PISA cae y el foco apunta al aula, no al alumno
¿Por qué baja el rendimiento académico si hay más recursos, más tecnología y más años de escolarización obligatoria que nunca? El desplome de España y buena parte del norte de Europa en el informe PISA ha dejado de ser una anécdota estadística para convertirse en el tema que nadie quiere discutir en voz alta. La caída no se explica solo por la demografía ni por la supuesta vagancia de una generación: hay un sistema que aprueba por decreto, un profesorado desbordado y un currículo que ha cambiado el cálculo mental por el vídeo de refuerzo.
El diagnóstico más repetido señala tres frentes: la pérdida de exigencia, la invasión de las pantallas desde edades tempranas y la transformación del aula en un espacio donde suspender se considera casi una agresión.
El resultado es una paradoja incómoda: nunca hubo tanto acceso a la información y nunca una generación manejó tan poco criterio para usarla.¿Qué dice el informe PISA sobre el rendimiento en España?
Los datos que circulan apuntan a una caída sostenida que ya no se limita a España. El norte de Europa, tradicionalmente el espejo donde mirarse, también baja.
Cataluña y Euskadi aparecen en varias comparativas como las comunidades donde el descenso es más acusado, con un factor añadido: la confusión lingüística que arrastran los alumnos en edades clave. La comparación con Estonia, que mantiene resultados sólidos, se usa como contraste: allí no hay una minoría disruptiva del 30% que arrastre la media hacia abajo, según el análisis que circula.
La explicación oficial habla de factores socioeconómicos y de la pandemia. La explicación que se escucha en los claustros es más prosaica:
se aprueba a todo el mundo para maquillar el fracaso escolar, y ese maquillaje se ha convertido en el plan pedagógico.
El aula como reflejo de un cambio social
El perfil del alumnado ha cambiado y el sistema no ha sabido adaptarse. Hay quien sostiene que la mezcla de estudiantes con niveles muy dispares en la misma clase hunde al conjunto:
un kilo de sopa con una cucharada de mierda sigue siendo un kilo de mierda, resume una de las imágenes más repetidas. La falta de autoridad del profesorado, la imposibilidad práctica de suspender y la burocracia que consume horas lectivas completan el cuadro.
A eso se suma el entorno. La comparación con la escuela prusiana, el adoctrinamiento de la Agenda 2030 o la feminización del magisterio aparecen como explicaciones laterales, más ideológicas que técnicas.
El 85% del profesorado de Primaria son mujeres, un dato que algunos usan para vincular la caída de resultados con el enfoque pedagógico, una correlación que ningún estudio serio respalda.
Pantallas, deberes y el negocio del refuerzo
La tecnología entró en el aula como solución y ha terminado siendo parte del problema.
Hay familias que descartan colegios solo por el hecho de que se imparta clase con tabletas. El argumento: los deberes se multiplican, los vídeos se mandan fuera del horario lectivo y los padres acaban asumiendo la carga. Los alumnos no desconectan ni cuando deberían.
El sector editorial lo nota. Las librerías han reducido sus secciones de libros para dejar espacio a merchandising, y el libro en papel pierde terreno frente al ebook y al audiolibro.
El negocio del refuerzo escolar, las academias y las plataformas digitales crece mientras el sistema público se vacía de contenido.¿Por qué se suspende menos si se aprende menos?
Porque el sistema ha ido eliminando los filtros.
Las leyes educativas se han sucedido con un objetivo implícito: que nadie repita curso. Se argumenta que suspender genera ansiedad y frustración, y que la inclusión exige no dejar a nadie atrás. El efecto secundario es que el título deja de certificar nada.
El examen de oposición a Primaria que suspendió el 86% de los aspirantes incluía preguntas de nivel de 12 años.
La propia solución oficial de una de las preguntas consistía en copiar la definición del diccionario, un detalle que revela el nivel de exigencia del proceso. Si los que van a enseñar no pasan el filtro, el filtro no existe.
La brecha que se abre entre generaciones
El problema no es solo académico.
Hay un umbral de conocimientos básicos que una parte creciente de la población no alcanza, y eso rompe la comunicación entre generaciones. Quien no reconoce la inteligencia no la valora: la toma por pedantería, por locura o por nostalgia de boomer. El contenido de calidad se diluye mientras los perfiles con millones de seguidores no saben distinguir una ecuación de una empanadilla.
La consecuencia política es evidente:
un votante formado en la confusión es un votante más manejable. No hace falta teorizar sobre conspiraciones: basta con mirar qué se enseña, qué se aprueba y quién sale beneficiado.
El cierre: la escuela que ya no suspende
Mientras se discute si la culpa es de los móviles, de los inmigrantes o del profesorado, el dato sigue ahí: cada año salen más titulados que no saben hacer la O con un canuto.
La solución no aparece en ninguna ley educativa. Y los que podrían exigirla están demasiado ocupados discutiendo de quién es la culpa.