Cinco días sin invadir Gaza: el pulso que puso a prueba a Israel
Cinco días después del asalto más sangriento que Israel había sufrido en su historia, el país seguía sin mover un solo blindado hacia Gaza. La respuesta llegó en forma de bombardeos desde el aire, con avisos previos a la población civil, y no con la
invasión terrestre de Gaza que muchos daban por descontada. De ahí salió la tesis que ordena todo el pulso: Israel no iba a entrar, no iba a abrir un segundo frente y se conformaría con golpear desde lejos. Unos lo llamaron prudencia. Otros, miedo. La distancia entre ambas lecturas es, en realidad, el asunto entero.
Por qué la invasión terrestre de Gaza dispara el coste militar
El primer argumento no es político, es de aritmética. Meter un ejército de reclutas en un terreno urbano, armado hasta los dientes, convierte cada avance en una cuenta de bajas. La lectura más crítica sostiene que la aviación permite castigar sin exponer soldados, mientras que una ocupación total degeneraría en
una carnicería por parte de ambos bandos. Israel, añaden, sabe que su adversario ya no le espera desprevenido: esta vez estaría agazapado y bien armado. Ese es el motivo por el que la operación se diseñaba con calma en lugar de lanzarse al grito de venganza.
Frente a eso, la objeción no se queda en lo táctico. Hay quien señala que bombardear desde lejos, avisando antes a la población, no desgasta a quien se esconde con sus pertrechos, y que la única consecuencia real es un reguero de imágenes que alimenta el rechazo en la región. El
órdago, vienen a decir, ya estaba lanzado y la respuesta no lo desactivaba.
El frente iraní y el techo de la respuesta militar
El segundo escenario que se maneja es el de una represalia mayor contra Irán. Aquí el consenso es inusual: casi nadie cree que eso sea un paseo. Irán no es un país pequeño ni su ejército un puñado de mercenarios. Ronda los
100 millones de habitantes, desarrolla drones y misiles propios y cuenta con una población con fuerte sentimiento patriótico. Compararlo con otras campañas aéreas de la historia reciente se cae por su propio peso.
De ahí sale una conclusión compartida incluso entre posiciones enfrentadas: la operación tiene un techo. Puede golpear, puede sitiar, puede cortar el agua y la luz —se llegó a plantear la apertura de un corredor hacia Egipto—, pero una guerra abierta contra un Estado de ese tamaño es otra cosa. Quien dé por hecho que bastaría con una campaña aérea, según esta lectura, no ha echado bien las cuentas.
El aviso egipcio y las teorías que nadie documenta
En paralelo circula la versión de que la inteligencia egipcia avisó con antelación de que se preparaba una operación terrible, y de que ese aviso se ignoró o se dejó correr. No hay ninguna prueba que respalde esa atribución: es una sospecha lanzada al aire. Lo mismo ocurre con la idea de que una potencia extranjera está detrás del ataque a través de intermediarios. Se plantea como hipótesis y no pasa de ahí.
Lo que sí quedó sobre la mesa es la advertencia del presidente estadounidense, Joe Biden, de que una ocupación de Gaza sería
un grave error. Un aviso que, en la práctica, marca el margen real de maniobra y que muchos leyeron como un freno.
La cifra demográfica que condiciona cualquier plan
Cada vez que el análisis se va al largo plazo, aparece el mismo dato: la población de Gaza habría pasado de unos
300.000 habitantes a unos 2.000.000, con proyecciones que llegan a 5.000.000. Quien maneja esos números concluye que la única estrategia viable es la contención —más hormigón, más muros, más sensores—, porque el asedio gana por cansancio y la victoria militar no llega nunca.
Es una tesis incómoda, muy discutida y no exenta de intereses. Pero explica por qué buena parte de las lecturas desconfía de las soluciones rápidas y por qué la pregunta de si esto acaba en invasión o en bloqueo sigue abierta.
Ganar el relato también cuenta como ganar la guerra
Queda el frente que no se mide en kilómetros: el de la percepción. La tesis de partida sostenía que una respuesta tibia se leería como debilidad y abriría la puerta a más ataques. La contraria: que la firmeza también se construye no haciendo lo que el adversario espera. Hubo incluso quien buscó el guion en el texto bíblico, con el pasaje del asedio de Jerusalén como advertencia.
Con el tiempo, la apuesta se revisó y se recibió con sorna. Lo que parecía una retirada se transformó, para una mayoría, en una operación más lenta de lo previsto: la misma espera que unos leyeron como miedo, otros la siguieron leyendo como preparación. Un
zasca en toda regla para quien dio el asunto por cerrado antes de tiempo.
Con las cartas sobre la mesa, la pregunta no es si Israel podía entrar. La pregunta es qué habría significado, para su disuasión y para toda la región, que no lo hiciera.