París diez años después: 73% de nacimientos no europeos en su región
Agosto, y un viajero que ya había pisado París una década antes vuelve a la ciudad. Lo que describe no es una
postal: en la calle, sostiene, la mayoría de los transeúntes son personas de origen africano. Su primera explicación fue que los parisinos de siempre están de vacaciones y lo que queda a la vista es la ciudad de quienes no se van. El problema es que la misma impresión le acompañó en el metro, «independientemente de la zona». Ahí la hipótesis vacacional se cae.
Lo que sigue no es un informe oficial. Son varias visitas con fechas, estaciones concretas y alguna cifra suelta. Sirve, eso sí, para medir la distancia entre lo que dicen las estadísticas francesas y lo que un español percibe al bajar a la calle.
El metro como termómetro del cambio demográfico
Quien vivió en París con veintipocos recuerda haber vuelto andando del Pont des Arts al Barrio Latino de madrugada, con un par de copas de más, sin sensación de inseguridad. Otro visitante sitúa el cambio lejos del centro: los barrios con población mayoritariamente africana están al norte del Sena y al este del Sacré-Cœur. Es decir,
guetos, en su descripción.
El viajero que abre el asunto se bajó en Chapelle en vez de en Barbès-Rochechouart: policías armados en la estación y una calle larga donde los únicos europeos autóctonos eran él, su mujer y su hijo.
En el metro calcula «más o menos un tercio» de afrofranceses. Desde el otro lado se matiza: en el centro los porcentajes cambian y residir en los arrondissements exige «un buen fondo de cartera». Centro caro, estaciones de paso distintas. La contradicción se queda ahí, sin resolver.
Qué dicen las cifras de nacimientos por regiones
El dato más repetido no viene de una visita, sino de un gráfico con el porcentaje de nacimientos de madres no europeas por regiones francesas.
El 73% se atribuye a Île-de-France, la región de París, y otro mensaje cita un 76% para 2016 sin precisar su ámbito. Ese 73% es el que más circula. Según esa lectura, solo Normandía, Bretaña y Aquitania aguantarían por debajo. La fecha del dato es 2016.
De ahí sale un segundo argumento, más
resbaladizo. Francia registra una de las tasas de fecundidad más altas de Europa,
2,0 hijos por mujer, la primera del continente. Atribuir ese nivel a la población de origen inmigrante es una inferencia que se hace en la conversación, no una conclusión que las cifras demuestren por sí solas. Conviene no confundir una cosa con la otra.
El origen: colonialismo, idioma y un pacto con 14 países
La explicación que más se repite no es cultural, sino histórica. Francia tuvo un imperio en África y sus antiguos territorios comparten el francés, lo que allana la migración: es, en palabras de quienes lo defienden, «su
inmigración natural porque hablan el mismo idioma». Hay quien va más lejos y habla de un «pacto colonial» con 14 países africanos firmado tras las independencias. Según las fuentes que se citan, sin verificación independiente, ese entramado reportaría a Francia entre
450.000 y 550.000 millones de euros al año e incluiría el depósito de las reservas monetarias nacionales en el Banco Central francés.
Ese relato convive con otro mucho menos sólido: la idea de un plan organizado de sustitución poblacional. La teoría circula en este contexto, pero no cuenta con ninguna prueba que la respalde.
¿Está España mejor o peor que Francia?
La comparación con España llega pronto y no deja bien a nadie. Una de las tesis que aparecen sostiene que aquí hay más porcentaje de inmigración no europea que en Francia y en menos de veinte años:
3 millones de latinoamericanos —nacionalizables en dos años, se dice—, 1,4 millones de magrebíes y pakistaníes, 250.000 subsaharianos y 220.000 chinos. La réplica desde el otro lado es una frase seca: quien vive en Barcelona ya no necesita viajar a París para ver lo mismo.
Ocurre algo parecido con otras ciudades europeas. Frente a los testimonios más alarmados, hay quien asegura haber estado en Estocolmo sin encontrar nada parecido a lo que se cuenta. La brecha entre relato y experiencia personal se repite ciudad a ciudad.
El detalle político que descoloca
Y luego está el dato que rompe el guion fácil.
En París, Le Pen cosechó pocos votos; fue una de las zonas con menos apoyo. Si el malestar por el cambio demográfico fuera el motor electoral dominante en la capital, los números no saldrían así. Nadie ha cerrado esa grieta, y no es la única.
Con esto, el análisis se atasca justo donde empieza lo interesante: una parte de los testimonios sitúa a París intramuros entre las concentraciones urbanas de Europa occidental con más población blanca; otra describe un metro donde un tercio de los viajeros no lo son. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez, pero nadie ha explicado todavía cómo encajan. La cifra que lo resolvería —cuánta gente vive realmente en cada zona— no aparece en ninguna de las visitas.