¿Se puede reducir el bosque mediterráneo a un pinar seco con romero y tomillo? Es la tesis que abrió esta discusión: el bosque mediterráneo real estaría compuesto por
coníferas y matorral aromático —pino, ciprés, cedro, sabina, abeto en las alturas y, en las tierras bajas agrícolas, el algarrobo, con la palmera datilera en las llanuras de playa— más un sotobosque de romero, tomillo, enebro, madroño y retama. La respuesta no tardó y no fue amable: la encina, el alcornoque y el quejigo también son bosque mediterráneo, y llevan ahí bastante más tiempo que cualquier repoblación.
Qué árboles definen de verdad el bosque mediterráneo
El inventario que se maneja tiene tres capas. La primera es la de las coníferas: pino, ciprés, cedro, sabina y abeto en cotas altas. La segunda, la de los quercus: encina, alcornoque y, donde hay más agua, quejigo o roble andaluz, con matorral en los claros. La tercera son las excepciones que rompen cualquier relato cerrado, como el
pinsapo, una abetoceada relicta que no vive en la costa sino en sierras de régimen húmedo.
Hay quien sostiene que el bosque mediterráneo de manual no sería de coníferas sino de quercíneas, y que la propia Grecia está llena de robledales. En contra pesa el dato contrario: en buena parte de la costa mediterránea española el roble apenas aparece salvo en el Pirineo, mientras que el pino carrasco domina el paisaje visible. Ese dominio, sin embargo, puede ser reciente.
El hayedo más meridional de Europa está en la meseta
El golpe de autoridad de la discusión no llegó por el lado de las coníferas, sino por el de las frondosas.
El hayedo más al sur de Europa está en la meseta, no en la cornisa cantábrica ni en los Pirineos, según se repite con insistencia para desmontar el relato del páramo castellano. Se citan como ejemplo el hayedo de Montejo y otros bosques de la misma cuerda, y se añaden el hayedo de Tejera Negra y los encinares y sabinares del Alto Tajo.
La discusión deriva entonces a un terreno más incómodo: ¿tiene sentido comparar la cordillera Cantábrica o los Pirineos con el resto del territorio? Un observador lo niega de plano. Son pisos bioclimáticos distintos, y medir la riqueza de uno con la vara del otro no aclara nada. Lo que sí se comparte son los nombres: hayas, abedules, castaños, robles y pino silvestre aparecen en sierras meseteñas con la suficiente altitud y humedad.
El pino de Alepo: repoblado, alóctono y pirofito
Uno de los puntos donde el intercambio se vuelve más áspero es el incendio. Sostiene una parte que el
pino de Alepo es especie alóctona y repoblada, y que además es pirófito: se quema con facilidad y se regenera igual de fácil. De ahí a culpar a las repoblaciones de medio siglo del mapa de fuegos valenciano hay un trecho, pero el argumento se usa para desmontar la vitola de bosque auténtico que recibe el pinar.
El rastro documental apoya esa sospecha de juventud. En el interior de Valencia la toponimia conserva nombres como
camino de los carboneros,
cueva de los latoneros,
partida del fresnal o
barranco del tejar, que apuntan a encinas, almeces, tejos y fresnos donde hoy solo quedan matojos o pinos. Y de esos pinos, según el mismo recuento, no hay ninguno de más de
80 ó 90 años que se haya librado de uno o varios incendios desde los años setenta.
La sabina albar aguanta de 200 a 2.000 metros
Frente a la idea de que el árbol mediterráneo es un vegetal de condiciones extremas y poco más, aparece la sabina albar como contraejemplo incómodo. Se la puede encontrar a
200 metros y a 2.000 metros sobre el nivel del mar, en terreno calizo y en terreno ácido, con
300 y con 700 milímetros de precipitación anual. La conclusión que se extrae es sencilla: muchas especies aguantan más de lo que el relato les concede; lo que necesitan es tiempo.
El problema es que el tiempo es justo lo que falta. Donde la toponimia promete encinar, el fuego y la repoblación han dejado pinar joven. Donde el pinar arde, vuelve a salir pinar. El resultado es que la comparación entre paisajes se hace siempre sobre un material forestal que ha sido intervenido, quemado o replantado varias veces en menos de un siglo.
¿Dónde queda el bosque húmedo en España?
La sierra de Grazalema y la sierra de las Nieves funcionan en el intercambio como prueba de que el sur también guarda bosques de régimen atlántico. Allí vive el pinsapo, y allí se registran más de
2.000 milímetros de lluvia anual, cifras que descolocan a quien asocia Andalucía con sequedad. En el otro extremo, la sierra de los Filabres y la de Gádor, en Almería, se despachan con un diagnóstico tajante: poco bosque.
Entre ambos extremos queda el argumento estético, que en esta discusión pesa tanto como el botánico. El pinar y el ciprés huelen, el encinar huele a leña vieja, y el paseo bajo una bóveda de ramas que se tocan en el centro del camino cambia el ánimo, según se defiende con una mezcla de fisiología y nostalgia. Nadie ha medido eso, pero el registro emocional acaba decidiendo más posturas que cualquier inventario forestal.
Con los datos sobre la mesa, la disputa no se cierra: cada bando puede señalar una sierra que le da la razón. El pino carrasco seguirá creciendo donde le dejen, la encina seguirá esperando su turno bajo tierra, y el hayedo mesetario seguirá siendo el invitado que nadie esperaba en la fiesta.