Muere Francisco Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón
Francisco Ibáñez ha muerto en Barcelona a los 87 años. Lo anunció su editorial, Penguin Random House Grupo Editorial, con un mensaje escueto y una fotografía, y el tebeo español se quedó sin su firma más reconocible. Nacido en Barcelona en 1936, el historietista firmó Mortadelo y Filemón —que celebraron su 60 aniversario—, 13 Rue del Percebe, Rompetechos o Pepe Gotera y Otilio, series que sirvieron para iniciar en la lectura a varias generaciones.
Pocos autores han retratado este país con tanta precisión y tan poco disimulo. No es una frase de obituario: sus viñetas están llenas de jefes tacaños, aceras sucias y vecinos al borde del colapso nervioso.
¿Quién fue Francisco Ibáñez?
Nació en Barcelona en 1936 y muere a los 87 años, después de toda una vida pegado a la mesa de dibujo. Hay quien sostiene en el hilo que su esposa desde 1966, Remedios Solera, podría haber fallecido también este mismo año, aunque sin confirmación: la pareja de toda la vida que se va casi a la vez. Trabajador infatigable, es autor también de 13 Rue del Percebe —un edificio entero en una sola página, con ratón y gato incluidos—, Rompetechos y Pepe Gotera y Otilio. Sus secundarios funcionan hoy como marca registrada: el Super, el profesor Bacterio, doña Ofelia.
Cada uno con su tic, cada uno reconocible en dos trazos.Del Sulfato Atómico a los mundiales: cómo se construyó un clásico
Según recuerdan estos días varios lectores, el primer Mortadelo largo, El Sulfato Atómico, funcionó fuera de España mejor que dentro: se tradujo a varios idiomas europeos y con el nombre de Clever & Smart. Aquello abrió una fórmula que Ibáñez explotó durante décadas: sacar a los personajes de la oficina y meterlos en un mundial de fútbol, en unas olimpiadas, en una clínica de belleza o en cualquier catástrofe internacional.
El método consistía en reinventarse cada vez, no en repetir el chiste.
De esa cantera salieron títulos que estos días se citan como patrimonio: Clínicas antibirria, En Alemania, Soborno, Contra el gang del chicharrón, El ansia de poder, El cacao espacial, La brigada bichera o El malvado Jack Tortazo y la máquina del cambiazo. La otra mitad del milagro era gestual: en cada viñeta los personajes subrayan la acción con las manos, y esa coreografía de dedos y aspavientos es lo que hace que una página se entienda sin leer un solo bocadillo.
El retrato de una España que ya no existe
Si algo explica que esta muerte duela más que otras es que su obra era un plano de la España real disfrazado de gamberrada. El jefe de la TIA es un encargado huraño, tacaño y de trato difícil; la secretaria es el arquetipo de la oficinista de la época; el edificio de 13 Rue del Percebe funciona como una comunidad de vecinos donde todos se soportan a duras penas. Las aceras con colillas, los funcionarios que no dan un palo al agua y la burocracia como enemigo natural no eran invención: era la foto. Varios lectores han contado que volvieron a sus tebeos años después y se encontraron a un autor que llevaba media vida retratando la sociedad de su tiempo, y algo de la actual, sin que nadie le diera un premio por ello.
¿Cuándo dejó de ser gracioso Mortadelo?
Aquí empieza el pleito. La ventana que casi todo el mundo señala como mejor va de finales de los sesenta a mediados de los ochenta:
según un cálculo que circula por el hilo, su máximo apogeo se sitúa entre 1968 y 1980, y muchos lectores ponen el corte en 1984. A partir de ahí, la tesis más repetida es la de la producción industrial: los álbumes salían como churros, el dibujo perdió filo y las tramas se reciclaron. Hay quien sostiene que las historias de mundiales y olimpiadas posteriores no tienen la misma gracia que las clásicas, y quien defiende que incluso un Ibáñez flojo está por encima de casi todo lo que se publicaba entonces.
La polémica cultural —si esto era humor casposo o humor sin complejos— se resuelve hoy a favor del autor por aplastamiento demográfico: lo leyeron todos. Y descoloca comprobar que la discusión se reabre justo cuando las reediciones se agotan.
Humor, política y el pleito sobre la última etapa
No todas las reacciones son elogiosas. Una parte de los lectores sostiene que el humor del autor se aguó cuando empezó a incorporar política en sus páginas; otro sector lo niega de plano y lo atribuye a que el cómic simplemente se fue haciendo más blando con los años. La disputa es la misma que rodea a buena parte de la cultura popular española de la segunda mitad del siglo XX, producida y leída en un país que cambiaba a toda velocidad. Que el asunto se plantee con esta acritud en un obituario dice menos del dibujante que de quien lo lee.
Cuánto cuesta un integral de Mortadelo y Filemón
La muerte del autor ha reavivado el mercado de las reediciones. Circula un cofre que recoge 50 álbumes entre 1968 y 2008, un volumen de más de 20 kilos que quien lo ha recibido describe como un tochazo y una maravilla de edición.
No son todas las historias largas del personaje, es una selección, y ahí está el detalle que irrita a los coleccionistas: hay demasiadas entregas de la etapa postclásica y menos de la dorada de lo que les gustaría. Para seguir el rastro con exactitud existen bases de datos y webs de fans, y hay quien recurre a ellas en vez de fiarse de la memoria.
Ya se pide a la editorial un integral de verdad, con rarezas y ejemplares perdidos incluidos. Sería la colección definitiva del cómic español y el negocio redondo. Nadie ha confirmado que se vaya a hacer.
¿Por qué ya no se lee cómic español?
El propio Ibáñez lamentó varias veces el declive del cómic en España y la desaparición de los lectores fieles. El diagnóstico tiene matices:
como resume un participante del hilo, el lector de tebeos no ha desaparecido, ha cambiado de estantería. Buena parte de quienes leían Mortadelo leen ahora manga y cómic americano, y el mercado se ha reorganizado alrededor de esos formatos. El cómic español de humor familiar perdió el quiosco, el quiosco perdió el favor del público y nadie ha sabido colocar en su sitio a un autor que vendía cientos de miles de ejemplares sin premios, sin campañas y sin apenas crítica.
El premio que nunca llegó
Hay quien sostiene que en vida no se le reconocieron los galardones grandes, y la queja se ha repetido con acidez: se pidió su nombre por activa y por pasiva para ciertos reconocimientos institucionales sin resultado. Frente a eso se alza su legado. Tres nombres —Vázquez, Escobar e Ibáñez— se citan como la trinidad del tebeo español, y los dos primeros aparecen mencionados como superiores por algunos lectores. Es la discusión que en España no se cierra nunca: la de si el humor popular es cultura o es solo entretenimiento.
Queda la obra, y queda la pelea por cómo editarla. Un integral completo con rarezas sigue siendo deseo, no catálogo, y eso resume bastante bien la paradoja: el país que se rió con Ibáñez durante medio siglo todavía no ha decidido si aquello era industria o era patrimonio.