Gladiator: la película que todavía divide por lo que tiene de Roma
Hay películas que se ven una vez y otras que se vuelven a poner cada cierto tiempo. Gladiator pertenece a las segundas: un espectador la había visto tres veces —el estreno en cine y dos pases en DVD— y volvió a encontrarla en el cajón tras casi dieciocho años sin tocarla. El resultado fue el de siempre.
Piel de gallina y la certeza de estar viendo a un personaje que ya no se fabrica: el general que no se dobla. La cinta vuelve a levantar la misma pregunta de fondo, si lo que cuenta se parece algo a la Roma real o si estamos ante un western con togas.
Máximo Meridio y el hombre que hace lo que debe
El arranque emocional es el personaje. El general hispano que sirve al emperador, que gana la última batalla de Germania y que se niega a aceptar el poder que le ofrecen tiene un punto de estoicismo explícito. La propia película lo subraya con una frase del sirviente que acompaña al protagonista:
«a veces hago lo que quiero hacer, el resto del tiempo hago lo que debo». Ese es el eje moral que engancha.
Meridio es un tipo que lo ha perdido todo y que no negocia con sus principios. La muerte de su familia, la esclavitud, la arena: cada golpe lo deja más firme en lugar de doblegarlo. Para una parte del público eso es
épica en estado puro, el retrato del hombre justo contra un sistema corrupto. Y funciona porque el guion le da un antagonista a la altura: un heredero que representa exactamente lo contrario.
¿Es Gladiator históricamente fiel a la Roma real?
No del todo, y la propia cinta lo sabe. Los diálogos sobre «volver a la república» chirrían: los romanos nunca consideraron que hubieran dejado de vivir en una. Ese tipo de licencias conviven con aciertos de ambientación que sostienen la historia aunque el espectador sepa que hay trampa. Mirigar, uno de los contertulios, lo resume sin dramatizar: la película tiene fallas históricas, pero sigue siendo memorable.
El detalle curioso llega con el villano. Cómodo existió, y en la vida real era un entusiasta de los combates de gladiadores hasta el punto de participar en ellos. Para asegurarse la ventaja, según se recuerda en la conversación, drogaba a sus contrincantes antes de pelear. La
cultura popular acabó creyendo que murió en la arena, cuando en realidad fue asesinado en unas termas fruto de una conspiración. Los primeros borradores del guion, por cierto, recuperaban ese final: Máximo sobrevivía y mataba a Cómodo en las termas.
La propaganda que una parte del público detecta
El otro gran frente de discusión es político. Una corriente de opinión sostiene que la cinta, siendo una superproducción estadounidense, introduce mensajes contemporáneos disfrazados de historia. Se critica que la hermana de Cómodo aparezca como una líder en la sombra, que se repita la cantinela de la república como trasunto de la democracia moderna, o que el desenlace conceda el plano final a un personaje secundario. Para estos lectores, la película ensalza al individuo íntegro y, a la vez, cuela un discurso institucional que no encaja con la época.
La discusión, en cualquier caso, no impide el disfrute: la virtud del filme resiste a sus propios subrayados.
El villano que algunos reivindican
Hay una lectura minoritaria y provocadora. Frente al relato oficial, algunos defienden a Cómodo como el personaje con más recorrido, en su doble condición de hijo que se esfuerza por heredar un trono y de hombre con carisma que, sencillamente, no está hecho para el papel que le toca. Se argumenta que el héroe recibe ayuda constante, que su ascendiente militar le viene dado, mientras el villano crece desde la frustración de no ser el elegido.
No es la tesis mayoritaria. La respuesta suele ser contundente: el heredero se entrena con siervos mientras el otro se juega el pellejo en el barro, y el propio emperador le dice a su hijo que sus errores son también los suyos como padre. El heroísmo, en esta lectura, no se hereda.
El reparto y la polémica sobre el elenco
Otra arista del intercambio es el reparto. Una parte de los participantes criticó la inclusión de un actor racializado en el bando protagonista, entendiéndola como una concesión contemporánea que rompe la verosimilitud de la ambientación. Es una objeción recurrente en el cine histórico reciente y convive con la defensa opuesta: el reparto forma parte de la ficción y no de la arqueología.
La escena que sigue doliendo veinte años después
Si hay un momento que todos señalan es el mismo. El general regresa a su casa y encuentra a su mujer violada, quemada y colgada junto a su hijo. Es la secuencia que sostiene toda la venganza posterior. Antes, la batalla inicial; después, el parricidio. Ese tramo, se sostiene, es de lo mejor del cine de acción de las últimas décadas.
Un detalle que resume el eco del filme: un espectador recuerda haber ido a verla dos días seguidos cuando se estrenó en Valencia. Y otro teme que una segunda parte estropee una historia cerrada y bien cerrada.
¿Merece Roma otra película de este tamaño o es mejor dejar el mito donde está, con la frase final colgando en el aire?