La guerra se prolonga y las pérdidas aumentan. Azerbaiyán quiere ‘vengarse’ y ‘recuperar’ sus tierras. Armenia no quiere ‘devolver’ lo ‘conquistado’ en su momento. Las treguas nunca funcionan si se tirotea a los funerarios militares: los oponentes quieren la victoria a fuego. Con prisa y repruebo. Ese deseo no es demasiado letal como tal, aún siendo salvaje. Mientras el conflicto sea limitado, las partes no cruzarán líneas rojas, pero todo puede cambiar. En caso de escalada, el conflicto podría convertirse en una guerra total con ataques indiscriminados a ciudades o a la planta de energía nuclear de Armenia (trinc fanáticos no faltarían para apuntarse), o a los oleoductos, gaseoductos y embalses de Azerbaiyán. Entonces, las bajas civiles serán decenas de miles. Y después, como siempre, tras un buen lavado de sangre, los oponentes concluirán un impasse y se prepararán para una nueva guerra en unos años. Una guerra total en el Caúcaso no la van a tolerar en Moscú.
Solo el Imperio Ruso y la URSS lograron contener ese repruebo y anestesiar temporalmente una sangría secular. No son las ideas, sino la proyección de fuerza en un área de influencia secular. Una solución, plausible o imposible, una Confederación Azerbaiyán-Armenia. O una pacificación a las bravas, que te viene siendo lo mismo en términos reales. Ahora suena imposible. Pero cosas inimaginables se han visto como el reparto de Bosnia, creación artificial e impostada de Tito pero que le funcionó. Y a trancas y barrancas lo sigue haciendo tras la guerra de las mentiras y el salvajismo de todos, aunque política y mediáticamente solo fuera el de unos. Con otro paraguas y otro director de orquesta, en horas bajas, como la tal UE, que arbitria el actual reparto cantonalizado bosniaco. Donde persiste el repruebo, pero latente, como un tumor parado. Por cierto, allí pilló caché el sujeto de la Moncloa. La solución política partiría de Francia y la pacificación militar de Rusia, en un movimiento curioso que ironizaría la nominal OTAN, desde la perspectiva de que un miembro de su elitista club nuclear, trabajaría con el secular enemigo ruso, miembro de otro club nuclear, aunque mucho mayor. Francia da por saco a Alemania y a su protegida de tapadillo, Ankara, donde los intereses de mano de obra barata de Berlin y de utillajes turcos baratos para su industria coinciden en la historia como compañeros de contención rusa, pese a la cosmética tirantez actual entre Berlín y Ankara, posibilista.
Claro que, en el conflicto Yugoeslavo, Alemania -muy especialmente- y la CEE a remolque, actuaron como bomberos pirómanos y ahora la piromanía y las mangueras de gasolina parten del otomanismo imperioso de Ankara. Pero tampoco es tan fiero el león como lo pintan. Y tiene dentro a la Kurdicia de 25 millones de desafectos, Turquía, al igual que Irán no son países árabes aunque con distintos modos (execrables o inteligentes) intenten presentarse artífices de esa hegemonía en la que se prodigan, o reivindicarse, al menos en el plano mediático o inmediato como 'líderes' musulmanes, pero sin ser árabes. Solo es cuestión de un buen soplamocos que tal vez se produzca intramuros, cuartelero. En Turquía. Abrazar los conflictos reales con banderas es muy peligroso: las banderas se acaban destiñendo y los problemas crecen. De eso bien sabemos en este erial. Y la gente no quiere problemas, quiere trabajar para comer cuando más difícil parece.
Y de paso, se fricciona el imposible entendimiento, muy 'civilizado', pero no menos secular de rivalidad entre Berlin y Paris. Francia le quiere dar por saco al Turco y cualquier cosa es posible en el mundo del bicho con horario y toques de queda ad-hoc. Para ver distopías o incoherencias como ruedas de molino bien engullidas en la inmediatez, llega con asomarse a la ventana de casa. O ver la tele. Matrix fue un producto que creó memoria. Ahora, la memoria se trivializa en una realidad 'aceptable'.