El derrumbe de un piso patera en Calahorra desnuda el negocio de la infravivienda
El jueves pasado, dos forjados de un inmueble en la calle Estrella 12 de Calahorra se vinieron abajo. Dentro vivían 14 personas, todas en situación irregular. El edificio estaba declarado en ruina por el Ayuntamiento, pero el propietario —un español de 60 años detenido después— lo alquilaba sin contrato a 250 euros por cabeza. O, para ser precisos, 150 euros por seis metros cuadrados. Una matemática sencilla: 14 inquilinos por 250 euros dan 3.500 euros al mes, en negro, por un inmueble que tendría que estar derribado.
Los dos ocupantes que estaban dentro cuando se produjo el hundimiento salieron ilesos gracias a la ayuda de vecinos. Bomberos, Guardia Civil, Policía Local y un técnico de Urbanismo acudieron al lugar. El dictamen municipal: sin riesgo para los colindantes. La misma calle, número 18, ya había visto un suceso casi idéntico en agosto de 2023: una mujer de 61 años murió al hundírsele el techo. Compartía vivienda con otras cinco personas. Entonces, el Consistorio derribó el edificio. Después del cadáver.
Las cifras del negocio: 3.500 euros mensuales en negro
El caso de Calahorra no es un episodio aislado. Es la punta de un iceberg llamado mercado negro de la vivienda. El propietario ingresaba 3.500 euros al mes —sin declarar, sin IBI, sin seguro— por un inmueble que debería haber sido demolido. A nivel unitario, cada ocupante pagaba 250 euros mensuales, un precio que en el mercado formal solo da para una habitación compartida en una ciudad mediana. Pero aquí no había habitación: había una ruina compartida por 14 personas. Un negocio redondo para el casero, que además se ahorraba cualquier coste de mantenimiento.
La noticia, avanzada por La Rioja, destapó también un patrón: el 28 de agosto de 2023, en el número 18 de la misma calle, una mujer falleció por el hundimiento del techo. Aquel inmueble también estaba en mal estado, también albergaba a varias personas (seis) y también fue derribado —pero solo después de la muerte. La pregunta que flota es inevitable: ¿cuántos más tendrán que morir para que se actúe antes?
El sistema que lo permite: ruina declarada, papel mojado
Que un ayuntamiento declare un edificio en ruina y no haga nada para desalojarlo o derribarlo no es una rareza burocrática: es una condena a los inquilinos. En este caso, la declaración de ruina era pública, pero el dueño seguía alquilando. La inspección municipal posterior al derrumbe determinó que no había riesgo para las viviendas colindantes, pero el inmueble siniestrado quedó precintado y los ocupantes, en la calle. De nuevo, la Administración reacciona post-mortem —o post-derrumbe— no antes.
El problema no es local. Datos del artículo de Articulo14 indican que España lidera el aumento del hacinamiento en la UE, con una tasa que casi se duplica en seis años. El fenómeno tiene dos patas: la demanda de vivienda barata por parte de una población migrante que llega sin recursos, y la oferta de propietarios sin escrúpulos que convierten ruinas en apartamentos múltiples. La tercera pata, la ausencia de control municipal, completa el taburete.
Más allá del casero: el negocio del hacinamiento
El debate público suele centrarse en la figura del «usurero», pero el negocio es más amplio. Por un lado, el propietario local alquila la ruina. Por otro, las redes de tráfico de personas —que operan desde Marruecos, Argelia o Senegal— traen a los inquilinos hasta la puerta. Y en medio, ONGs y administraciones que, según diversos análisis, no abordan las causas de fondo. Cáritas, por ejemplo, alerta del hacinamiento en la periferia y pide más vivienda social, pero omite la conexión con una política migratoria que no genera las condiciones de integración suficientes.
El resultado son escenarios como el de Calahorra: personas viviendo en condiciones que no cumplen ninguna norma, pagando por un espacio que no es habitable, y con el riesgo constante de que el techo se les caiga encima. En el número 18 de esa calle ya ocurrió. En el número 12, por segundos, no hubo víctimas mortales. El patrón es tan claro como la inacción que lo perpetúa.