Un parche de fentanilo de 75 microgramos y una muerte en 18 horas
Sergio Paradas Salazar tenía 46 años y una doble hernia discal que le amargaba la espalda desde un accidente de coche. El viernes 21 de febrero de 2025 acudió al ambulatorio de El Cuervo, en la provincia de Sevilla, y salió con una receta de Durogesic Matrix: cinco parches de
75 microgramos de fentanilo, uno cada tres días. Se pegó el primero a las tres de la tarde en una muñeca. A las 07.30 del día siguiente, menos de 18 horas después, apareció muerto en el sofá del salón. La autopsia apuntó a un edema agudo de pulmón «en el contexto de inicio de tratamiento opioide».
Un año después, el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 1 de Lebrija mantiene abiertas diligencias penales. El pasado 10 de marzo declararon como testigos la viuda,
Karen Gutiérrez, y el hermano del fallecido, Eugenio Paradas. El abogado de la familia, Francisco Cabral, ha pedido al juez que llamen a declarar a la doctora que recetó el opioide y a la que atendió a Sergio en el CHARE de Lebrija de madrugada. «La principal culpable es la doctora del ambulatorio, que le recetó parches de 75 microgramos, una dosis muy por encima de lo recomendable cuando es la primera vez que se le prescribe fentanilo a alguien», sostiene el letrado.
Qué pasó entre la receta y el sofá del comedor
La cronología es lo que más incomoda. Sergio llegó a Urgencias de madrugada con vómito oscuro y cianosis en los labios. Le pusieron metroclopramida intramuscular para cortar las náuseas. A las 05.19 lo derivaron al CHARE de Lebrija «para observación y tratamiento» por posibles efectos adversos del fentanilo. Lo vio una médico a las 5.30. A las 05.37 tenía el alta.
Siete minutos de reloj.
En el informe se le recomendó retirar el opioide y, si lo retomaba, hacerlo en dosis bajas. Karen ya le había quitado el parche por su cuenta: le costaba caminar, estaba pálido, sudaba. «Nos dijeron que volviésemos a casa y que le dejásemos descansar. Que se le iría pasando el efecto con las horas», declaró la viuda al juez. A las seis llegaron a casa. Ella se subió a la cama sin poder dormir. Hora y media después, su marido estaba muerto.
Por qué 75 microgramos es una barbaridad para empezar
Aquí el consenso técnico es amplio. El fentanilo transdérmico no es un ibuprofeno con pegatina: la dosis se mide en microgramos por hora y el parche libera durante tres días.
Empezar con 75 sin tolerancia previa es, en palabras de quienes manejan estos fármacos a diario, una salida de rango. Lo habitual es arrancar en 12,5 o 25 microgramos y escalar según los rescates que necesite el paciente.
Hay quien añade un agravante mecánico: el parche se lo puso en la muñeca, junto a las venas, una zona vascularizada, caliente y sudorosa donde la absorción puede volverse errática. No es una tesis cerrada, pero suma. Y sobre el edema pulmonar, la discusión clínica es otra: no es que el opioide te encharca los pulmones directamente, es que deprime la respiración y eso acaba desencadenando el cuadro. El forense lo describió como muerte secundaria a edema agudo en contexto de inicio de tratamiento opioide.
El problema no es el fármaco, es quién y cómo lo prescribe
El fentanilo lleva décadas en uso hospitalario y es, para dolor oncológico o irruptivo, una herramienta sin sustituto claro. La crítica no va contra la molécula. Va contra la ligereza con que se extiende a dolores musculoesqueléticos o neuropáticos que quizá pedían otro abordaje: infiltraciones, radiofrecuencia, neuromodulación, o directamente pasar por quirófano para una hernia discal.
El abogado de la familia va a reclamar una indemnización para Karen y sus dos hijos y pide responsabilidad penal para quien corresponda. En el aire queda la pregunta incómoda:
¿cuántas recetas de opioides se firman en consultas de atención primaria sin que nadie haya explicado al paciente qué se está poniendo en la piel? El prospecto no es un trámite. Y el bata blanca no es infalible.
La causa sigue abierta. No hay sentencia, no hay condena y no hay culpable firme. Solo una caja de parches con una fecha escrita a bolígrafo y un sofá en El Cuervo.