Adiós a Dios: dos tercios de la población autóctona se declara agnóstica o atea
La polémica sobre el declive religioso en España se ha reabierto con una cifra que divide: dos tercios de la población autóctona se declara agnóstica o atea. La cifra admite lecturas enfrentadas. Hay quien la lee como la consecuencia del abandono de Dios; otros, como el resultado del escepticismo ante una institución que ha perdido prestigio. El enfrentamiento no es solo teológico: es sociológico.
El abandono de Dios como causa o como efecto
El argumento teológico se apoya en la Biblia. El episodio del rey David, que tras un censo no autorizado de Israel recibe tres castigos a elegir –siete años de hambre, tres meses de persecución o tres días de peste–, se utiliza como espejo: David confió en las armas antes que en Dios. La réplica no se hace esperar: si Dios existe y es un ser superior, no debería depender del reconocimiento humano para mantener su autoestima. O, en términos más pedestres, la ciencia ya ha comprobado que el cielo está vacío y el subsuelo es magma, no un infierno.
Una Iglesia en entredicho: de la teología a la política
La otra pata de la cuestión apunta a la propia Iglesia. No es solo el concilio de los años sesenta: hay quien recuerda que en Hispanoamérica la jerarquía católica perdió enteros por defender a terroristas marxistas en Chile y El Salvador, un lastre que pesa más que cualquier teología. La conclusión de una parte del análisis es simple: la gente no abandona a Dios, abandona una institución que considera vendida al poder terrenal. La sociedad ha dejado de necesitar intermediarios entre el ciudadano y lo trascendente.
La cifra de dos tercios ha abierto una brecha que ningún consenso cierra. Unos ven un castigo colectivo por el abandono de la fe; otros, la consecuencia lógica de una secularización que no pide permiso. El dato está sobre la mesa; la interpretación, en el aire.