Robinhood mostró un saldo de -730.000 dólares que nunca existió
¿Cómo puede una aplicación convencer a alguien de que debe 730.000 dólares cuando en realidad no debe nada? Con una pantalla que enseña el agujero antes que la cobertura, un producto apalancado que el cliente no entiende y un bróker que tarda en cuadrar las cuentas. Ese es el relato que se desprende de la información difundida sobre Kearns, un estudiante de
20 años de la Universidad de Nebraska que había empezado a invertir durante la pandemia y que murió el jueves por la noche, horas después de ver en su cuenta de Robinhood un saldo negativo de
730.165 dólares en rojo. En la nota que dejó escrita afirmaba que no tenía ni idea de lo que había estado haciendo. Su cuenta mostraba
16.000 dólares.
Qué era en realidad ese saldo negativo de 730.165 dólares
No era una deuda. La información publicada entonces apuntaba a que el número en rojo no representaba una obligación incumplida, sino el saldo temporal del inversor hasta que las acciones que respaldaban sus opciones asignadas entraran realmente en la cuenta. Es decir, un descuadre de calendario entre las opciones asignadas y los títulos que las cubrían, que aún no habían llegado. La aplicación enseñaba la pata que dolía y escondía la que la compensaba.
Al actualizarse la plataforma el siguiente día hábil, el saldo habría vuelto a su sitio.
Ahí está el nudo. Un número puede ser técnicamente correcto y comunicativamente letal. El sistema mostró el descubierto bruto de una operación viva, sin el activo que lo compensaba, y quien lo leyó en un móvil un jueves por la noche no tenía forma de saber que aquello era contabilidad a medias.
¿Por qué el bróker no cerró la posición antes de llegar a cero?
Porque no siempre puede. La lógica del
margin call es sencilla: el intermediario exige garantías y, si no las hay, liquida. Pero con volatilidad disparada y apalancamiento enorme, cerrar exactamente en cero es una entelequia: el precio se mueve más rápido que la orden. La liquidación forzosa llega tarde y el descuadre aparece en pantalla. Que un bróker minorista deje a un particular debiendo cientos de miles de euros es, en la práctica, impensable: nadie presta ese dinero a alguien sin patrimonio detrás.
Vender opciones put: suscribir un seguro sin saber lo que cubres
El instrumento que probablemente estaba usando Kearns era un
bull put spread, según las hipótesis que circularon. La mecánica: al vender una opción put se cobra una prima y, si la acción sube, no hay que hacer nada. Si baja, toca comprar
100 acciones por cada contrato vendido al precio pactado. Vender opciones es parecido a vender seguros: se ingresa mientras nadie reclama, y cuando reclaman, se paga. Las opciones ya son un producto apalancado de por sí, y quien las vende sin dominar el vencimiento y la asignación se expone a perder mucho más de lo que ingresó.
El apalancamiento que la plataforma sí permitía
Hay un elemento que reaparece una y otra vez al reconstruir el caso: Robinhood arrastraba un fallo que permitía construir posiciones mayores de lo que el saldo justificaba.
Un error informático y un apalancamiento infinito, resumían algunos titulares de la época. Otra pieza periodística recogía el caso opuesto: un operador que había ganado 1.700.000 dólares partiendo de 3.000 por un fallo de un bróker. Cuando el motor de liquidación va por detrás de la realidad, la app se convierte en el escaparate donde alguien con 10.000 euros ve cifras de seis dígitos.
Una herramienta para el gran público y un error de diseño
La gravedad del fallo está en el destinatario. Robinhood es un bróker sin comisiones, pensado para quien mueve cantidades pequeñas y opera desde el teléfono. Cuando el saldo que aparece es de seis cifras y en rojo, el cliente no tiene herramientas para interpretarlo. Lo que en una mesa institucional sería una anécdota técnica se convierte en un acontecimiento personal. Un programa que muestra un descubierto de 730.000 dólares a quien no debe nada no es un detalle estético: es información falsa servida como definitiva.
¿Quién paga los 730.000 dólares?
Nadie, porque nunca hubo acreedor. No existió una deuda neta que reclamar: el descuadre se resolvió con las acciones que entraron después en la cuenta y desapareció al cuadrarse las operaciones. En productos apalancados las pérdidas sí pueden superar el saldo y el bróker reclama la diferencia, pero no era el caso. El problema no fue financiero. Fue de interfaz, de comunicación y de expectativas.
El aviso que casi nadie discute
Los brókers limitan el riesgo al dinero depositado y las posiciones en derivados se compensan entre sí: la exposición neta no es la que asusta en los titulares. La cifra que desveló a Kearns nunca fue un pasivo real. Fue un efecto transitorio entre la ejecución de unas opciones y otras.
Queda el otro aviso, el de la letra pequeña. Alguien recordó haber rescatado a un allegado que, tras una racha de ganancias con salidas a bolsa, se creyó intocable e invirtió en productos apalancados.
Perdió sus ahorros, el dinero de quien se los prestó y necesitó un préstamo a cinco años para tapar el resto, todo a espaldas de su mujer. Nunca se recuperó del golpe.
La cifra roja desapareció cuando el sistema se puso al día. Es el arreglo más barato que existe: esperar a que la contabilidad se cuadre sola. Solo que él ya no estaba delante de la pantalla para verla corregida.