El Rey habla de Ceuta, pero el daño institucional ya está hecho
El silencio del Rey durante los primeros días de la crisis de Ceuta se ha convertido en el gran titular de una emergencia que ya tiene demasiados. Mientras la ciudad autónoma gestionaba una llegada masiva de personas a través de sus fronteras, el Jefe del Estado y Capitán General de los Ejércitos no se pronunciaba. Cuando al fin emitió una declaración de "indignación", el malestar ciudadano ya se había instalado en una pregunta incómoda: ¿por qué tanto silencio?
La respuesta oficial, filtrada después a los medios, fue breve: "El Estado debe velar por la seguridad y evitar que estos hechos vuelvan a repetirse". Palabras institucionalmente correctas, pero que llegaron después de que se le hubiera visto en Mallorca con su nuevo barco, cuya preparación para la Copa del Rey se convirtió en el contrapunto perfecto a la emergencia en la frontera sur. El coste del barco, alrededor de un millón de euros, alimentó la comparación entre la prioridad del monarca y la de la ciudadanía.
El yate de un millón y la sombra de la indolencia
La crítica no solo apuntaba a la ausencia de una declaración temprana. El detalle del barco, decidido para una competición deportiva, añadió sal a la herida. Mientras se coordinaba la respuesta migratoria, la Casa Real no emitía ni un gesto. Quienes salieron en defensa de la Corona recordaron que el monarca sí se interesó por la situación con una llamada al presidente de Ceuta. Un gesto discreto que, para sus defensores, era suficiente: la Constitución no le da un rol ejecutivo en la gestión de crisis. Para sus críticos, en cambio, el Capitán General no puede mantenerse al margen cuando se juega la integridad del territorio.
Alta traición: el debate que llegó al Código Penal
El malestar derivó en un terreno más escabroso: la acusación de alta traición. Se invocaron los artículos 582 y 583 de la Ley Orgánica 10/1995, del Código Penal, que castigan con penas de doce a veinte años de prisión al español que facilite al enemigo la entrada en España o favorezca su avance. Una interpretación extrema, sin recorrido judicial, pero que refleja hasta dónde ha llegado la desafección. El paralelismo histórico completó el cuadro: se recordó que el padre del actual Rey, Juan Carlos I, entregó el Sáhara y que, según ese relato, la historia podría repetirse con Ceuta y Melilla. Incluso se mencionó a Canarias como siguiente foco de tensión.
La próxima vez que el país arda, la mirada se posará en Zarzuela desde el minuto uno. Y el silencio, que esta vez se justificó como agenda institucional, será juzgado con menos indulgencia. Mientras tanto, la conclusión de estos días de crisis es incómoda: cuando la Corona más se necesitaba, optó por la retórica. Y la retórica, en un momento de emergencia real, suena a excusa.