercicio: la eliminación de la subjetividad de quien es juzgado.
Si la práctica de puntuar cuerpos ajenos se ha vuelto tan ordinaria que ya no necesita presentación, ¿qué blindaje les queda a los menores que crecen con esta conversación de fondo? La respuesta, por ahora, sigue abierta.